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La Voz de Motul

Editorial

EL GUSANO DEL CARNERO.

ANTROP. SANTIAGO DOMÍNGUEZ AKÉ. EL GUSANO DEL CARNERO. PUBLICADO EL 23 DE MAYO DE 2012 EN LA EDICIÓN 315 DE LA VOZ DE MOTUL.

El  sol se disponía al descanso, los   grillos alegraban con su canto, la llegada de las primeras sombras de la noche. Cerca  del centro  del pueblo de K’ankabch’e’en,  en una casa ripiada –pared circular de mampostería, con techo cónico de zacate-, Dorotea daba de cenar a Carlos, su marido y a sus dos hijos,  acostumbraban dormir apenas anochecía.  El matrimonio, acostumbraba levantarse a trabajar antes que los bigotes del astro  rey asomen  por el oriente. Dorotea  era una mujer muy laboriosa, después de dar el desayuno a Carlos, ella criaba a las gallinas, pavos y cerdos; regaba las hortalizas, los cítricos y los frutales, luego se dedicaba a otras labores de la casa, descansaba hasta el anochecer.  El marido se dedicaba al trabajo de la  milpa y a la siembra de henequén, vendía las hojas del agave para obtener un poco de dinero. La familia llevaba una vida apacible, sin sobresaltos, tenían asegurado el sustento y recursos económicos para comprar algunas cosas necesarias en el hogar.

Los problemas comenzaron, cuando a los pocos años, bajó el precio de venta de las hojas de henequén, porque si  bien,  tenían asegurada la comida con los productos de la milpa y del traspatio, escaseó el dinero para comprar ropa y otras cosas para la familia. Carlos desesperado, al ver que había vendido todos  los cerdos para solventar algunas necesidades, y no encontraba trabajo para tener un  ingreso extra, dijo a su esposa:

-He pensado ir  a Cancún, en busca de trabajo, así que no resulta la venta de hojas de  henequén, deja muy poco ingreso, después de cubrir los gastos de transporte hasta la desfibradora; aseguran que allá se gana buen dinero y…

No había terminado de dar a conocer sus intenciones, cuando escuchó:

-¡Qué te pasa! ¿Perdiste la razón? ¿Cómo te atreves a pensar en dejarme sola con los dos niños? Si de verdad quieres a tus hijos, no desearías ir a trabajar lejos de ellos.  ¡No te vayas, quédate con nosotros! Haré todo de mi parte, para salir de esta crisis, voy a urdir hamacas para vender, como lo hacen otras mujeres del pueblo para ayudar al marido a cubrir los gastos de la casa, no te des por derrotado- dijo Dorotea.

Preocupado Carlos, por no tener más opciones de trabajo en el pueblo, contestó:

-No quisiera alejarme  de ustedes, pero me veré obligado a hacerlo. Voy a vender dos  pavos para mis pasajes. No te preocupes, voy a enviarte dinero y cada vez que pueda, regreso al pueblo para estar unos días con ustedes;  ya lo verás, va a mejorar nuestra situación económica.

Cuando Apolinar se enteró,  que Carlos planeaba  viajar  a Cancún, fue a platicar con él:

-Compadre, me enteré de tus intenciones de ir a Cancún. ¡Cuidado, no vayas a cometer una locura!  Acá en el pueblo, si es cierto,  no se gana mucho dinero, sin embargo, tenemos la ventaja de estar en  casa, con nuestros hijos, nadie nos manda, ni regaña, trabajamos y descansamos a  la hora que nos da la gana. Allá donde quieres  ir, en qué te vas a emplear, si solamente sabes de  trabajos del  campo, y además  no sabes leer, ni escribir tan siquiera tu nombre. ¡Si quieres llevar  chingas, anda!-advirtió Apolinar.

-¡No me vaciles compadre! Para qué carajos  tengo completas las dos manos, no le temo a cualquier trabajo, por más duro que sea,  lo sabes muy bien-dijo Carlos.

Fue entonces cuando  Apolinar,  preguntó con ironía:

-Si te contratan a lavar el bacín donde se cagan y wixan-orinan- los gringos ¿lo harías compadre?

Enseguida contestó Carlos:

-Ese trabajo, por nada del mundo lo haría, aunque me muera de hambre, no nací para lavar mierda.

Fueron varias sesiones de pláticas, las que necesitó Apolinar para lograr hacer desistir a Carlos, de su partida a Cancún  y se dedicara a criar borregos, como él lo venía haciendo años atrás. Carlos se resistió en un principio, argumentaba que el carnero es un animal muy destructor, come lo que encuentra a su paso, solamente las piedras se salvan de él.  Lograron convencerlo cuando le hicieron ver que pocas personas se dedican a esta actividad, y además, el carnero se cotiza a un precio  más alto que la res. En pocos años, Carlos logró tener un buen hato de carneros,  borreguito que nacía, borreguito que vivía, y las hembras daban cuatro crías en cada parida, motivo de asombro para Apolinar:

-¡Oye, compadre, me estás dejando en ridículo! ¿Cómo le haces para reproducir en tan poco tiempo tus carneros?  Yo que llevo muchos años criando estos animales, hasta ahora no logro tener un buen rebaño como el tuyo. Si posees la piedra  o el gusano-talismán-del carnero, préstamelo por favor, no seas egoísta-suplicaba Apolinar.

Lleno de asombro, Carlos preguntó:

-¿Qué te pasa compadre, no funciona bien tu cerebro? ¿Cómo te atreves a pensar que existe la piedra, o  el  gusano  del carnero?  El único animal que trae esas cosas, es el venado, dotado  por Yuum K’áax, dios del monte y de los animales silvestres. El carnero, fue traído de Europa por el  hombre blanco, después de la conquista de Yucatán, según me platicó  el abuelo.

-Yo digo que si puede haber la  piedra y el gusano del carnero, aunque el animal no sea originario de estas tierras,  porque también es una criatura de dios como tú y yo, y en el mundo existe un solo un dios creador, pero con diferentes nombres, muchos hombres  lo conocen como Jehová, nosotros los mayas como Junab K’uj, otros como Alá, etcétera; así lo dice el  j-meen-sacerdote maya- del pueblo. ¿Qué opinas compadre?-preguntó Apolinar.

-¡Son  patrañas   tuyas  compadre Apolinar! Te comportas como  niño, por hacerle caso a ese charlatán. ¿De dónde sacó esas mentiras, el mentado j-meen? Ja, ja, ja-se carcajeó Carlos.

Entre la primera partida de carneros que tuvo Carlos, nació uno que a nadie le interesó  comprar, por no haber crecido y mucho menos lograr buen peso. Lo asombroso de ese carnero chaparro y flacucho, era verlo  comportarse como líder del rebaño,  lo seguían a todas partes, era respetado hasta por los carneros machos corpulentos; cuando alguno   de estos animales,  se atrevía a desafiarlo,  lo doblegaba fácilmente. Asombrado Carlos, al ver la hegemonía  ejercida por el diminuto animal  ante sus compañeros, trató de saber el motivo,  pero por más que hurgó en su mente, no  logró encontrar respuesta alguna. Agradecido Carlos, por el éxito alcanzado con la cría de borregos, prometió realizar la ceremonia del jets’lu’um, para contentar a la tierra -el terreno-  y agradecer a los yumtsilo’ob-dioses de la naturaleza- las bendiciones recibidas. Esa  mañana del día del  jests’lu’um, Nicasio preguntó a Carlos:

-¿Cuál de los animales  voy a sacrificar para el loj corral?- ofrendar un carnero a los dioses, para redimir a los demás carneros de enfermedades-como se acostumbra hacer  hasta la fecha en algunos ranchos ganaderos, para proteger las reses.

-No lo sé todavía hermano. ¿Cuál de ellos me sugieres?- preguntó Carlos.

-Muchacho, no puedo escoger el animal a matar, no son míos, sino tuyos,  por lo tanto, señálame a cuál le voy a dar cuello-contestó Nicasio.

Estuvo meditando un buen rato Carlos, luego dijo:

-Mata a ese viejo carnero  enano, si le das matarile a uno grande, va a sobrar mucha carne, no  la vamos consumir  toda, son pocos los invitados, solamente  tú y cuatro amigos más.

-Yo cumplo  tus órdenes  patrón, dime lo que debo hacer y punto-dijo Nicasio afilando el cuchillo.

Atraparon al carnero blanco y lo colgaron bocarriba de la rama de una mata de guayaba. Cuando el animal vio el cuchillo en manos de Nicasio, comenzó berrear con angustia, chorreaban lágrimas de sus ojos, al presentir su muerte. En el preciso instante que le iban a rebanar el pescuezo para desangrarlo, fijó su mirada triste y melancólica en el verdugo, como si suplicara  que le perdonaran la vida. Fue larga la agonía del  cordero, se resistía a entregar su vida; asombrado Nicasio, expresó lo siguiente:

-Carlos, este pobre animal no quería morir, es probable que  todavía le quedaba muchos años de existencia.

-La respuesta  a tu  duda, solamente dios la tiene, pero lo más seguro, es que este carnero tenía un espíritu fuerte, resistente-contestó Carlos.

Nicasio despellejó el carnero, le extrajo las vísceras y procedió a cortar el animal por piezas; al trozar el cogote, sintió miedo al ver  brotar unos  gusanos grandes entre los  huesos y   los recogió para mostrarlos a Carlos:

-Mira  que feos son estos gusanos- dijo con la palma de la mano extendida, donde bullían esos bichos.

-Nicasio ¿dónde cogiste esos gusanos? –preguntó Carlos.

-Los traía en el cerebro el carnero –le contestaron.

Cuando Carlos escuchó la respuesta de Nicasio, se le agrandaron los ojos por el inesperado suceso. Movía  la cabeza  de un lado a otro, en señal  de no estar  de acuerdo con Nicasio, y dijo:

-¿Cómo te atreves a afirmar que esos gusanos, provienen del cerebro mi carnero? No puede ser, si así fuera, el animal hubiera fallecido hace mucho tiempo. No me engañes Nicasio, no es momento para bromas,  recuerda que estamos preparando  ofrenda para los yumtsilo’ob.   

-¡Bueno,  está bien, si no quieres creerme, es tu problema!-dijo Nicasio,  molesto.

Ninguno de los dos hermanos, volvió a tocar el tema de los gusanos. Al  terminar  de enterrar bajo tierra la carne del  carnero, para su cocimiento, armaron el altar de madera en medio del corral, donde se llevaría a cabo la ofrenda de saka’-bebida de maíz sancochado, endulzado con miel de abeja xunáan kaab- y el píib  de carnero. En el justo momento de posicionarse  el sol en los más alto del firmamento, inició el   j-meen la  ceremonia del jets’lu’um, con rezos y conjuros invocó  a los yumtsilo’ob para que se dignen en recibir la ofrenda. Al retirar el píib de carnero del altar, se repartió todo entre los invitados, Nicasio y Carlos,  perdieron el apetito,  por  haber visto los gusanos que traía el animal.

No había pasado un winal-mes- de haberse realizado el jets’lu’um, cuando la suerte de Carlos cambió repentinamente, sus carneros nacían muertos, los mataba el perro, o morían de momento, sin haber presentado síntomas de estar enfermos. Carlos, muy molesto al ver cómo iba perdiendo cada día que pasa, a sus animales, fue a reclamarle al   j-meen que ofició la ceremonia a los yuntsilo’ob.

-Don Severiano, le pedí  que hiciera el jets’lu’um para  que los yumtsilo’ob protejan a mis animales, no para que mueran.         

Sorprendido e l j-meen, preguntó:

-¿Estás loco Carlos?  ¿Cómo te atreves a dudar de mi trabajo?  Debes saber que con los yumtsilo’ob no se juega, las cosas se hacen tal como deben de  ser, o de lo contario se recibe el castigo.  No comprendo,  por qué me calumnias,  no hice nada que pueda hacerme sentir vergüenza,  tengo la conciencia limpia y tranquila, sabiendo  que cumplí  cabalmente con tu encargo.

Cuando Carlos,  hizo saber al  j-meen, cómo venían muriendo sus carneros,  lo interrogaron:

-¿Muchacho, dime la verdad! ¿Organizaste  la ceremonia del jets’lu’um, con mucha devoción a los yumtsilo’ob?  Porque los dioses de la naturaleza, así como propician el bien a la persona que los alimenta con alegría y sin egoísmo alguno, también castigan a quién  les ofrenda de mala gana, es decir, no convencido, que gracias a ellos, se logra tener muchos animales y una buena cosecha de todo lo que se siembra.

Con el ánimo de saber si cometió algún error en la preparación de la ceremonia del jets’ lu’um, Carlos, confesó  al j-meen,  haber  ofrendado a los yumtsilo’ob  un animal enano con gusanos, que se comportaba como líder de la manada de carneros. Sintió desfallecer de angustia,  cuando escuchó la opinión del anciano:   

-Carlos, tú  mismo propiciaste el  infortunio que vives, por no haber matado el más grande de  tus carnero para  ofrendar a los yumtsilo’ob,  como se acostumbra. El haber acabado con la vida del kislu’um-enano- borrego,   te condenó a la ruina, porque el mentado animalito,   fue enviado  por Yum K’áax –dios de los animales del monte-  para darte suerte y proteger a tus carneros de enfermedades  y cualquier peligro que los amenace. Los gusanos hallados en el cerebro del animal, indican que nació dotado con esa virtud.

Gruesas lágrimas bañaban el rostro  de Carlos, al disculparse del j-men;  tarde comprendió que la tacañería, se paga con creces.

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