La Voz De Motul

Editorial

“Este hombre no siente miedo frente a mí”. ¿Quién será? A N Á S

Artículo publicado en la edición 405 del 12 de enero del 2014

“Este hombre no siente miedo frente a mí”. ¿Quién será? A N Á S

  Texto: Jesús Hernán Puerto Simá
Mail: sajil13@hotmail.com

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Anás (Hannanyah o Annan o Annas). Sumo sacerdote judío, hijo de Seti, que actuó como tal a partir del año 6 o 7 de nuestra Era, fecha en la que fue nombrado por Publio Sulpicio Quirino, prefecto romano de Siria, en sustitución de Joazar. Permaneció en su cargo hasta el año 15, en que fue depuesto por el procurador romano Valerio Grato.

La influencia de Anás fue muy fuerte, hasta el extremo de lograr que sus cinco hijos y su yerno Caifás obtuvieran también el cargo de Sumo sacerdote. Anás aparece nombrado por tres veces en el Nuevo Testamento, con ocasión de la aparición de Juan el Bautista, en el interrogatorio previo de Jesucristo y en los de Pedro y Juan.

Conozcamos ahora al suegro del Sumo Sacerdote Caifás, al tercer protagonista de la Pasión de Cristo; quien había sido sumo Sacerdote también. Llevaban a Jesús inmovilizado, amarrado de las manos, descalzo, cabeza abajo jalado con la soga que sujetaba su cuello, como un animal salvaje directo al matadero Eran las tres o cuatro de la mañana de ese Viernes terrible. Habían risas y cuchicheos de satisfacción a su alrededor: la cosa había resultado en realidad más fácil de lo que todos se esperaban. Iban llegando a la casa de Anás gentes intima de los pontífices, envueltos en blancas vestiduras. Lo llevaron a Anás para hacer tiempo, dado que el proceso en casa de Caifás, su yerno, tenía que comenzar por regla general de día. Anás, pues, lo juzgaría privadamente mientras se organizaba oficialmente el tribunal.

Anás había convertido a su familia en una gran mafia de la que él, Anás, era el padrino todo poderoso. Anás, aunque para los judíos era el Sumo Sacerdote, no ejercía el cargo. Se lo había dejado a su yerno Caifás. Anás era un hombre puntilloso en el cumplimiento externo de sus funciones; pero escéptico y agnóstico; pues no cría en nada que no redundara en interés personal.

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Ahora están frente a frente: Anás y Jesús. Anás le estudia a Jesús. Y se pregunta qué podía haber motivado a este desconocido a creerse el Salvador del mundo. Se alegró de no ser él, Anás, quién debía juzgarle. Y comenzó a hacerle muchas preguntas. Jesús digno, dueño de sí mismo: “Yo siempre he hablado públicamente y ante todo el mundo”.

La respuesta de Jesús desde el punto de vista jurídico era perfecta: según el derecho judío un acusado no tenía que dar testimonio de sí mismo; sólo era válida una acusación sobre testigos ajenos y fidedignos. Jesús, pues, descalificaba así a Anás por salirse de los procedimientos legales.
Un silencio embarazoso siguió a las palabras de Jesús. Anás no se esperaba esto. Anás estaba acostumbrado a otro tipo de actitudes en sus súbditos: sumisión, desaliento, servilismo, miedo. ¡Y este campesino se atrevía a dejarle públicamente en ridículo!.

Con una punta de clarísima ironía le recordaba cuáles eran los verdaderos procedimientos legales. Anás se sintió desarmado y no quiso que aquella “insolencia” quedara sin respuesta o sin castigo. Y quien no tiene razones, ¿a qué se atiene?. A la violencia. Uno de sus siervos, tal vez mirado por el mismo Anás, dio una bofetada a Jesús, golpeándole en plena boca: “¿así respondes al pontífice?”.

Era la primera vez que una mano humana golpeaba físicamente a Jesús. Antes, en el huerto, había sufrido empellones. Luego había sido arrastrado por tirones de soga. Ahora era su propio rostro quien conocía la violencia humana. Jesús, quedó digno, sereno. Miró, tal vez a Anás, esperando que reprochara aquella acción indigna.

Era bajo y cobarde golpear a un hombre atado de manos; era injusto tratar a un simple acusado como a un criminal convicto y confeso. Anás se sintió satisfecho de aquella villanía. que le sacó de su gran apuro. Por eso Jesús se volvió discretamente a quien le había golpeado y con una impresionante dignidad dijo mansamente: “Si he hablado mal, dime en qué. Y si he hablado bien, ¿por qué me pegas?. “Este hombre no siente miedo frente a mí”. ¿Quién será?.

Y en verdad, sintió miedo Anás. Ese extraño pavor supersticioso que dominó a los ilustres la primera vez que se encontraban con alguien verdaderamente más grande que ellos. Si antes, se sintió humillado Anás; ahora mucho más. ¿Quién era ese hombre que respondía mansamente, con
lógica y calma asombrosa?.

Un silencio embarazoso siguió a las palabras de Jesús. Anás no se esperaba esto. ¡Y este campesino se atrevía a dejarle públicamente en ridículo!. Con una punta de clarísima ironía le recordaba cuáles eran los verdaderos procedimientos legales. Prefirió, por ello, desembarazarse cuanto antes de él. Se levantó nervioso. Y dio órdenes de que se lo devolvieran a Caifás, su yerno, que era, en definitiva, el verdadero responsable de este absurdo e injusto juicio.

Anás pasó a la historia como el prototipo de hombre que hace valer sus derechos de “autoridad obsoleta”, para humillar a los demás, darse importancia; y como no pudo, recurrió a la violencia baja y propia de villanos. Y Jesús nos da ejemplo de docilidad ante quienes nos traten con despotismo, violencia e injusticia. Sólo así, seremos más grandes que quien se rebaja a tales procedimientos indignos.

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