La Voz de Motul

Editorial

El Alma Viviente se Divierte en una Fiesta

Geny Milly Castillo

En una casita de bloques y techo de láminas, vivía Luciana, una linda chica, única hija de don Pedro y doña Rubí. Esta corta familia vivía de lo que producía el campo, pues don Pedro era agricultor y sembraba de todo. Tenía todo en la milpa: elotes, frijoles, calabazas, ibes, espelón, camote, macal, yuca, en fin lo que produce una milpa; pero también tenía su hortaliza y en ella tenía las verduras frescas como son tomates, rábanos, cilantro, pepinos, sandías, chayotes, papas, chiles, repollos, colinabos, y un sinfín de cosas, que solo una persona trabajadora puede producir.

Su hija Luciana le ayudaba a vender sus productos en la puerta de su casa. Tenía su mesa llena de frutas y verduras y todo aquel que pasaba, se detenía a comprar. Una tarde ya estaba oscureciendo, Luciana se asomó a media carretera a dar cambio a un cliente y otro que se estacionó de golpe la atropelló, causándole la muerte.

Ese fue el día más triste para aquella familia que acababa de perder a su única hija. La vida de aquellos seres siguió su curso. Dos años después dos jóvenes que fueron invitados a una fiesta pasaban por el lugar y a lo lejos vieron a una muchacha que les pidió un aventón pues era invitada a la misma fiesta. Sin pensarlo dos veces la subieron.

    Ella les contó que el camión no le dio parada. Platicando llegaron a la fiesta, fueron bien recibidos. La orquesta empezó a tocar y bailaron casi toda la noche. Amaneciendo la muchacha se quiso ir porque tenía mucho frío, uno de los jóvenes le dio su saco para cubrirla, al rato después se marcharon.

Ella al bajar a unos metros de su casa quiso devolverles el saco, pero el muchacho le dijo “no te lo quites, estas calurosa, vengo por él otro día”, así la muchacha entró a su casa y ellos siguieron.

Al día siguiente, el joven fue a buscar a la muchacha para pedirle su saco. Al tocar la puerta salió un señor que le preguntó ¿Qué desea joven?, él contestó ¿está su hija?, dígale que vine por mi saco, ¿mi hija? Hay joven mi hija hace dos años que murió.

¿Cuál? preguntó aquel muchacho, lo que el señor le contestó “la única que tenía, Luciana tenía 15 años y me la atropellaron aquí en la puerta”, asustado le dijo “¡No puede ser¡ si yo estuve con Luciana en la fiesta de una amiga anoche, ella fue con nosotros en el carro, porque el camión no le dio parada. Es más, cheque, para qué vea mi saco, debe estar en su casa, no le estoy mintiendo, ella entró aquí anoche”.

    “Bueno si no me cree joven, pase usted a verlo si está su saco pues se lo lleva y no ha pasado nada” afirmó el señor. Entró el joven y en una silla de la cocina estaba su saco. El señor empezó a llorar, pues no podía creer lo que estaba escuchando. Fue al altar y mostró la foto de Luciana cerca de la cual había una veladora.

El joven sintió escalofríos, pues había viajado con una muerta y no se dio cuenta “¡No puede ser!, si bailé con ella, la sentí tibia” dijo y repitió ¡este señor está loco! Agarró su saco y salió apresuradamente de la casa. Subió a su coche y se alejó, pero al llegar a la curva apareció Luciana y le habló.

El joven ya no quería parar, pues ya no sabía si el señor estaba loco, o la muchacha no quería que su papá la viera. Le pidió que la llevara y el aceptó. La subió y la llevó donde ella le dijo. Llegaron a un portón grande, que según ella, era casa de sus abuelos.

Pidió que la bajaran, se acercó al joven para agradecerle el favor, y éste le dio la mano, pero al soltarse los dedos de ella quedaron pegados en la mano del joven, quien sacudió su mano para que cayeran los dedos putrefactos de la muchacha.

En ese momento se escuchó un llanto muy lastimero que le decía ¡vete, vete, vete y no vuelvas por aquí nunca¡ lo que dijo mi padre era verdad solo te doy un consejo, entra a la iglesia y reza un Padre Nuestro y un Ave María para que yo pueda descansar, y te juro que no volverás a verme, gracias por hacerme tan feliz la noche de la fiesta y por este gran favor de haberme traído aquí, adiós, adiós.

Cuando dijo esto, se levantó una nube de polvo y desapareció. El joven cumplió la encomienda de la muchacha y cuando salió de la Iglesia se sintió libre y feliz, porque su amiga ya estaba en paz.

    Esta historia termina cuando él va a casa de los papás de la muchacha y prende tres veladoras, por cada una pide perdón a la mamá y al abuelo, por haberse entrometido en la familia sin querer. Se despidió tranquilo y se fue.

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