La Voz De Motul

Editorial

La leyenda de Ucí

Por: Eulogio Palma y Palma

Dos millas al norte de esta ciudad, con alguna desviación al nordeste, existe una aldea habitada casi en su totalidad de mayas, llamada Ucí. Su aspecto es agreste y pintoresco como lo son generalmente las pequeñas poblaciones en que la naturaleza desenvuelve con más libertad todos sus atractivos y su seductora magia.

Pero ninguna en esta parte del país a lo menos, presenta más hermosos paisajes porque en su recinto se levantan varios gigantes cerros a más de muchas pequeñas alturas  diseminadas en torno de estos en un radio que, por lo inculto del terreno, no es fácil determinar.

En la estación seca los deshojados árboles y la muerta y pardusca hierba de los solares, dejan entrever desde la carretera que la cruza o desde las onduladas y estrechas callejuelas las formas y perfiles de aquellas prominencias circulares unas, oblongas otras, cuadrangulares muchas y cónicas las más altas terminando en puntas o mesetas más o menos anchas; pero en la estación lluviosa, todo lo cubre un manto verde que más tarde labran de magníficos matices las flores silvestre de la época.

Entonces las líneas geométricas y los restos de gruesos paredones se borran quedando sólo señalados bajo el florido tapiz y los cortinajes de las enredaderas, las depresiones y las alturas a que el nacimiento o la puesta de sol con sus raudales de luz y sus líneas y fajas de sombra, dan un aspecto indescriptible. En una de las planicies más anchas adyacentes a un cerro coronado por una meseta pequeña, se ven abundantes flores de San Diego que hace una preciosa labor color de rosa sobre los márgenes verde-oscuras de la explanada.

Tal vez esta enredadera fue plantada por los mayas en el atrio del templo pagano, cuando este magnífico se levantaba en medio de la Menphis yucateca allá en remotos tiempos; pero los actuales que han perdido memoria de esto y hasta de que el momento fue construido por sus mayores, suponen ahora la oculta mansión de un misterioso genio cuyo palacio aparentan en su interior; el cual por ser el más grande y por la particularidad de cubrirse en una parte del año de flores de San Diego, lo creen también la morada del Dios principal de la ciudad muerta por lo que verá después.

Ahora conviene dar algunos detalles más que son necesarios para la mejor inteligencia del lector. Cerca de una de estas moles gigantes, existe una cueva o cenote que los mayas en su idioma denominan Popolá. Es una depresión de unos quince o dieciséis metros de anchura y once o doce de profundidad. Para bajar es preciso asirse de las piedras salientes y de las raíces que descienden hasta el fondo en donde se ve una pequeña porción de agua cenagosa que brota bajo la enorme peña.

No se ve más, pero si se arroja una piedra por una oquedad de la roca a que me refiero, su caída produce un ruido extraño, terrorífico, que se propaga a gran distancia revelando así que en aquella cavidad existe un gran caudal de agua.

Estos ecos cavernosos que produce la caída de un cuerpo sobre el invisible líquido, aterroriza hasta hoy día a los sencillos y supersticiosos moradores del pueblo de Ucí, quienes creen a pie juntillas que un día u otro saliendo de su cauce, cual una enorme tromba, lo destruirá todo. Pero pueden tener razón, toda vez que así sucedió en otra ocasión según reza la leyenda que ya es oportuno relatar aquí. Voy a hacer la versión del modo que me la refirió uno de los mayas más ancianos del pueblo de Ucí.

En remotos tiempos, el lugar que ocupa este pueblo, lo ocupaba una gran ciudad gobernada por un hombre poderosísimo a quien obedecían muchos pueblos de la región. Éste tenía una hija hermosa como un sol. Amén de su belleza, era mujer por demás muy entendida, pues hilaba como una diosa y hacía también mil primores con la aguja.

La fama de sus habilidades y de su hermosura se extendió rápidamente y de muy lejos venían los hijos de otros gobernantes a pedirla en matrimonio. Pero ninguno pudo cautivar su corazón y este menosprecio ocasionó frecuentes guerras con los padres de los que se creyeron ofendidos.

Un día (pues ha de saberse que era muy aficionada a la caza) la animosa joven se paseaba en los montes de las cercanías acompañada de su asistente predilecta, cuando vio un joven cazador ejecutar tantas proezas, que se enamoró de él.

Desde entonces la incauta princesa no faltó un sólo día en aquel paraje, en donde en compañía del doncel pasaba horas enteras en amorosas pláticas. Pero yendo y viniendo los días, le llegó la  noticia al gobernante de lo que pasaba, indagó escrupulosamente quien era el que había logrado avasallar el alma de su hija, y se asombró al saber que era un simple oficial de su ejército. Entonces indignado le prohibió que lo siguiese amando.

Ella se quedó sorprendida. No comprendía aquella intimidación en boca de un padre que había aceptado guerras sangrientas por no sacrificar su corazón que había dejado libre para amar al que quisiese. Y el suyo había elegido al más hermoso y más valiente de los jóvenes de toda la tierra ¿No bastaba esto? ¿No era por ventura lo más justo? ¿Y porque no había de poder elevar a aquel joven a las mayores dignidades cuando los dioses se habían complacido en dotarlo de tanta belleza como intrepidez? Lloró, se desesperó, hallando siempre la razón de su parte. Pero todas estas protestas habían sido mudas. Nunca se hizo llegar una queja hasta el autor de sus días que la creía resignada. Transcurrieron así muchos días sin que la princesa saliese de su habitación; pero llegó uno en que no pudo resistir a la tentación de ver al que tanto amaba y marchó al monte.

Allí lo encontró, pero ¡Que cambiado estaba! Su semblante había empalidecido. Temblaban sus miembros de ira y sus ojos parecían arrojar llamas. La princesa retrocedió de espanto y de dolor. Su marchito semblante se puso aún más pálido que el de su amante y no pudo articular una sola palabra.

Sentía más que nunca el peso de su desgracia. Mediaba, efectivamente, un abismo infranqueable entre los dos: ella era princesa y él un oscuro soldado. Y, sin embargo, se amaban y su amor los consumía. Llevó las manos a los ojos, bajó su hermosa cabeza y rompió a llorar.

Entonces el obstinado joven acercándose a ella exclamó con temblorosa y entrecortada voz –Veo que no hay remedio. Yo vivo de la luz de tus ojos. Mi perdición esta decretada. Deseo morir, pero he de morir vengado.

La princesa lo miró con asombro.  ¡Ah!- continúo con valor- ámame siempre y moriré digno de ti. Júrame que me amas, que me amarás mientras tú vivas. La joven subyugada por aquella expresión de energía salvaje, levantándose de pronto exclamó. ¡Si lo juro: o tú o la muerte! La estrechó entonces contra su pecho delirante, pero la emoción producida por la respuesta le había quitado el conocimiento.

Esta entrevista debía de traer funestísimas consecuencias. Efectivamente, el joven tan audaz como insensato que había arrancado aquel juramento a la princesa, llevado de su locura amorosa, iba a tentar hasta los mismos dioses que a su juicio le negaban su protección  injustamente.

El sol acababa de meterse por los montes de occidente, cuando una sombra deslizándose cautelosamente por las calles de la ciudad, se detuvo al pie del cerro que habitaba el más poderoso dios protector de la ciudad, el dios de las riquezas. Él con tanta cautela había llegado hasta aquel lugar, no era otro que el héroe de esta historia. Llevaba como de ordinario su funda llena de saetas, su arco y una pala de piedra. En aquel momento la luna se alzaba por el oriente bañando con su suave luz los montículos que proyectaron conos de sombra hacia el otro lado. El joven se refugio en la sombra y comenzó a socavar queriendo llevar a acabo un atentado inaudito.

El Loco, así debe de llamársele, socavó con tal valor la falda del montículo, que perforándolo por completo, se hizo visible un vastísimo palacio, la mansión del dios de las riquezas. En el centro de una espaciosa sala había un arca abierta de la cual manaba oro como de una fuente. El cazador quedó pasmado al ver brillar tanto oro a los rayos de una luz intensísima que iluminaba todo el palacio; pero recobrando su valor, entró resueltamente. Entonces vio al dios cruzado de brazos mirándolo frente a frente.

El temerario continuo andando, más se detuvo al escuchar la voz fuerte del dios que le preguntaba. ¿Qué te trae por aquí, mortal insensato? Al cual contestó: Te pedí tu protección y me la negaste. Demandé justicia y te hiciste sordo a mis ruegos. Quise el oro y el renombre de un rey y no hiciste caso de mí. Me has hecho nacer para sufrir sin razón y yo me vengo de ti. Si eres inmortal, quítame esta vida que me pesa, pero si no, muere dios desnaturalizado, dios cruel, por tu maldad.

Y dirigiendo su arco al pecho del genio inmortal, disparó la flecha que describió una curva, volvió hacía él y atravesándole el corazón, lo hizo caer en tierra sin vida. La noche que tuvo lugar la escena que acabo de referir, la princesa no había podido conciliar el sueño, no obstante que la estrella de la mañana estaba cerca de aparecer por el oriente. Sentía una emoción extraña. Un presentimiento le indicaba que debía de tener lugar un acontecimiento terrible, extraordinario, como sucedió en efecto. De improviso vio su alcoba iluminada de una luz vivísima apareciendo en aquel foco de resplandor la cara del dios de las riquezas. La princesa se quedó pasmada ante aquella visión y automáticamente se postró de rodillas extendiendo los brazos hacia la deidad.

Vio entonces que a sus pies yacía el cazador con el corazón atravesado de una saeta; pero su morado semblante aún expresaba la contracción suprema de una rabia feroz helada por la muerte. Sintió que iba a perder el conocimiento y en medio de su congoja, sólo pudo dar un ahogado grito de dolor. Más aquel gemido lastimero fue apagado por una voz de trueno que decía.

Tú, princesa indigna, has conducido a su perdición a este joven insensato. Lo llenaste de esperanzas vanas y lo enloqueciste. Él ha pagado la pena de su osadía y tú también recibe el castigo que te toca. Se oyó entonces un estruendo formidable y un instante después yacían en el suelo dos cadáveres informes: el del joven cazador y la princesa.

Cuando la luz del nuevo día apareció en el oriente, iluminó una de las escenas más espantosas que jamás haya tenido lugar: Una columna de agua que durante la noche había brotado de Popolá, había inundado la ciudad arrasándolo todo con su irresistible empuje. Sobre el inmenso lago que la sumergía nadaban centenares de millares de cadáveres.

En la cúspide del más grande los cerros se veía al dios de las riquezas paseando una mirada de satisfacción sobre aquel cuadro de horrores. Cuando, al cabo de algunos días, se resumieron las aguas, la ciudad estaba del todo arruinada quedando tan solo la mansión de los dioses.

Memphis es una ciudad del estado americano de Tennessee, situada en el río Misisipi en su unión con el río Wolf. Esta situada en el condado de Shelby.

Apunta  Eulogio Palma y Palma al pie de la leyenda que “entre las creencias se dice que para San Juan los que suben a la cima del cerro más grande o se acercan mucho, perciben una música muy melodiosa y agradable, porque ese día es de regocijo para el genio que vive en el cerro. También los mayas veneraron mucho una cruz cuya pequeña capilla estuvo muchos años sobre el mismo montículo sin que esto motivase el olvido del duende que vive ahí. Hoy mismo a la vez que practican el culto católico a su manera, creen en el Yummil muul que suele aparecer en forma de moscón negro anillado de amarrillo, (Holon) en el Yummil Kaax, (dueño o dios de los montes) en el Yumil col (dios de las siembras), en el Yumil chaac (dios de la lluvia) etc. A quienes ofrecen el zacá, el kool y el balché en ciertas ocasiones para hacerlos propicios. Esto la hacen los sacerdotes (xmenes) a quienes también llaman kines. Con muchas ceremonias supersticiosas en parajes ocultos donde no asisten las mujeres, ni consienten la presencia de los blancos de cuyas creencias recelan siempre. Este acto de ofrecer comidas y bebidas a los genios protectores se llama tidch.

Esta leyenda fue tomada del original de don Eulogio Palma y Palma de su libro Los Mayas, editado en 1901. Tiene breves ediciones  del original para facilitar su comprensión.

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