La Voz De Motul

Editorial

Filemón Chay Galaz

Nació el 8 de mayo de 1939 en Telchac Puerto. Sus padres fueron, Pedro Chay Aban y María Concepción Galaz Dzul, originaria de Sinanché. Es el tercero de 9 hermanos: Angelina, María Aurora, Filemón, Teresa, Crescencia, Julián, Imelda, Remigia y Luciano .

Su padre se dedicaba a cortar madera para fabricar casas. Los hacendados eran sus principales clientes, siempre le encargaban madera para los techos de las casas de sus trabajadores. Desde los 11 años acompañaba a su padre para ayudarlo en el trabajo, por esto no pudo estudiar.

Con un gesto de agradecimiento relató que gracias a su madrina doña “Tina” Ricalde viuda de Seguí, quien era maestra y se empeñó en enseñarle a leer y escribir durante los períodos de temporadas veraniegas en que venía a vacacionar.

Además del corte de madera cuando no tenían pedidos de madera se iba de pesca con su padre. Quien les compraba toda la pesca era don Inés Loría de Sancrisanto, les encargaba hasta 900kg. la cual pescaban en tres días de trabajo. La carga se las pagaba en $35 pesos, que era un buen dinero en ese tiempo, equivalente al precio de una vaca con cría que era de $40 pesos.

Posteriormente le vendieron a los compradores de Motul. Recordó a don Melitón quien venía a comprar pescado por las tardes para vender en el mercado de Motul. Para venderle a estos, se le tenía que quitar la cabeza al pescado, la cual se regalaba o se tiraba –en esa época nunca pensamos que el pescado se acabaría, ya que cuando salíamos a pescar no teníamos que alejarnos-.

Y agregó –por desgracia ahora el mar lo han convertido en un inmenso basurero, además de todo el aceite que cae de los motores que contaminan el mar; por sí fuera poco, hay que agregar todo el daño que provocan los barcos de mediana altura con la pesca de arrastre, ya que sacan casi de todo, incluyendo peces con hueva lo que no permite que se reproduzcan, ya que cada huevecillo es un pez; además, en ocasiones por la hueva se les hecha a perder el producto y tienen que tirarlo, lo que constituye un desperdicio y un verdadero daño-.

Relató que utilizaban puro barco de vela ya que no habían motores. Cuando les tocaba ir a pescar por el lado oriente del puerto, esto era a contracorriente, y tenían que remolcar el velero a través de la “sirga”, la cual consistía en atar el barco con una soga, la cual era tirada por una, dos y hasta tres personas desde la orilla de la playa hasta llegar al lugar de pesca, muchas veces hasta cerca de Sancrisanto, el regreso era fácil y rápido ya que sólo izaban la vela.

Dijo que en esos años salía a pescar a la media noche, para que cuando aclare el día estén pescando a 16 brazas de profundidad, donde sacaba productos que pesaban en promedio 700 kilos de pescado. Al mediodía ya estaba de vuelta en el puerto.

Aprendió que cuando el mal tiempo te agarra en el mar no puedes escapar tienes que fondear y esperar a que pase para retornar al puerto. Cuando veían que venía “blanqueando la marejada y escuchaban el ruido estremecedor del viento sólo quedaba esperar a que te alcance, resistir el embate de la marejada y el viento cuidando de no voltearte”.

Por ultimo, señaló que al mar hay que respetarlo concluyendo con la reflexión “el mar es muy noble y bueno, pero no lo retes, pues el que reta al mar no sabe lo que hace”.

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