La Voz De Motul

Editorial

Documentos para la historia de Motul (VIII) CRESCENCIO CARRILLO Y ANCONA Y SU VISITA AL ADORATORIO DE MOTUL, 1862

Publicado el 24 de abril de 2009 en la edición 154
Por: Mtro. José Mauricio Dzul Sánchez

El presbítero Crescencio Carrillo y Ancona, (Izamal, 1837-1897) trigesimoquinto obispo de Yucatán, (1887-1897), fue un versado precursor de la historia yucateca, así como anticuario y coleccionista. Su vasta obra consta de más de sesenta títulos sobre historia regional, apologías, eclesiásticas, filología, arqueología, historia antigua, novelas, etcétera. Además, contó con una amplia gama de contribuciones a diversas revistas y periódicos regionales y nacionales (de algunos de los cuales fue fundador). Debido a la calidad de sus estudios etnológicos, perteneció a cerca de una docena de sociedades científicas nacionales y extranjeras,] y participó con sus trabajos en algunos congresos de historia. Su influencia tanto cultural como política y social estuvo presente en la vida cotidiana de la región durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XIX.

Entre las publicaciones periódicas de su creación, resalta “El Repertorio Pintoresco” entre los años de 1861-1863, contando con tan sólo 24 años y, a diferencia de otras publicaciones de la época dedicadas exclusivamente a la literatura y la religión (como La guirnalda y El Eco de la Fe) el Repertorio Pintoresco incluía estudios históricos y arqueológicos, participando en la revista reconocidas figuras de la literatura yucateca del siglo XIX, entre los que sobresalen Gertrudis Tenorio Zavala y Gerónimo del Castillo. Otro rasgo característico de la publicación fue que cada ejemplar incluía litografías donde figuraban monumentos, ciudades, paisajes y retratos, acompañadas de textos alusivos a estas imágenes, supuestamente realizadas en La Habana, aunque algunas aparecen firmadas por J.D.E, o sea, el yucateco José D. Espinosa Rendón.

Sobresale el gran valor del “Repertorio Pintoresco” para la literatura y la historia de Yucatán, pues sobrevivió durante 24 números espaciados en cerca de dos años, durante una época aciaga debido a la guerra civil que convulsionaba al país, incluida la invasión extranjera, así como la no menos sangrienta Guerra de Castas entre los mayas contra los blancos y mestizos que se desarrollaba en gran parte del Estado de Yucatán.

Carrillo y Ancona, entre uno de sus viajes al interior del Estado, nos narra la siguiente anécdota referente a Motul.*

“Era el 14 de Febrero del año corriente.

Y nosotros que habíamos partido desde esta capital, nos hallábamos en la villa de Motul, de tránsito para la hacienda rústica Kulimché. Una vez llegados a la villa, complacíamonos en estrechar a nuestros antiguos amigos, y en contraer nuevas amistades; debiendo a una de estas últimas el importante resultado que va a ser objeto del presente artículo.

  1. Tomas Mendiburu, uno de los principales vecinos de la villa y con quien nos relacionamos por medio de otro amigo, quiso tener la bondad de hacerse nuestro Cicerone[1]; llevándonos a visitar lo que hay más digno de verse en punto de antigüedades dentro del recinto mismo de Motul. Es de advertir que siendo Motul o Mutul, el asiento de un antiguo pueblo indio, muy conocido en la historia del país, debía ser también uno de los lugares en que con más frecuencia se encontrasen los restos monumentales de los antiguos moradores. Esto no obstante, aunque muy cerca sorprende la vista en los alrededores patentes muestras de pasado poderío, dentro de la población misma no se había descubierto algo que llamase profundamente la atención, hasta que el Sr. Mendiburu, buscando piedras para unas fabricas, se encontró en lo que a primera vista solo parece un brusco o informe cerro, con las ruinas de un antiguo Adoratorio, (Ku), construido con solidez y bien proporcionadas formas, hacia el Oriente, y apenas a distancia de cinco cuadras del centro de la villa.

A estas ruinas, pues, casualmente descubiertas por D. Tomas en el solar de su propiedad, fue a donde nos condujo con mucha benevolencia.

Figuraos un cuadro pintoresco en que el sol naciente lanza sus primeros rayos a través de un boscaje extenso de ramonales y palmas, surgiendo sobre aquel bello fondo y bajo un cielo de azul limpio y sereno, un piramidal cuyo o hacinamiento de misteriosas ruinas; y habréis tenido idea de lo que aquella mañana estuvimos contemplando por largo rato con excitación vehemente. -La vista que se acompaña a este artículo acaso no será tan fiel como era de desearse; pero esto fue por falta de tiempo y de los aparatos necesarios para tomarla con la exactitud debida, de modo que apenas pudo tomarse con lápiz un diseño con el fin de dar por lo menos una idea aproximativa-.

Aquel cerro no es por cierto en manera alguna de los más grandes que en el país tenemos, pero estando cubierto de maleza, y hallándose las piedras mal seguras entre una mezcla destruida por la vegetación tropical, casi arrastrándonos y tirando de los abrojos mismos íbamos trepando con dificultad no pequeña hasta llegar a la cima. Menos por el lado que mira al poniente y que corresponde al interior del solar, el Adoratorio no parece en lo exterior mas que un informe y común cerro, sin duda porque allí en los remotos tiempos, el edificio superior una vez desplomado, vino a cubrir con sus despojos toda la base; a que habiéndose añadido la vegetación, y el abandono a la intemperie, redújose todo el conjunto a un rudo montón de piedras. Pero situado el espectador dentro del solar por el frente que se ha excavado, ostentase a su vista súbitamente una construcción maciza como de cuarenta pies de latitud sobre cincuenta de altura, con una subida de veintidós escalones abrazados entre dos alas, cuyos grandes y bruscos adornos consisten en cuatro colosales caras de piedra saliente, en las que junto con la expresión maligna de la sonrisa irónica de una caricatura, parece notarse aquel carácter de severidad y fiereza, que Mr. Stephens observó en la cabeza gigantesca que se enseña a los curiosos en la Ciudad de Izamal, y descubierta  también entre los adornos de estuco y piedra, que se encuentran a cada paso en los cuyos o pirámides izamalenses.

En la testera del oriente de la plataforma a que dan subida los veintidós derruidos escalones, debió existir el Adoratorio propiamente tal; quedando enfrente una especie de pequeño atrio, cuyo suelo liso y bien bruñido, vimos y tocamos en algunas partes en que se conserva todavía. También se conserva la pintura en algunas fracciones, si bien borradas y confusas; distinguiéndose principalmente el azul, que parece haber sido el dominante.

Cuando fijábamos la vista en aquellas gigantescas caras, lastimosamente mutiladas al tiempo de la excavación reciente, agolpábase a nuestra imaginación el inmenso pueblo que ante aquellos monstruosos ídolos subía por la escalinata cargado de sus víctimas, quemando copal y cantando sus himnos al son de los estrepitosos tunkules. A semejante idea, nos inclinábamos a ver el suelo que ocupaban nuestras plantas, como esperando sorprender allí las huellas ensangrentadas de un pueblo que fue.

Al bajar de la explanada superior, tropezó nuestro pie con el negro y redondo vaso de un curioso jícaro, de esos que preparados, sirven entre los indios para el chocolate de sus banquetes: al levantarlo del suelo, díjonos D. Tomas, que aquel había sido el cáliz de un sacrificio idolátrico; pero al punto le objetamos que si tal fuese, debía tener trescientos años por lo menos, y se habría reducido a polvo al tocarlo; más que aquel se conservaba bueno y útil. -Es del culto idolátrico, repuso D. Tomas, y sin embargo, no solo no tiene tres siglos, pero ni aun sólo tres años: este vaso ha sido de algún tidch.

Al decir nuestro interlocutor ésta última palabra, lo comprendimos todo; recordamos que la superstición popular cree en su rudeza poder y aún deber conciliar con la creencia cristiana, el deber de tributar sus homenajes a los diferentes Genios o divinidades tutelares que el paganismo inventó, y de aquí el uso supersticioso en Yucatán de honrar al Genio del agua, a Yum chaac, al Genio del campo, u Yum kaax, y así otras absurdas creaciones de la antigua mitología yucateca, monstruosamente hermanadas con los principios de la civilización. Y el acto de ofrecer a estos Genios víctimas de aves, como pavos y gallinas condimentadas, y libaciones de bebidas, como la pitarrilla o balché, y la horchata de maíz o sacá, con ciertos ritos trasmitidos de padres a hijos, es a lo que se llama tidch; escogiendo para la celebración de tales actos, los lugares escondidos y majestuosamente imponentes, así como las salvajes cavernas de los campos, o las ruinas encantadas[2] que se esconden en las dilatadas florestas de la Península. El Adoratorio en que a la sazón nos hallábamos, no distaba más que cinco cuadras de la plaza, pero montuoso como está, han podido impunemente guarecerse allí las gentes miserables del tidch, quienes van a colocar las ofrendas de su absurda teosofía en los ramos de un gran árbol, que está enseñoreado de aquel elevado puesto, y en que llegamos a contar hasta doce rodajillas colgantes que habían servido para otras tantas jícaras de sacá. Contraste de lástima y de risa presentará por cierto el orgulloso árbol, cuando extiende sobre las ruinas del antiguo Adoratorio sus abiertas ramas, que cargadas de las viandas y bebidas que se mecen al soplo de los vientos, sirven como de vehículo entre la ignorancia y sus fantásticas creaciones. Entonces un indio no se presentaría allí sino con cierto religioso terror; porque creería morir a cada paso, por haberse expuesto a profanar el banquete misterioso de los Genios, Yumes y NohYumes del bien y del mal.

Por fin, descendimos de aquel montículo experimentando mayores dificultades que las que tuvimos al tiempo de la subida, y despedímonos.

Era ya una hora más avanzada de aquel mismo día, cuando un antiguo compañero de colegio, el apreciable joven D. Manuel Palma, se nos presentó, brindándonos con nuevas ruinas existentes en el patio de una casa situada nada menos que en un ángulo de la misma plaza. Aunque el sol estaba en la mitad de su carrera y asestaba ya sus más ardientes rayos, aceptamos gustosos la amistosa invitación, y al punto nos encaminamos al lugar señalado, en que nos encontramos con las viejas paredes, todavía en pie, de un destechado edificio, levantado sobre una plataforma de tierra un tanto elevada, con apariencia de haber sido en otro tiempo una especie de pequeño palacio, perteneciente según la tradición que se conserva entre los moradores, a los Peches, antiguos señores de Motul. Su altura será como de quince pies con un frente como de treinta o cuarenta. Su interior es poco espacioso, y en la parte en que debió sostenerse la techumbre, se miran de trecho en trecho, unas piedras salientes labradas, que así pudieron servir para una azotea, como para un techo triangular de paja. Algunos creen que sean ruinas de alguna primitiva construcción española; pero ésta es cuestión que sólo un detenido examen y comparación arqueológica con otras ruinas conocidamente propias de los aborígenes, podrá resolver.”

Aunque Carrillo y Ancona brinda una descripción detallada del Adoratorio, no hemos podido ubicar el lugar exacto donde éste estuvo asentado. Tomando como referencia los censos y la división y nomenclatura particular de predios de Motul de la década de 1880 y 1890, no fue posible ubicar a Tomás Mendiburu entre los listados y por lo tanto no aparece como propietario de algún predio en Motul. Muchos años posteriores, para la década de 1940 tenemos conocimiento de Tomás Mendiburu, sin embargo, es de suponer sea descendiente de aquel que sirvió de guía a Carrillo y Ancona. Nuestras pesquisas por ubicar aquel predio, nos hace suponer que se ubicaba en las intermediaciones entre lo que hoy se conoce como “La Emboscada” y “El Tigre”. También hemos escuchado historias entre la gente que señala que dicho Adoratorio o “cerro” fue desmontado y utilizado sus piedras en la fabricación de grandes edificios como pudo ser el Palacio Municipal.

Tal vez una búsqueda más profunda entre nuestros apreciables abuelos nos brinde la solución a la incógnita sobre el fin que tuvo este Adoratorio que pasó a la historia gracias al interés arqueológico y prolífica pluma de Crescencio Carrillo y Ancona.

* El siguiente relato fue publicado primeramente en “El repertorio pintoresco”, Mérida, Yucatán, Imprenta de José D. Espinosa, 1862-1863, revista dirigida por Crescencio Carrillo y Ancona. Posteriormente este mismo autor lo reproduce en su obra: Historia antigua de Yucatán, Mérida, Yucatán, Gamboa Guzmán y Hermano Impresores – Editores, 1883, págs. 618-623.

[1] Cicerone es un término antiguo para definir a un guía de turismo. Se cree que la palabra proviene del tipo de enseñanza practicados por Marcus Tullius Cicero, Cicerón.

[2] Los indios llaman ciudades encantadas a las ruinas monumentales de sus antepasados, y dicen oír en las altas horas de la noche, el movimiento de animación y vida que les sobreviene a favor de las sombras nocturnas. ¡Tanta es su rudeza, tanta su ignorancia!

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