La Voz de Motul

Editorial

La gallina ciega, una invención motuleña

Por: Valerio Buenfil

Uno de los secretos de la ciudad es la gallina ciega de la iglesia en honor a San Juan Bautista, es una de las maravillas arquitectónicas que desde niño me fascinaba visitar. A fines de los años sesentas del siglo XX (1960), a media tarde, como a las 3, muchos niños de distintos rumbos del centro nos reuníamos en la alameda a elevar papagayas, hoy plaza cívica.

      Actividad que compartíamos comiendo naranjas dulces, las llamadas “chinas”, que traían venteros del sur del estado, ellos se apostaban dentro de la alameda a un costado nuestro. Por simpatía nos daban baratas las chinas.

IMG_1138_resultEntrada a la Gallina Ciega por el techo del Convento.

      Cuando se juntaba la banda completa hacíamos la “vaquita” y comprábamos un ciento de “chinas”, para darnos una atacada de cítricos, incluyendo mandarinas y toronjas. Al final de la tarde, antes de caer la noche, cuando la mayoría empezaba a irse a sus casas, nos reuníamos un grupo de cuatro o cinco para ir a explorar la iglesia.

IMG_1259_resultEntrada al “Caracol”.

DSC05895_resultEscaleras de piedra tallada del Caracol.

IMG_1134_resultSalida del “Caracol” por el techo del Convento.

      La iglesia está llena de misterios. Es un sitio sagrado que compartimos los motuleños desde tiempos inmemoriales. Enfrentar los retos que representaba explorar la iglesia y el convento en ruinas, valían la pena, porque en el interior de sus paredes sentíamos quietud y sensación de paz.

    Primero había que burlar la férrea vigilancia que ejercía el famoso sacristán Juan Bautista Can y Sánchez, conocido como “Juan Cacos”, quien siempre andaba recorriendo el templo y el convento con chicote en mano. Cuando aparecía todos emprendíamos la huída.

     Algunas veces nos metíamos al interior de la iglesia y revisábamos las cajas con huesos humanos, los rincones y en algunas ocasiones hasta los muebles mismos. La mayoría prefería subir a la “gallina ciega”. El reto era enorme porque había que subir al convento que estaba en ruinas y tenía una sola puerta de acceso que cerraban. Por una escalera de piedra sin iluminación conocida como el “caracol”, se llega hasta la “gallina ciega”.

    Recorríamos toda la “gallina ciega”, de lado norte a sur. Admirábamos de cerca los frescos de la cúpula de la iglesia y disfrutábamos la belleza de la ciudad, sus árboles, sus veletas, sus casas y sus calles.

     Hasta que la entrada noche nos recordaba que debíamos iniciar la aventura del retorno. Al grito de ¡marica el que llegue de último!, bajábamos como rayos el tenebroso caracol que por la oscuridad parecía abismal.

    Salíamos corriendo felices, sin importar enfrentar al temible “Juan Cacos”, quien gustaba esperarnos a la salida del caracol para amenazarnos con su chicote. Había que burlarlo para no ser pillados, víctimas de su látigo.

     Muchas veces hicimos esto. Así nos acercamos más a la iglesia y le agarramos amor al culto católico. Cuando fui acolito conocí más secretos de la iglesia. Tiene varios años que no subo a la “gallina ciega”.

   El domingo 7 de diciembre en el suplemento cultural “Unicornio”, número 1,231 del Por Esto!,  el Dr. Miguel A. Bretos, nos ofreció un interesante trabajo de investigación que titulo “La ceguera de las gallinas, o brevísima historia de una invención yucateca”.   

    Por el amor a mi “gallina ciega” y por las valiosas aportaciones del citado artículo, ofrecemos este trabajo que se apoyó en la propuesta central del Dr. Bretos, quien tiene una labor de cuatro décadas en el estudio, preservación e impulso de la arquitectura y arte sacro de Yucatán.

    Una de sus obras más destacadas es “Mérida: biografía de una catedral”, en la que reconstruye la historia de la Catedral de San Ildefonso de ciudad. Recientemente recibió la Medalla Yucatán que confiere el gobierno del Estado.

     Es académico emérito de la institución Smithsonian, de Estado Unidos. Ha dedicado buena parte de su carrera al estudio y conservación de los monumentos hispano-mayas de la península de Yucatán. Ha enseñado en prestigiosas universidades en Australia, Colombia, Estados Unidos y México, incluyendo la Facultad de Arquitectura de Universidad Autónoma de Yucatán.

 IMG_1140_resultBalcón Norte de la Gallina Ciega.

IMG_1142_resultPasillo que va de la entrada al Balcón Norte.

IMG_1144_resultBalcón del lado Norte.

IMG_1146_resultPasillo entrando por el Balcón Norte.

IMG_1172_result  Salida de la Gallina ciega al balcón Sur.

Afirma en su ensayo el Dr. Bretos “El primer caso, aunque embrionario de una “gallina ciega” yucateca se dio en Motul”. Le siguen en tiempo Conkal, Maxcanú y Hoctún.

      Y explica que las “gallinas ciegas”, esos curiosos pasillos sacados del grosor de las paredes de las iglesias coloniales yucatecas, constituyen, con sus ventanas y balconcillos, una especialidad regional, como el Xtabentún o los panuchos”. Son, de hecho una respuesta creativa y original a problemas latentes en el quehacer  arquitectónico.

     Las “gallinas ciegas” fueron una solución originalísima a los problemas que en la remota Europa del Medioevo se resolvieron a base de claristorios y triforios.    

     Es tentador para algunos afiliarlas con los llamados “pasos” o “caminos de ronda” de las fortalezas medievales. Dentro de la tradición de la arquitectura eclesiástica, podríamos discernir la presencia de los claristorios y triforios góticos en nuestras peculiares gallinas. Está claro que unos y otras sirven para lo mismo.

    Un claristorio es cualquier apertura en la pared arriba del nivel del ojo cuyo propósito sea admitir luz a un recinto. Como tales, los claristorios son tan viejos como la arquitectura. Los antiguos templos egipcios y las basílicas romanas los tenían. La palabra claristorio y su equivalente “piso claro” o “calado”. Las “gallinas ciegas” no perseguían un fin defensivo, sino uno más bien expresivo y práctico.

     Las ventanas de las “gallinas ciegas”, como los claristorios góticos, eran eficaces conductores de la luz natural a interiores de otro modo tenebrosos. Fueron los franciscanos, cuya orden puede decirse inventó las “gallinas ciegas” de Yucatán, con el mismo espíritu, entre piadoso, teatral y didáctico, con que San Francisco inventó los nacimientos.

     De los balcones de la “gallina ciega” pendían las palmas el Domingo de Ramos, o estandartes o guirnaldas de acuerdo al año litúrgico. Los techos y cúpulas requieren de mantenimiento permanente. La posibilidad de dar acceso a los cuales resultaba de ordinario difícil dar servicio, es una de las muchas virtudes de las “gallinas ciegas”. Además hicieron una contribución importante al problema del bochorno al crear un sistema de ventilación pasiva en el interior de las naves.

Motul un caso pionero

La bóveda de Motul presenta el primer caso en Yucatán de un túnel trabajado dentro del grosor de una pared. Corre desde el claustro alto a dos balcones que se abren sobre los lados exteriores norte y sur de la cúpula y ostenta a lo largo una serie de tragaluces a manera de troneras.

    El conjunto Motul se debe a una colaboración en equipo, cuyos principales fueron Fray Diego Cervantes y Fray Marcos de Manzista. Fray Marcos, “autor de la planta” según Cogolludo, “sin ser arquitecto era muy capaz”. Luego a él debemos de acreditar provisionalmente el concepto de la cúpula de Motul.

     El incansable Fray Diego de Cervantes, guardián del convento, prácticamente terminó de cerrar el ábside, cúpula y bóvedas de la nave antes de morir víctima de la gran epidemia de 1648. Sólo quedó por cerrar el coro, lo que realizó con toda diligencia, Fray Juan Narváez. La iglesia de la ciudad se dedicó el 2 febrero de 1651 a la fiesta de la Candelaria.

    Pasaría medio siglo para que los frailes produjeran la próxima “gallina ciega” yucateca. Tanto el esquema de Motul como el de Conkal fueron recogidos con toda seriedad en el templo mariano de Dzemul, terminado hacia 1700. La cercana influencia de Motul está muy a las claras en la fachada de Dzemul con su frontis triangular y sus dos torres campanario.         

Atractivo

Desde niño sé que la “gallina ciega” de Motul es un atractivo espiritual. Los feligreses católicos cuando viajan como turistas gustan visitar las distintas iglesias que existen en Yucatán, en México y en el mundo. La “gallina ciega” está aquí cerca. Esperándonos. Ahora vive en el olvido.

     Dice el Dr. Bretos “Estas singulares creaciones se encuentran en melancólicos desuso con un nombre entre cómico y ridículo que las desmerece y devalúa. Están ahí, solitarios y tristones en su crónico desempleo, cubiertos en muchos casos por capas de polvo mezclado con detritus de golondrinas y palomas. Sirven solamente para correr los cables de la electricidad o almacenar cachivaches”.

     Vale la pena atraer a la comunidad Motuleña nuevamente a la iglesia. La “gallina ciega” ofrece una excelente oportunidad de ver en ella un motivo de convivencia.

      El párroco Luís Ángel Espínola Echeverría goza del cariño y la confianza de la comunidad. Debe considerar esta posibilidad. Seguramente tendría apoyo de varios grupos organizados.

     Tengamos en cuenta que la iglesia requiere de manera permanente mantenimiento y reparaciones para conservarla. La “gallina ciega” podría generar ingresos que bien administrados podrían servir para esos fines. En Europa algunas iglesias cobran el acceso a los turistas y les permiten visitar las iglesias, que se mantienen en parte con esos ingresos.   

     Cierro esta nota diciendo, los errores en esta edición son míos, los méritos y la generosidad al doctor Bretos, por sus excelentes ensayos y éste bello trabajo que abona en la búsqueda de nuestra identidad.

IMG_1412_resultVentanales de ambos Balcones vistos desde el interior de la Iglesia.

IMG_1171_result Panorámica que se observa al salir por el balcón Sur.

gallina ciega

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