La Voz De Motul

Editorial

LA PANTERA

Por: Willmar Raudes Z.

Publicado el 16 de enero de 2013 en la edición 349

Las mesas dispuestas que esperan ansiosas, las sillas juntitas al margen de la barra, la discreta botana para acompañar la bebida, la música de antaño para evocar la memoria y la helada cerveza para refrescar la garganta. “El Negro” pendiente de la clientela, y, los cítricos jugos esperando impacientes en grandes envases para danzar con el trago de vodka y hielo; suculenta mezcla que aflora la sensibilidad, escucha silenciosa las penas, alborota la alegría y a veces empuja del closet al mas discreto.

El sol inclemente del medio día, calienta en la ciudad de Motul y extiende de alguna manera, una invitación a las gargantas sedientas y don Fernando Vera Escobedo espera atrincherado detrás de las neveras, su lugar preferido, para servir las primeras cervezas “bien muertas” o la bebida que el cliente demande. De esta manera, todo está listo y preparado para abrir las puertas del bar LA PANTERA, todo, como hace ya 39 años atrás. Pase adelante y sea usted, ¡Bienvenido al lugar!

En el interior del bar es común encontrarse con rostros conocidos y viejos amigos, esta costumbre arraigada en la clientela, obliga a preguntarse acerca de las razones que habrán para lograr una visita constante al lugar, situación nada fácil de conseguir para un negocio que en manos de don Fernando, cumplirá este año 40 diciembres ininterrumpidos.

Después de pedirle a don Fernando, me sirva uno de los cocteles que llevan el sello del bar; un vodka combinado con agua de soda y una mezcla de varios jugos cítricos naturales al que llama “tutti frutti”, le pregunté por la historia del lugar, y don Fer me explicó que el bar lo renta y que tiene más de 60 años  que abrió sus puertas a los parroquianos con el nombre de “La Primavera” bajo la administración de don Wilfrido Bacelis Campos.

Bajo su administración don Fernando ha acumulado una cantidad considerable de historias y me cuenta que una de las razones de las constantes visitas de sus clientes, aparte claro, del buen servicio y el trato amable, se debe la fusión de los tiempos de antaño con la contemporaneidad, —en aquellos tiempos se escuchaba “buena música”, misma que aún sigue sonando hasta el día de hoy en este lugar—  Explica, que de alguna manera mucha gente se siente identificada con las maravillosas melodías que marcaron la historia de muchos vivientes y que esta particularidad escasea en otros lugares de consumo similar.

Y es que las modernas rocolas, producto casi indispensable de lugares con este giro, bombardean con ritmos tan modernos que a veces es difícil incluso enterarse de lo que dice el pseudocantante y otras veces repiten hasta la saciedad una estrofa en aras de ejercitar a la memoria y que el título de la rola sea inolvidable, en fin, cada música en su tiempo, pero hay de música a música. Dice don Fernando, que incluso entre él y los consumidores hacían una dinámica que consistía en adivinar el nombre de la canción o el del artista que la interpretaba, tan pronto como empezaba a escucharse.

Me contó don Fernando, recreando pedacitos de historia, que por mucho tiempo trabajó con él, un joven a quien apodaban “El bacalao” (apelativo, tal vez por un mal congénito en la piel, que padecía y le hacía transpirar con gran frecuencia) era uno de tres hermanos a quien conocían como “los piches” o “pichitos” y vivían a unas cuadras del bar, lamentablemente, hace unos años falleció el bacalao y don Fer le recuerda con nostalgia, pues por muchos años se desempeñó como ayudante y compañero.

Se dio luego a la tarea de buscar un reemplazo eficiente, pero ha sido en realidad difícil, —comenta— hasta que hace 2 años visitó don Fer las playas del Caribe Quintanarroense y se encontró con un vendedor ambulante vestido con un llamativo traje de baño y un pareo verde fosforescente que contrastaba enormemente con su morena piel, tanto como las uñas decoradas de sus pies, mismas que lucía dentro de unas zapatillas blancas de tacón alto, que con frecuencia le torcían los pies al clavarse estos en la arena.

El caso es que mientras don Fer dejaba de ser por unos días “el panther” para disfrutar de la brisa, el susodicho morenazo se le acercó con la intención de venderle un masaje o unas de las pulseras decoradas que éste ofrecía, la imagen conmovió tanto a don Fer que le preguntó al joven  —hijo, cómo te llamas?—  a lo que aquel respondió forzando la voz —Samantha— “hombre, tu nombre verdadero no el de pila” —repuso don Fer— entonces el joven, sabiéndose descubierto dijo  —me llamo, José Luciano—  habiéndose presentado, don Fer le preguntó,  “¿estarías interesado en un trabajo decente?” y después de ofrecerle trabajo en un bar que se llamaba LA PANTERA, el regio moreno, aceptó sin reparo alguno y sin pensarla dos veces aceptó.

Así es como José, trabaja en el bar, claro, tuvo que dejar algunas mañas extrañas para lograr acoplarse y ahora es un eficiente mesero, barman y lo que haya que hacer para seguir manteniendo funcional el lugar. Los consumidores (muchos tal vez ignoren esta historia) lo conocen como “El negro”.

En fin, son tantas las historias como tantas son las de la vida misma, que se encuentran dentro de este lugar, que casi se pueden ver plasmadas en las paredes como un oleo pintado con la humedad del tiempo.

Don Fernando nos contó algunas anécdotas. Hace algunos años, previo a una campaña para elegir a un presidente municipal, un grupo de amigos animaban a uno de ellos para que contendiera para ocupar el cargo que, la víspera, estaría en disputa, así que entre “ándele no sea tímido” y “éntrele, pues que tiene que perder” y unas copas de tutti frutti, el interesado (al que también se le quemaban las habas y solo le faltaba un empujoncito) accedió, haciendo así del bar, el lugar donde oficialmente empezó su campaña. El innombrable, no solo compitió, sino que ganó en aquellas elecciones.

Le pregunté a don Fer por “los bajos precios del lugar” ¿De veras le resulta —pregunte— dar a solo $15 pesos un preparado (trago o coctel)? “Sí, porque de una botella salen aproximadamente 25 tragos (preparados) y eso supone una ganancia aunque sea poca, pero el chiste no es cargarle la mano a los clientes sino lograr una constancia con precios accesibles, aparte del bajo precio, el origen del producto provoca seguridad en el consumo pues mis clientes saben donde hago mis compras” —explicó.

Precios bajos, trato amable, buena música, camaradería y buenas historias… me doy cuenta entonces del por qué o dónde estriba el misterio o secreto para lograr tener por casi 40 años un negocio que funcione siempre con una clientela constante.

No soy experto visitando bares o cantinas, pero a mi opinión, la diferencia entre éste pequeño bar y los que he asistido, aparte de lo ya contado, es el ambiente de cordialidad que se siente entre los asistentes, es extremadamente fácil lograr una bonita charla e interacción con otro similar, y las amistades, siempre nacen a partir de ello. Si gusta de un buen trago o una cerveza bien fría y ambiente agradable, ¡Hombre! Pues dese una vueltecita por LA PANTERA y si tiene habilidad para los dados y le gana una partidita a Pantera, tal vez y hasta le invitan los tragos. ¿Cómo ve?

wilmar_raudes@yahoo.com

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