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La Voz de Motul

Editorial

HALLAZGOS CIENTÍFICOS SOBRE LA MUERTE.

Artículo publicado en la edición 77 de La Voz de Motul. 

A pesar del aumento en la expectativa de vida, morir es un proceso inevitable. Por ello, los científicos investigan cómo se comporta el organismo cuando cesan las funciones vitales.

Cuando se dice que alguien se está muriendo significa, por lo general, que el desenlace se espera en horas o días, aunque también se aplica a las personas de edad muy avanzada, y delicadas de salud, o las afectadas de una enfermedad terminal como el sida. Aunque en la actualidad es posible aplazar la muerte durante varios años, continúa como un evento obligado, intrínseco y natural para el ser humano. Hoy las principales causas de muerte en las personas mayores de 65 años son las enfermedades cardiovasculares, cáncer, neumonía y demencia. La medicina se encuentra en franca batalla contra ellas y ha logrado desarrollar efectivos tratamientos médicos que en algunos casos las controlan pero no impiden el deceso ni la agonía. Ésta, por su parte, se caracteriza habitualmente por un largo deterioro marcado por episodios de complicaciones y efectos secundarios, como sucede en algunos casos de cáncer.

Por lo general, durante el mes anterior a la muerte disminuyen de manera sustancial la energía, la actividad y el bienestar. Se observa un visible debilitamiento del paciente y para los médicos resulta evidente que el final se aproxima. La agonía también sigue su propio curso; en ocasiones un paciente tratado en el hospital con una terapia agresiva a consecuencia de una enfermedad grave puede empeorar de repente y sólo algunas horas o días antes se sabe que está muriendo. Sin embargo, es cada vez más común agonizar con una lenta disminución de las capacidades y durante un largo periodo a veces con episodios de síntomas graves.

Los trastornos neurológicos, como la enfermedad de Alzheimer, siguen este esquema, al igual que el enfisema, la insuficiencia hepática o renal y otras afecciones crónicas. Las enfermedades graves del corazón provocan con el tiempo incapacidad, y causan graves síntomas de manera intermitente; pero, en general, la muerte acontece de manera súbita por trastornos del ritmo cardiaco (arritmia).

Proceso inevitable

La forma de morir es tan variable como la de nacer, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos, más allá del tipo de mal que padezcan. Morimos simplemente por que vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos –como no estar interesados en el mundo exterior- son los preliminares de lo que esta por llegar; del mismo modo que el cuerpo se prepara en lo físico para la muerte, también nuestra mente lo hace.

 

¿Qué sucede a continuación? Entre 15 y 120 minutos después de morir, el cuerpo empieza a enfriarse –algor mortis-, palidece –pallor mortis- y los músculos de los esfínteres se relajan dejando el paso libre a la orina, heces y lo que pudiera contener el estomago si el cadáver se mueve. La sangre se desplaza hasta encharcar las zonas en contacto con el suelo –livor mortis- y en media hora empieza a coagular. A las tres horas los músculos comienzan a anquilosarse –rigor mortis-, proceso que alcanza su momento álgido a las 12 horas del deceso y desaparece a los tres días, de acuerdo con la temperatura ambiente.

Pasadas las primeras 24 horas, el cuerpo empieza a mostrar signos de putrefacción debido a procesos autocatalíticos y al ataque de bacterias, hongos, insectos o carroñeros que viven dentro del cuerpo. Cada uno de los órganos comienza a hincharse y, aunque la descomposición depende de muchos factores, en cuestión de semanas quedan únicamente los huesos.

Un hecho es que a cada minuto, aunque no lo percibimos, experimentamos la muerte de millones de células de nuestro cuerpo. Es más, muchas de ellas se “suicidan” usando lo que es una forma programada de muerte celular, la apoptosis; la gran diferencia es que de manera constante hay regeneración celular. De hecho, una falla en el funcionamiento normal de este mecanismo desempeña un papel importante en el cáncer, desórdenes neurodegenerativos como la enfermedad de Parkinson y trastornos autoinmunes como el lupus sistémico eritematoso, un mal que provoca el ataque a los tejidos del organismo por parte del propio sistema inmunitario.

La vida de una célula está regulada por una compleja maquinaria llamada proteosoma, que controla el delicado balance de proteínas. Aquellas que no son necesarias se marcan para su destrucción y poco después son eliminadas del organismo. Sin embargo, durante la apoptosis, la parte del proteosoma capaz de reconocer esa señal se desactiva por la acción de unas enzimas llamadas caspasas, con lo que se ensamblan las proteínas que dispararán su muerte. A todo ello hay que sumar que las células no se dividen eternamente. En 1965, L. Hayflick descubrió que hay un límite al número posible de divisiones celulares, conocido hoy como límite Hayflick, que en el ser humano es alrededor de 50.

Cinco estados previos

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, no queremos desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos. En 1969 se publicó Sobre la muerte y los moribundos, de E. Kübler-Ross, una siquiatra que ha pasado toda su vida asistiendo a personas en agonía. A ella debemos la famosa teoría de los cinco estados previos de la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación- y la llamada de atención a médicos y familiares sobre las necesidades especiales de los moribundos. Con su demostrada experiencia, Kübler-Ross insiste en que el momento de la muerte no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo.

 

Alucinaciones del pasado

El cerebro experimenta sensaciones extrañas antes de morir

Las visiones en el lecho de muerte son usualmente desestimadas; sin embargo, científicos admiten que hay pocas investigaciones serias sobre los procesos que se desarrollan en nuestro cerebro cuando estamos cercanos a la muerte. En 1892 el geólogo Albert Heim entrevistó a treinta personas que habían sobrevivido a una caída en los Alpes. En esos angustiosos momentos en los que eran conscientes de que se iban a morir, los alpinistas no sentían ansiedad alguna, ni huella de desesperación, ni tampoco dolor; más bien una calma completa, una profunda aceptación, una agilidad mental dominante y un sentimiento de seguridad… No había confusión de ninguna clase. El tiempo se distendía enormemente. En muchos casos seguía una revisión  repentina del pasado, oían a menudo una agradable música y se sentían vagar por un cielo azul con nubes rosadas. Este trabajo pasó inadvertido hasta 1976, cuando el psiquiatra Russell Noyes analizó los relatos de 205 individuos que se habían encontrado en peligro de muerte: caídas, ahogamientos y accidentes varios. Las sensaciones vividas fueron muy similares: el tiempo ralentizaba su marcha y todo sucedía en cámara lenta; les invadía una sensación de calma, sin emociones, pese a la aguda percepción de peligro. Unos se miraban despegados de sí mismos y de lo que sucedía a su alrededor, mientras que otros tenían un sentimiento de irrealidad y el mundo les parecía peculiarmente extraño. También sufrían una disminución de la vista y el oído, y sus movimientos y pensamientos parecían sucederse de manera automática, sin esfuerzo alguno por su parte. No obstante, a algunos también les pasaba lo contrario; los pensamientos eran rápidos y vívidos acompañados de un aumento en la agudeza visual y auditiva.

Viaje cerebral

Si las circunstancias resultaban irresistibles o los esfuerzos de salvación cesaban, la atención se dirigía a la experiencia interna, incluyendo la evocación de hechos de su vida –memoria panorámica- y efectos típicos de la conciencia mística: sentimiento de armonía y unidad, sensación de gran compresión, emoción positiva intensa y creerse controlados por una fuerza exterior. Curiosamente, fueron aquellos que durante un accidente creyeron estar a punto de morir quienes tuvieron mayores sensaciones místicas. La diversidad de las experiencias en quienes se han encontrado frente a frente con la muerte es llamativa. Sin embargo, Noyes señala la presencia de tres factores significativos: misticismo –comprensión, gozo, revelación, imágenes visuales aumentadas y memoria panorámica-, despersonalización –desapego del cuerpo, pared entre uno mismo y las emociones- y alerta excesiva. ¿Qué significan? Es posible que sean parte de un mecanismo nervioso ante el peligro. En particular, la despersonalización intensifica la alerta y amortigua las emociones potencialmente desorganizadoras, lo que explicaría la sensación de sosiego mientras se lucha por sobrevivir. También tiene una consecuencia psicológica: al separarse del resto del ego, crea la fantasía de que el peligro, aunque real, amenaza a un extraño. Lo que muchas veces no conseguimos apreciar cuando juzgamos las reacciones de la gente a las puertas de la muerte, son las circunstancias abrumadoras que debilitan su resolución de continuar viviendo y que llevan a aceptarla. Algunos de los que han conseguido superar el trance se preguntan, al mirar atrás, si habían perdido la voluntad de vivir.

Regresar de entre los muertos

¿Qué trastornos orgánicos inducen a un deceso aparente?

Una tarde, la señora Blunden, una mujer obesa a quien le encantaba beber brandy, se encontró indispuesta y pidió al farmacéutico que le preparara agua de amapola y láudano. No tuvo mejor ocurrencia que bebérsela toda y, a causa de ello, cayó en un profundo sueño. Sus criados avisaron al boticario. Éste les dijo que había tomado lo suficiente como para no levantarse en 48 horas… si es que despertaba. Su marido, el adinerado William Blunden, miembro prominente del pueblo de Basingstoke, Inglaterra, quería retrasar el entierro hasta su regreso de Londres, pero familiares y sirvientes, temiendo el mal olor que podía provocar un cuerpo tan enorme, lo convencieron de enterrarla al día siguiente. Durante el sepelio uno de los portadores del féretro dijo, medio en broma, que habían hecho el ataúd demasiado corto pues notaba que la muerta se revolvía al no poder encontrar la postura. Fue amonestado por su frivolidad. Dos días más tarde, unos niños jugaban en el cementerio junto a la iglesia del Espíritu Santo cuando escucharon una voz apagada proveniente de algún lugar cercano a la tumba de Blunden. Al acercarse claramente escucharon “¡sáquenme de mi tumba!”, junto con gruñidos y sombrías carcajadas. Fueron corriendo a decírselo a su profesor, pero éste los reprendió por querer tomarle el pelo.

A la mañana siguiente los niños volvieron al cementerio y escucharon otra vez esos gemidos fantasmales. Aterrorizados, se lo contaron de nuevo a su profesor, quien esta vez si lo tomó en serio. Cuando pidió al encargado que se abriera la tumba, éste se negó, alegando que sólo podía hacerlo por indicación del párroco. Fue a verlo y discutieron largo rato sobre el asunto. Las horas pasaban y al final de la tarde decidieron exhumar el cadáver. Al levantar la tapa encontraron que el cuerpo estaba todo amoratado y golpeado como consecuencia de las lesiones que se autoinfligió en su lucha por la supervivencia. Ya no representaba signos de vida, pero el párroco, prudentemente, mandó vigilar la tumba toda la noche. Fría, húmeda y desapacible, los custodios pusieron la tapa al ataúd y se refugiaron en el interior de la iglesia. Al levantarla por la mañana descubrieron un cuadro aún más horroroso: la mujer había revivido otra vez, desgarrado el velo que la cubría y se había arañado en multitud de partes de su cuerpo y golpeado la cara hasta quedar bañada en sangre. Esta vez sí, la mujer había muerto. La investigación posterior determinó que la ciudad de Basingstoke debía pagar una enorme suma de dinero a la familia por tamaña negligencia.

Éste es el relato del enterramiento prematuro más famoso de todos los tiempos, publicado en 1674 por News From Basing-Stoak. Decidido a comprobar la veracidad de la historia, en 1819 el ministro Joseph Jefferson acudió a la ciudad para recabar testimonios sobre el terrible destino de la señora Blunden. Dos ancianas del lugar le dijeron que entre sus antepasados se encontraban los niños que escucharon las voces. La comadrona fue culpada por haber convencido al marido de enterrarla apresuradamente, y la criada que le dio el láudano, Ann Runnegar, se volvió loca tras el espantoso suceso. La capilla del Espíritu Santo está en ruinas desde finales del siglo XIX, y se sabe que la señora Blunden está enterrada cerca de ella, pero la mayoría de las lapidas están irreconocibles. Curiosamente, aún hoy existe una tradición local la cual afirma que en ese cementerio se enterró a una mujer viva hace mucho tiempo, y que el lugar está encantado.

En el hoyo

Ser enterrado vivo fue uno de los grandes temores de los siglos XVII y XVIII. Un estudio parisino sobre las últimas voluntades encontró que entre 1760 y 1777 al menos 13 de mil testamentos detallaban salvaguardas para prevenir un enterramiento prematuro, y otros 34 pedían, sin más, retrasar el sepelio. La viuda de un marqués pedía ser enterrada 24 horas después de su fallecimiento, y que entonces le abrieran el pecho hasta verle el corazón. Otra mujer exigía un método menos contundente: que le hicieran cortes en la planta de los pies antes de enterrarla. En el siglo XIX diferentes médicos ofrecían cifras espectaculares –y dispares- de enterrados vivos: 1 de cada 10 en Suecia, 1 de cada mil en Francia y 2,700 falsas muertes al año en Inglaterra y Gales. Para llegar a estas cifras se basaban esencialmente en las posturas poco naturales de los esqueletos, muecas de dolor en las expresiones faciales o brazos, y piernas levantadas. Sin embargo, estos cambios también son posibles durante la descomposición natural del cadáver.

Uno de los hechos mejor documentados es el alumbramiento de un bebé con la madre muerta. En 1901 una embarazada de apellido Bobin moría de fiebre amarilla en Pauillac, Francia. La mujer fue debidamente enterrada, pero una enfermera pensó que todo había sido demasiado apresurado. Convenció al padre para exhumar el cadáver, y al abrir el ataúd se descubrió que el niño había nacido dentro, expelido post mortem.

El problema fundamental es que determinar la muerte es en ocasiones muy difícil. Con una temperatura corporal de 20 ºC el organismo necesita solo el 15% del oxigeno que usa de manera normal, y puede ser menos si añadimos una ingesta excesiva de barbitúricos con un efecto depresivo en el sistema nervioso central. En este estado sólo se registran menos de 10 latidos y 2 ó 3 respiraciones por minuto; es imposible detectar el pulso o  la respiración, y el electrocardiograma, utilizado desde 1930 para determinar la muerte en casos difíciles, es aquí extremadamente falible, pues es muy posible que no aparezcan signos de actividad cerebral.

Diagnostico correcto

La única prueba de que alguien está realmente muerto es el olor de cadáver producido por dos moléculas de curioso nombre: putrescina y cadaverina. Mención aparte merecen los famosos zombis, los no muertos de Haití, de los que no hay evidencias directas de su existencia. La única es una fotografía y el testimonio de la folclorista Zora Neale Hurston de 1937, quien dio con el caso de Felicia Félix-Mentor, de 29 años, que murió y fue enterrada en 1907. Tres décadas más tarde, los familiares vieron en una mujer que vagaba por los campos un parecido notable con su familiar fallecida y la acogieron en su casa convencidos de que era Felicia. Sin embargo, la investigación llevada a cabo por Louis P. Mars, del Instituto de Etnología de Puerto Príncipe, demostró que no podía ser ella. Incapaz de comunicarse y mal nutrida, Mars le diagnostico esquizofrenia. Estallaba en risas sin motivo, no tenía sentido del tiempo y vivía al margen de lo que sucedía a su alrededor.

Documento publicado con el título “El último suspiro” por la prestigiada revista Muy Interesante en Marzo de 2007. Recomendamos su lectura. Año XXIV No. 3, páginas 92, 93, 94, 95, 96, 97, 98, 100, 101.

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