La Voz De Motul

Editorial

¡Yo lo maté!

Por Santiago Domínguez Aké

Esa noche, el dios de la lluvia, reventaba su rifle a cada instante, e iluminaba con figuras serpenteadas el firmamento, al estar vaciando con furia su calabazo de agua. El torrencial aguacero que bañaba a la hacienda henequenera de Chun Béek, parecía un diluvio. Al oriente, no lejos de la casa grande de la finca, en una casita de paja, solo se escuchaba el quejido lastimero de Salustino Euán, hasta hace tres días, mozo de Ernesto Martín, dueño de esa propiedad. Contrajo una severa pulmonía, al obedecer las órdenes del patrón, de atrapar a su yegua preferida que había saltado las trancas del corral, cuando caía una llovizna y él estaba caluroso, recién acababa de terminar de hornear pan dulce en la casa principal.
Librada, acudió al j-meen —sacerdote maya—, buscando desesperadamente alivio para su marido, sin embargo, todos sus esfuerzos por salvarlo resultaron vanos, los baños calientes del sancocho de hierbas medicinales, no lograron contrarrestar el terrible mal. El llanto traicionó a Librada, al ver al enfermo con ojos sombríos y respiración a intervalos, fuera de lo normal y cada vez menos fuerte, presagio de un desenlace fatal. Preocupada, posó su dedo pulgar en la muñeca de la mano izquierda del enfermo, con tal de localizar el punto de pulsación de la sangre. Al sentir débil y muy acompasado el pulso, indicio de la proximidad de la muerte de Salustino, sacudió repetidamente la hamaca de su pequeño hijo, diciendo:
— ¡Hijito, por favor despierta! Refréscate para ir a comunicar a tu tío Petronilo, del estado grávido de tu padre, el pobre quizá no alcance a ver el nuevo día. Después, dile a doña Claudia, la rezadora, que por favor venga a acompañar con rezos la agonía del enfermo, hasta su muerte.
La lluvia había amainado, pero no dejaba de lloviznar, el niño llegó empapado, tiritando de frío, a la casa de su tío, de poco le sirvió el trozo de naylon con que se cubría. Al percatarse del llanto del chiquitín, Petronilo preguntó:
— ¿Te dio de cintarazos tu madre, Santiaguito? ¿Por qué lloras? ¿No temes andar a altas horas de la noche?
El niño continuó llorando un rato más, contestó las preguntas hasta que se calmó un poco:
— No m…me pegaron, lloro porque según mi mamá, muy pronto va a morir mi padre, de eso vine a enterarlo— dijo limpiándose con el dorso de la mano, las lágrimas que bañaban su pequeño rostro.
El niño, salió corriendo rumbo la casa de Claudia, apenas terminó de hacer saber al tío el motivo de la visita, temeroso por la posible repentina muerte de su padre, sin el acompañamiento de los rezos. Había escuchado alguna vez, de su madre —si la persona en agonía, muere y no es acompañado con rezos en los últimos instantes de su vida, el diablo se apodera de su alma, no dios— De ahí, el motivo de la prisa, por avisar a la rezadora.
Comenzaba a despuntar el alba, cuando Salustino, dio el último suspiro, cerró los ojos para siempre, abandonó el mundo de los vivos. Librada, aullaba de dolor, como animal herido, lloraba pegando de gritos, a punto de perder la razón:
— ¡Waaay, waaay, waaay, dios mío! ¿Por qué te llevaste a mi marido, sabiendo cuanto lo necesitamos Santiaguito y yo?— repetía a cada rato, hasta que se desvaneció con semblante cadavérico.
Al resultar vanos los intentos por hacer reaccionar a Librada, llamándola a gritos y palmeándole las mejillas, Petronilo, ordenó a su mujer:
— Bartola, vete por un manojo de ruda para mastrujar y darle a oler a la esposa de mi hermano, y así pueda recobrar el conocimiento.
Varios minutos le dieron a respirar el fuerte aroma de la hierba, hasta que comenzó a dar señales de vida. La sentaron en un banquillo fuera de la casa, para que la fresca brisa de la mañana, terminara de reanimarla. Sintiéndose con un poco de fuerza, Librada, entró a la casa dando traspies, como una persona pasada de copas. Al ver al muerto todavía en la hamaca, solicitó ayuda a los señores ahí presentes:
— Hermanos, a nombre de Dios, suplico a ustedes, “preparen a mi marido” y pueda ser depositado en la mesa donde será velado.
Descolgaron la hamaca con el difunto, para depositarlo en una sábana blanca tendida en el piso. Dos señores se encargaron de cambiarle la ropa sucia, por otra limpia, después de haberlo bañado. Luego procedieron a fijarle la quijada, amarrándola con unas tiras de tela blanca nueva, luego le ataron las muñecas de la mano depositadas sobre el pecho, y pidieron ayuda para acomodarlo en la mesa, en espera del regreso del truck —vehículo de transporte, anda sobre rieles de cauville tirada por caballo— con los tres campesinos que fueron a comprar el ataúd en Mutul.
Librada, al recordar no haber visto al pequeño Santiago, preguntó desesperada:
— Señores, ¿quién me puede informar, dónde anda mi hijito?
Al no obtener respuesta alguna, suplicó con vehemencia:
— ¡Ayúdenme a encontrarlo, por favor!
Revisaron dentro de la casa y en el traspatio, en lugares donde consideraban podría estar el niño, y no lo encontraron, nadie lo había visto, ni supo dar razón de él. Apenas comenzaron los rezos del difunto, -jiiim, jiiim, jii…—se escuchó claramente un llanto, proveniente de la parte alta del rincón de la casa, donde tenían guardado unas maderas utilizadas para la construcción de casas de paja. El lloriqueo, hizo que doña Librada preguntara:
— Eres tú, Santiaguito, ¿qué haces allá arriba?
Al no obtener respuesta, y continuar escuchándose el gimoteo, solicitó apoyo a un joven, para que suba y pueda bajar el niño. Santiaguito, se resistió un buen rato a los ruegos del muchacho, hasta que al fin, aceptó bajar. Uno de los señores ahí presentes recibió al pequeño y lo entregó a su madre, quién presurosa lo sentó en sus rodillas pasándole el brazo en la nuca para acariciar su pequeña frente, buscando calmarlo para que dejara de llorar. Cuando el sueño venció a la criatura, la adolorida mujer lo llevó a depositar en la hamaca.
Librada vivía en la extrema pobreza, sin embargo, hubo recursos para comprar el ataúd, comida y bebida para todas las personas que acompañaron a Salustino, el día de su muerte, hasta que lo sepultaron; familiares y amigos apoyaron con dinero, maíz, frijol, y otras cosas. Oprimía el corazón, escuchar el llanto melancólico de la viuda y su vástago, cuando iban a depositar el ataúd del muerto, en la fosa donde descansaría para siempre. La señora, no pudo regresar por si sola a la casa, la condujeron sujetada de los brazos para no caer, tanto llanto y angustia al saber que jamás volvería a ver a su marido, minó seriamente su físico, parecía haber envejecido diez años, en tan solo dos días.
Cinco meses después de haber muerto Salustino, una noche que Santiaguito, se revolcaba a cada rato en la hamaca, intranquilo por no poder conciliar el sueño, escuchó un canto proveniente del techo de zacate de la casa —xeeen, xeen, xe…— era el canto de un grillo presagiando la partida de este mundo, de uno de los moradores de la vivienda. Se levantó y prendió una vela para alumbrar y ubicar el punto exacto por donde provenía el canto, exclamando con temor y coraje — ¡Grillo, insecto del demonio! De esta casa nadie más morirá, el único que va a perder la vida eres tú, voy a aplastarte apenas caigas en mis manos— sabiendo que el xeeen —anda— del canto de grillo, significaba, anda para siempre.
El niño, tropezó con la hamaca de Librada, al andar en busca del cantante agorero, y la despertó:
— ¿Estás perdiendo la razón, hijito? ¿Qué andas haciendo, que no me dejas descansar? Duerme, recuerda que vas a ir a trabajar con tu tío, antes del amanecer— dijo Librada, al acomodarse bien en la hamaca, para continuar durmiendo.
Con tal de no continuar escuchando el canto del grillo, el niño se tapó los oídos con papel para pan, solo así, pudo conciliar el sueño. Durmió profundamente, su madre se encargó de despertarlo, para ir a ganar un poco de dinero, para el sustento familiar.
Un día que regresaba del trabajo, Santiaguito encontró muerta a su madre, falleció de un infarto, se había cumplido la maldita profecía del grillo. Después del sepelio de Librada, el infante fue a vivir a la casa del tío Petronilo, donde solo vivió un mes, huyó de los desprecios y malos tratos recibidos de la mujer de su pariente. Anduvo de un lado para otro, durante varios días, comía donde le regalaban los alimentos y dormía donde le ofrecían alojamiento, hasta que lo llevaron a la “casa grande”, por órdenes del dueño de Chun Béek.
— Niño, don Ernesto, aprecia mucho a la persona trabajadora y respetuosa. Cuando se te ordena realizar algún trabajo, hazlo bien, cuidadito que lo hagas mal, averigua primero cómo debes realizarlo— leyeron la carta al niño, por el capataz de Chun Béek, mientras tomaba sus alimentos en el comedor de los criados.
El infante, se levantaba al despuntar el alba, a regar los cítricos y frutales del traspatio de la “casa grande”. Después del desayuno, lo ponían a desyerbar o realizar otros trabajos apropiados a su edad. Por su buen comportamiento y el gusto por el trabajo, se ganó el aprecio del dueño de la hacienda henequenera. Así fueron transcurriendo los años, hasta que Santiago Euán, alcanzó la mayoría de edad. Cierta mañana, que el patrón, notó muy triste al joven Santiago, le preguntó:
— ¿Qué problemas tienes muchacho, estás enfermo, alguna persona te agredió? Si es así, dime de quién se trata, para que reciba su castigo.
— No, patrón, no se trata de lo uno, ni lo otro. Sucede que añoro regresar a la casa donde vivieron mis padres-contestó el joven, al brotar de sus ojos, unas diminutas perlas cristalinas.
Compadecido el hacendado, dijo a Santiago:
— Muchachito. ¿Por qué no me lo habías dicho antes? Hoy mismo, ordeno al capataz que desaloje a la familia que vive en esa casa, y la ubique en otra, no te preocupes.
Santiago, como siempre, antes del amanecer, comenzaba a trabajar en la “casa grande”, como lo venía haciendo, antes de regresar a su antigua vivienda. Uno de esos días, el patrón, ordenó al capataz que capacitara al joven a conducir truck, porque necesitaba a una persona de su entera confianza para llevarlo a pasear o de compras.
Con el paso de los años, Santiago, llegó a ser considerado como un miembro más de la familia Martín. Todos lo querían y apreciaban, por respetuoso, honrado y dispuesto al trabajo. Un viernes, que llegó como siempre de madrugada a su trabajo, el capataz le preguntó:
— Santiago, ¿sabes de casualidad, dónde se encuentra el patrón? Hablamos con sus familiares y amigos de Mérida y nos dijeron que no lo han visto, no saben nada de él. Desapareció, como si el aire lo hubiera chupado. Casi toda la noche, anduvimos en busca de don Ernesto, y no lo encontramos; nos retiramos a descansar un rato, al sentirnos muy cansados.
El joven tardó en contestar, entregado quizá a hurgar en la mente, el lugar donde podría estar el rico terrateniente:
— Lo siento mucho, por más esfuerzos que hago, no logro ubicar, por dónde pueda andar don Ernesto. Ayer, al retirarme de la “casa grande”, estaba sentado debajo de la mata de aguacate, donde acostumbra tomar el fresco de la tarde y fumar su puro; silbaba “Cielito Lindo”, su melodía favorita. Si se requiere de mi apoyo, con mucho gusto contribuyo en la localización del patrón.
Después haber meditado por un momento, el capataz, dijo sin titubear:
— No lo creo necesario, si te enrolas a la búsqueda de don Ernesto, nadie se quedaría al cuidado de la “casa grande”, y la persona más indicada para hacerse cargo de tal encomienda, eres tú.
Estaba por caer la noche del segundo día, de haber desaparecido el hacendado, cuando sonaron fuertes toquidos, en la casa de Sergio Bote, quién junto con sus compañeros de cacería, desenterraban píib —carne cocida bajo tierra— de venado. Tomás, uno de los cazadores, se encargó de averiguar quién tocaba insistentemente y apenas entreabrió la puerta de la casa, se introdujeron a la fuerza cuatro hombres pistola en mano, apuntando por todos lados. Uno de los hombres armados, se quedó dentro de la casa, teniendo como rehén al cazador, los otros tres, se dirigieron a la cocina.
Los tres hombres, esculcaron minuciosamente a los demás cazadores, encontrando en la bolsa del pantalón de Teodoro, un pañuelo bordado con las letras E y M, supuestamente iniciales de Ernesto Martín. Amarraron de las manos a Teodoro, como sospechoso de la desaparición del hacendado y uno de esos hombres lo sujeto de los brazos, mientras que otro se encargaba de golpearlo en la cara, en los costados y en el vientre, al mismo tiempo que gritaba a todo pulmón:
— ¡Hijo de puta madre, somos de la PJ! ¿Dónde está don Ernesto? ¡Confiesa, dónde lo tienes, sino, aquí mismo, se acaba tu perra vida! ¡Confiesa de una vez!— insistía el verdugo.
— ¡Waay, waay, wa…! ¡Dejen de golpearme, soy inocente! ¡No sé dónde se encuentra ese señor! ¡Por favor, ya no me golpeen más!- suplicaba a gritos, Teodoro, cada vez que sentía los golpes.
Tiraron al sospechoso al suelo, y el judicial lo pateó a placer en el vientre y los costados, empeñado en arrancarle la confesión. El pobre hombre, se retorcía como gusano sobre comal caliente, de tanto dolor, hasta que se desmayó, sin haber dejado de clamar su inocencia, se comportó como todo un hombre.
Al quedar sin conocimiento el campesino torturado, los judiciales lo rodearon, dispuestos a continuar la masacre, apenas reaccionara. En un descuido de los hombres de la ley, José Inés, muy alterado, al observar como lastimaban con saña a su compañero de cacería, se abalanzó en pos del rifle colgado en la rama de un árbol de saramuyo; estaba a punto de coger el arma, cuando escuchó:
— ¡Deja ese rifle donde está, si no deseas tragar una bala en este instante— ordenó el judicial que se había apostado dentro de la casa.
Los judiciales, como perros de presa, apenas vieron moverse el herido, señal de estar recobrando el sentido, lo rodearon dispuestos a continuar con el castigo. Se disponía uno de los judiciales a levantar el pie, para lanzar la patada al vientre del infortunado hombre, cuando de momento se escuchó secamente una orden:
— ¡Detente, poco hombre! ¡No sigas lastimando a ese pobre inocente!
Era la potente voz de un hombre espigado y de mirada siniestra, que vestía calzón de manta con delantal de tela cotín y calzaba huaraches. La inesperada irrupción del hombre a la casa, con osadía y arrogancia, dejó perplejos a los judiciales y tardaron unos instantes en tomar nuevamente el control de la situación. El policía que encabezaba al grupo, ordenó a sus subalternos apresar el intruso, para interrogarlo:
— Amiguito, ¿de dónde te salió lo machito, para venir a darnos ordenes? ¡Contéstame, hijo de mierda!— ordenó al detenido con mirada furiosa, tratando de intimidarlo.
— Jefecito, usted no tiene porque hacer que me sujeten y amenazarme para que hable, a eso vine, a resolverles el caso de don Ernesto. Pero antes, ordena a tus hombres que me suelten— dijo el hombre con aplomo.
La cara del comandante enrojeció de ira, e intentó ir encima del hombre para golpearlo, cobrarle la afrenta, pero se contuvo sorpresivamente, como si alguna fuerza desconocida lo apaciguara.
— Así, está bien mi comandante, de lo contrario complicaría las cosas— advirtió el osado hombre.
El silencio reinante en aquel lugar, calaba hondo la curiosidad de los cazadores en conocer, cómo sería la reacción de los judiciales, ante tal afrenta. Sabiendo que la vida de ese individuo pendía de un hilo, por tanto desafío, a personas tan agresivas y sin entrañas. No daban crédito a lo escuchado, cuando el comandante, dio la orden a sus ayudantes:
— ¡Dejen en libertad a ese hombre! ¡Ha demostrado, tenerlos cojones completos! Merece ser escuchado.
Presto, el aguerrido hombre, comenzó su relato:
“Me llamo Santiago Euán, mi comandante. ¡Yo maté, a mi patrón! Ese día, me humilló y me trató peor que a un perro, por haberme llevado una lámina de zinc vieja, tirada en la basura, para tapar el hueco del techo de zacate de la casa donde vivo. Me caló más hondo, cuando cansado de insultarme dijo “debo actuar así contigo Santiago, porque ustedes, los indios, no se conforman con darles trabajo, comida y techo, tienen esa maña de robar, de morder la mano de la persona que los protege”. Cuando en realidad, el ladrón era él, nos robó nuestras tierras y explotaba la fuerza de nosotros los pobres, al hacernos trabajar de sol a sol, por un mísero salario. Lo maté, por haberme rebajado tanto y también por ser el causante de la muerte de mi padre.
Después de breve pausa, como si ordenara sus ideas, Santiago continuó.
“Esa mañana, después de haberme dejado como piso de gallinero, insistió que lo llevara a comprar gallinas. Nos dirigíamos en truuk a K’omche’en, cuando vi parada en el crucero de Ucí, sobre las rieles de cauville, a una señora con gallinas en una canasta. Preocupado por detener el vehículo, no supe en qué momento desapareció esa mujer, es como si la hubiera tragado la tierra. Pudo haber sido el diablo en persona, porque en ese preciso instante, se apoderó de mí, unas inmensas ganas de matar al maldito viejo. Tomé el dragón —madera larga y gruesa utilizada para detener el truuk— y le asesté un golpe en la nuca, cayó como fulminado por un rayo, cargué el cuerpo y lo llevé a una cueva cercana. ¡Ahí dejé sentado al malvado anciano, con un puro en la boca, tan arrogante como siempre! Pueden ir por él, seguramente, sigue en el mismo sitio —dijo con sarcasmo— Vine a entregarme, al enterarme que ustedes —los judiciales— han estado torturando a mucha gente inocente. ¡Aquí me tienen, a disposición de ustedes!— terminó diciendo el valeroso hombre.
Santiago Euán, fue esposado, y conducido a Mérida, y desde aquella noche, en Chun Béek, nadie volvió a tener noticias de aquel honesto y temerario trabajador de la casa grande de la hacienda.

Por Santiago Domínguez Aké. Muxupip, Yucatán, junio 6 de 2012.

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