La Voz de Motul

Editorial

EL HUECHITO.

VALERIO BUENFIL, CRONISTA DE MOTUL. EL HUECHITO TOMÁS CHALÉ CHUIL. PUBLICADO EN LA VOZ DE MOTUL.

Nació el 22 de noviembre de 1934 en Telchac Puerto, es conocido como “El Huechito” ya que su padre Serapio Chalé era conocido como “El Huech”, su madre María Salomé Chuil, fue originaria de Ucú, sus abuelos Toribio Chalé y María Ignacia Can fueron originarios de Kancabchén Rancho, comisaría de Motul.

Recordó duros pasajes de su vida, sobre la pobreza que vivieron, lo que lo obligó a trabajar desde los 12 años de edad. Iba al monte a cortar leña para vender, sacaba piedra para construcción, hacía carbón y cal junto con su padre y abuelo.

La piedra la vendían a $12 pesos el ciento, un viaje llevaba 200 piedras, también cortaban “padrones”, que eran maderas gruesas que servían para tesar el alambre de púas, los cuales eran llevados para cercar terrenos en San Bruno.

Posteriormente se dedicó a la pesca, con Facundo Rosado, Gonzalo Bacelis, Víctor Baas y Pablo Díaz, ya que no tenía barco. Su primer barco fue el “San Juan”, después tuvo el “Xaman Caan” y por último el “Sábalo” que actualmente trabaja su hijo José.

Sus hijos son Jorge Luis, Martín Omar, Leydi María del Rosario y José Gabriel “El Maixkil”.

Recordó que hace más de 50 años surgió un conflicto entre cargadores de Progreso y Chicxulub Puerto, ya que la mercancía que traían los cargueros no podían bajarla en esos puertos, es por ello que llegaban a Telchac Puerto a bajarlas, por lo que se requería de mucha gente para descargar, oportunidad que aprovechó para hacerse de ese empleo.

Señaló que el asfalto que se utilizó para construir la carretera Motul-Telchac Puerto, llego a este puerto, participando en su descarga.

Posteriormente se dedicó a la pesca de tiburón, lo sacaban a una profundidad de 9 brazas, los tipos de tiburón eran los conocidos como “Tú Dzun”, “Tintorera” y la “Cornuda” (Martillo).

La pesca de tiburón la realizaban en barco de vela, pues en ese entonces no había motor, tiraban la red con anzuelos de unos 20 centímetros de largo, los cuales eran fijados a la red con cadenas, cuando el tiburón mordía la carnada se anzuelaba o se enredaba, “de cualquier forma lo atrapábamos”, comentó.

La tripulación la componían tres personas, cuando atrapaban al tiburón, generalmente al subirlo todavía estaba vivo lo que hacía la labor muy peligrosa, por lo que con la raíz de mangle hacían una especie de marro, que les servía para matar al tiburón golpeándolo en la cabeza, hasta matarlo.

Para subirlo lo ataban a un aparejo y con un gancho metálico, lo ensartaban por el ojo, luego pasaban una soga por la barriga del escualo y entre los tres trepaban a la víctima.

Ahí mismo le sacaban las aletas, la piel y la carne; posteriormente freían el hígado para obtener el aceite el cual ponían en tambos “lo vendíamos muy barato, nos pagaban $80 pesos por dos tambos, un tiburón rendía aproximadamente 15 litros de aceite”.

La carne se cortaba en tiras, se salaba y se deshidrataba al sol, “es lo que se vende como bacalao” señaló. Al día sacaban uno o dos tiburones.

Recordó que en una ocasión, a su hermano se le cayó su gorra y un plato de peltre al mar, luego de unas horas pescaron un tiburón que al abrirlo, descubrieron que había tragado la gorra y el plato.

Cuenta que también se dedicó a la cacería, que salía las 5 de la mañana, a tirar torcazas, patos, y en ocasiones venado y pizot.

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