La Voz de Motul

Editorial

EUSTACIA LA NOVIA DE LA HACIENDA

Geyder Canto Rodríguez

Guillermo muy tarde aquella noche había llegado al municipio de Motul para trabajar en la hacienda de Dzununcan. Un amigo lo había  recomendado.

Estando en los pasillos donde seleccionaban a los trabajadores, recordó su salida de la ciudad de Mérida, hasta que le tocó su turno. Fue uno de los admitidos por el capataz para trabajar en la  hacienda. Todos los seleccionados eran citados para que se presentaran a la mañana siguiente.

Luego del  largo viaje, cansado y hambriento se detuvo Guillermo en una tiendita, para comprar algo para comer. Pasaría la noche en Motul para partir la mañana siguiente hacia Dzununcán.

    Comenzaba a amanecer y Guillermo aún no le tomaba el sueño, pensando que estaba muy lejos de sus padres, a los que no vería por un largo tiempo, y sin imaginar cómo cambiaria su vida a partir de su llegada.

Restaba poco para que amaneciera, desenrolló su cobertor y se tapó con él. Al despertar buscó el papel del contrato que le habían entregado por el capataz que le autorizaba su entrada a la hacienda, para ponerse a las órdenes del patrón, y partió con sus nuevos compañeros.

Llegando a la hacienda su amigo que lo recomendó le había comentado que buscara a Salvador, quien le daría un techo mientras trabajaba en la hacienda. Despistado y sin conocer a nadie trataba de buscar que lo guiaran, hasta que atrás de él se dibujo una sombra que se bordeo a sus pies, era una bella mujer que lo observaba con curiosidad, era Eustacia, la mujer más joven y más guapa que vivía en la hacienda, a la cual la gente le llamaba la novia de la hacienda.

Él se presentó y preguntó “buenos días señorita mi nombre es Guillermo, tengo que ubicar a Salvador, soy nuevo en la hacienda y él me debe de dar un lugar donde vivir mientras trabajo aquí”.

La bella chica contestó “buenos días mi nombre es Eustacia y sí conozco donde vive Salvador... pero primero venga a tomar un chocolate,  lo invitó la hermosa mujer y Guillermo sorprendido aceptó gustoso, comiéndose también un pedazo del pan que estaba en la mesa le platicaba de donde venia, antes de partir hacia la casa de Salvador donde ella misma lo llevaría.

Al llegar hasta donde vivía Salvador, Guillermo se despidió de Eustacia agradeciéndole el desayuno y que lo hubiera ayudado a buscar la casa donde se hospedaría. Ese día fue de ardua labor para Guillermo, saliendo muy de noche de la hacienda junto a sus nuevos compañeros.

    Al día siguiente, a la hora del almuerzo llegaron las mujeres con las comidas, y Guillermo miraba con tristeza aquel espectáculo, hasta que vio aparecer sorprendido a Eustacia... “Aquí le traigo algo para su almuerzo”, dijo la joven y hermosa mujer. Desde ese día nació algo más de la amistad que ya tenían y fue cambiando hasta convertirse en amor para los dos.

El 18 de diciembre de 1941, Guillermo formalizó su noviazgo con Eustacia y la boda sería en la misma hacienda, en la pequeña capilla que allí había. El día acordado para la boda, a las 5 de la tarde, el novio se había retrasado por que vendría desde el lugar de donde él era, su natal Mérida.

Pasada la hora citada llegó el cura a la hacienda y el Oficial del Registro Civil. A los siguientes minutos apareció la novia, admirada por todos por su belleza y hermosura. Pasaban los minutos y el sol terminaba de ocultarse tras los árboles de cedro. El olor de sosquil y de ramón eran mudos testigos del crudo  y trágico acontecimiento final que ocurriría más tarde. El novio no llegaba y eso comenzó a inquietar a todos. “¡Yo lo iré a buscar!”, dijo uno de sus compañeros de Guillermo.

En ese momento Eustacia se tomó el rostro presintiendo algo malo. Hasta que se escuchó una voz que traía la noticia que acabaría con sus ilusiones, “¡Mijita!, ¡lo siento!, ¡lo siento! gritaba su madre, quien agregó “Guillermo viene muy mal herido, se volcó de la carreta en la que venía y cayó en uno de los baches del camino y rodó hasta el fondo!”.

Cuando el cuerpo de Guillermo fue traído hacia ella, exhaló sus últimos suspiros en los brazos de su amada debajo, del arco que había en la entrada de la hacienda ante los invitados que habían quedado congelados por el evento que presenciaban sus ojos.

“¡Es la maldición de la hacienda! ¡Se puso celosa de Eustacia cuando vio que Guillermo se nos casaba!”, comenzaron a gritar los más cercanos a ellos y más ancianos, Al escucharlos, Eustacia sintió un escalofrió que la congelaba y la inmovilizaba, sacando fuerzas de su flaqueza rencor y odio que sentía en esos momentos de la hacienda por lo que había escuchado corrió y se adentro en ella.

Gritando “¡Maldita...te maldigo mil veces... te robaste  al amor de mi vida... te maldigo!” gritaba hasta que su voz se perdía con el viento. Aquella noche de espanto y consternación por tal acontecimiento no fue olvidada jamás por los habitantes y vecinos.

Nadie pudo encontrar a Eustacia. Desde entonces y hasta la fecha los que pasan cerca a altas horas de la noche, creen ver y escucharla, rondando, gritando, maldiciendo y mencionando el nombre de su amado Guillermo con su rostro pálido y su vestido lleno de sangre. Los que le han visto aseguran que extiende sus brazos hacia ellos, tal vez buscando a su amor que le fue arrebatado para siempre.

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