La Voz De Motul

Editorial

Gerardo Aguilar Sánchez “El sobreviviente de tres naufragios”

Tomado del libro “Orígenes, Actualidad y Rumbo de Telchac puerto”, editorial La Voz de Motul, septiembre de 2015. Coproducción con el Ayuntamiento 2012-2015 que presidió Humberto Marrufo.

Sus padres fueron Ruperto Aguilar Cuá y Adriana Sánchez; sus abuelos fueron Guadalupe Aguilar Palma y Pastora Cua. Es el primero de cinco hermanos, Gerardo, Pastora, Felipe(q.e.p.d.), Heriberto(q.e.p.d.), y Leonor Aguilar Sánchez.

Nació un 24 de septiembre de 1938, se casó a los 25 con Elvia María Marrufo Argáez con quien procreó 2 hijos, Gerardo de Jesús y Adriana Elisa Aguilar Marrufo.

Nos contó que su abuelo fue el primer Comisario Municipal de Telchac, cuando la cabecera era Motul.

Recordó que Felipe Carrillo Puerto venía frecuentemente al puerto en un caballo blanco y repartía monedas entre los niños, pues apreciaba mucho al puerto.

Nos relató que fue marinero, llevaba sal de Telchac Puerto a Nueva Orleans, Estados Unidos, en el barco “Itzá” y el “Sisal” de los Roche, así como el “Mérida” en época del “Flecha” que transitaba de Progreso a Veracruz.

Estos barcos llevaban sal y de regreso traían mercancía de Estados unidos como galletas, telas, etc.

Recordó que la sal la traían de San Crisanto y de Xtampú, en saquillos de sosquil que pesaban 80 kilos cada uno. Para cargar un barco se tardaban un día y una noche, entre unas 40 personas, que tenían primero que subirlos a un “alijo” que pegaba en el muelle y trasladarlo al barco que anclaba a unos 300 metros del muelle ya que el calado no alcanzaba para que atraque en el muelle. El trabajo era tan duro que hasta les sangraba la espalda de tanto cargar bultos de sal.

Recordó que en esa época había mucha pesca, pero no había quién la compre. Para conservar el pescado, éste se descabezaba, se abría, se salaba, luego se asoleaba para secarlo, una vez seco se formaban fardos para enviar a Estados Unidos, eran meros de dos kilos o más.

Las cabezas no se aprovechaban, las tiraban al mar y algunos las llevaban a sus casas y las enterraban en la arena, cuando les brotaban los gusanos, se los daban a las gallinas para que se alimenten de las larvas, otros sancochaban las cabezas para alimentar cochinos.

En esos tiempos, para ser pescador se necesitaba saber cómo predecir el tiempo, ya que no había servicio meteorológico, por ejemplo cuando la luna está acostada y arrecia el viento, significa que al día siguiente pegará un sueste o norte, es por eso que se hizo popular el dicho “Luna acostada, marinero parado”.

Era muy importante también, conocer el manejo de la vela, saber que cuando hay mucho aire hay que aminorar la vela y amarrarse al mástil ya que si el barco se voltea la marejada lo arrastra a una velocidad que ni el mejor nadador lo alcanza, a diferencia de cuando uno se encuentra atado, puede irse arriando hasta alcanzar el barco y montarlo.

Los barcos de esa época por ser de madera no se hundían, solo se volteaban y uno se podía montar en él, hasta ser rescatado. Asegura que eran mejores los barcos de madera comparados con los actuales de fibra de vidrio.

Recordó también que el cordel para pescar no era de plástico como el de ahora, era un hilo de algodón llamado Corrican de distintos calibres, que venía de Estados Unidos. Posteriormente se comenzó a utilizar uno de Nylon que se se llamaba “Damil”, que se traía de Alemania. Importante era desde luego saber amarrar el anzuelo y la plomada.

También se requería tener conocimientos de carpintería, para hacer cada quien la reparación de su barco, por ejemplo cambiar las tablas, para lo cual se debía cortar la madera con serrucho, darle la curvatura con el cepillo y garlopa, montada la tabla se le ponía la estopa (de fibra de maguey o yute) entre las rendijas que dejaba la unión entre tabla y tabla.

Luego se calafateaba con un fierro llamado “Calafate” y un mazo de madera, después seguidamente se pintaba para luego ponerle la masilla, que consistía en una pasta fabricada con aceite de tiburón y cal cocida, molida para dejarla fina, esta pasta se aplicaba encima de la estopa, para luego volverse a pintar.

Como en esos tiempos no había puerto de abrigo, cuando pegaba un mal tiempo los barcos se debían subir a la playa, lo cual se hacía con unas maderas con aceite llamadas “Barales”, que se metían en la quilla del barco para palanquearlo.

En cuanto al coco, señaló que cuando éste estaba seco caía, y eran los fines de semana cuando no había pesca, que iban a los cocales a juntarlos. Cuando ya había una buena cantidad, lo partían y despegaban la copra. Se tendía luego en el suelo para asolearlo hasta que quedara gris y con olor rancio, para después ponerlo en sacos de 65 a 70 kg., se pagaba a 35 centavos y se enviaba a Mérida a la Hidrogenadora.

Don Jesús “Chucho” Quiñonez, venía de Motul en un camión que llegaba al puerto a las 9 de la mañana y retornaba a Motul a las 2 de la tarde, en ese transporte se traía hielo, verduras, telas, medicamentos, etc., y llevaba copra, coco de agua y seco, pescado, etc. Se le conocía como el Expres de Telchac.

Recordó que desde los 7 años acompañaba a su tío Modesto durante algún tiempo a la pesca de cazón. En unas fosas de a 5 y media y otra a 8 brazas de profundidad en donde abundaba el cazón, localizadas frente a Xtampú. Se le engodaba y sacaban entre 40 y 80 piezas, que se secaban al sol para venderlos luego en los pueblos cercanos, señala con nostalgia “ahora ya no hay cazón”.

Posterior a esto comenzó la pesca del mero, inició a pescar a la “capa”, luego al “garete” y después “fondeado”. Posteriormente se empezó a utilizar el palangre. Hace unos 55 años, don Renán Baqueiro, venía a comprar mero para llevarlo a Mérida, hasta que llegaron las congeladoras.

Relató que ha sobrevivido a tres naufragios. El primero fue cuando pescaba con su tío Modesto, estando de regreso al puerto a la vela, un aprendiz que los acompañaba no soltó la escota y el viento los volteó como a 4 brazas de profundidad, pero fueron rescatados por compañeros que venían detrás de ellos.

La segunda ocasión fue cuando con su hermano Felipe se encontraban a unas diez brazas, en el barco “La Conchita”, cuando un norte los alcanzó con vientos de 80 km/hr., se les rompió el timón, la marejada era grande, ante el peligro, se amarraron con anticipación al barco, que era de 16 pies de eslora. Al voltearse el barco, se arriaron y se montaron sobre el casco, su padre que venía detrás de ellos en otro barco “El Pastorcito” los rescató. La “Conchita” recaló en la playa una semana después sin nada.

Su tercer naufragio lo sufrió en la isla de Cozumel. Relató que por falta de trabajo, se aventuró a esa isla hace 43 años. Trabajó en un barco mercante de 60 pies llamado “El Buenavista” que hacía el recorrido de Puerto Morelos a Cozumel. En una ocasión transportaba turbosina, gas butano, caballos, ganado, cerdos y 12 comerciantes.

Salieron a las 7 de la noche de Puerto Morelos en un trayecto de tres horas y media. Faltando aproximadamente un kilómetro para llegar al puerto de abrigo de Cozumel, por el exceso de carga, se abrió la parte de la popa, por suerte la caseta de mando era de fibra de vidrio por lo que se desprendió del resto del barco y comenzó a flotar. Ayudado de una boya, rescató a los que estaban flotando y los llevó ahí, estuvieron flotando a la deriva durante toda la noche.

Al día siguiente alrededor de las seis de la tarde, 23 horas después de haber zarpado de Puerto Morelos, fueron rescatados cerca de punta Nizuc.

Este último naufragio le hizo reflexionar de lo peligroso de ese trabajo y se regresó a Telchac. Comentó por último que dos semanas después pasaron los restos de ese naufragio por Telchac Puerto.

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