La Voz de Motul

Editorial

Las mujeres del Evangelio: La mujer adúltera

Texto: Jesús Hernán Puerto Simá     

Publicado el 16 de enero de 2013 en la edición 349

Dura fue la historia de la mujer adúltera y por lo tanto pecadora. Su historia es la de una mujer débil usada para conspirar contra Jesús: los escribas y fariseos buscan un pretexto para derrotar a Jesús, sorprenderle en una situación sin perdón y rechazarlo como un falso Mesías (Fuente: Dr. Enrique Cases, Sacerdote).

Los hechos ocurrieron así: Los escribas y fariseos trajeron una mujer sorprendida en adulterio y poniéndola en medio de una multitud reunida en donde se encontraba Cristo le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos la mandó lapidar: ¿tú qué dices?.

La situación es ridícula, porque si habían sorprendido a aquella mujer en un delito y sabían cuál era la pena ¿por qué no aplicaron ellos el castigo que conocían?. El libro del Levítico (Lv 2,10) dice: “si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte”,  y el Deuteronomio (Dt 22,24): “los llevaréis a los dos a las puertas de la ciudad y los lapidaréis hasta matarlos”. Sorprende que sólo la mujer esté detenida y no se sepa nada del hombre, ya que si el adulterio es flagrante (cometiéndolo) es fácil que hubiesen detenido a los dos.

El pueblo veía a Jesús con un corazón y unos hechos misericordiosos, si Jesús autorizaba la lapidación desaparecería su atractivo de amor. Negarla le convertiría en violador de la Ley. La trampa parecía perfecta y sin escapatoria.

La mujer debió estar destrozada ante los ojos de toda la muchedumbre que la acusaba, o era infiel a su marido o pecaba con un hombre casado. En ambos casos la gravedad del pecado impuro es mayor y más premeditada. Es cierto que ante la tentación el pecador pone pretextos: “que si lo hace por amor, que si su marido no la comprende o la trata mal”; pero ser sorprendido y ser juzgado en público es sumamente vergonzoso. Poco les importaba a los fariseos y a los escribas la situación de la mujer. Era un instrumento para poner un cerco a Jesús, y nada más. El silencio de Jesús es inesperado, pues inclinándose, escribía con el dedo en la tierra (Jn 8,6).

Pero como ellos insistían en preguntarle, se puso de pié  y les dijo: ¡el que de ustedes esté libre de pecado que tire la primera piedra! (Jn 8, 7-8). Jesús al levantarse les miraría uno a uno. Dura debió ser la mirada del Señor. Llegaría hasta lo más hondo de su conciencia. Sería como decirles: “Hablemos claro, digámoslo todo, empezando por nuestros pecados, ¿quieren un juicio público?, pues tengámoslo para todos”.

El evangelista San Juan señala que al oírle, se iban marchando uno tras otro, comenzando por los más viejos. El irse primero los más viejos es importante; quizá lo hicieron así porque tenían más pecados, o porque se dan más cuenta de que Jesús es muy capaz de ponerlos en evidencia ante todos. Al ver marchar a los demás cada uno pensaría en su vida y no estaría dispuesto a ser sujeto de un juicio público. La respuesta de Jesús se adaptaba plenamente a la Ley que indicaba que los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras (Cfr Dt 17,7).

San Juan concluye la escena diciendo: “Y quedó sólo Jesús y la mujer, de pie, en medio. Jesús se incorporó y le dijo: Mujer ¿donde están?. ¿Ninguno te ha condenado?. Ella respondió: Ninguno, Señor. Y le dijo Jesús. Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más (Jn 8,9-11)”. Jesús siendo el Justo no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte.

Vete y no peques más. Así despide el Señor a aquella mujer perseguida. La deja marchar, pero le recuerda la gravedad de su pecado, y que si no lucha contra el puede volver a caer. Sólo puede marchar en paz quien está arrepentido. Jesús aprovecha la maldad de aquellos hombres para intentar que vuelva a la vida recta una persona pecadora. Una lección más podemos aprender: sacar de los males bienes, y de los grandes males, grandes bienes.

            

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