fbpx

La Voz de Motul

Editorial

COSAS QUE YA NO SE VEN, NI SE OYEN EN MOTUL

Por: Filiberto Chiyéan Chan

Las pláticas familiares en la puerta de las casas.- Esta tertulia familiar ya no se realizan, por las siguientes razones: 1ª. Demasiado peligroso en la actualidad por el paso continúo de vehículos con bastante velocidad, por las calles; 2ª.la gran cantidad de mosquitos que atacan despiadadamente a las personas. En 1950 las calles no estaban pavimentadas, porque no habían, el número de vehículos que hay en la actualidad, como consecuencia las tertulias familiares, se hacían con bastante seguridad, la gente que pasaba en frente de ellos, saludaban cordialmente “Buenas tardes doña Raquelita, buenas tardes don Pedrito” o “Adiós doña Susanita, adiós don Manuelito” “Que le vaya bien doña Chabelita, don Luis” Palabras de cortesía y de profundo respeto, por ambas partes. ¿Y los mosquitos? ¡No había! Porque como no estaban pavimentadas las calles, después de la lluvia, se formaban grandes charcos, que cubrían todo el ancho de la calle y una extensión de 10 metros, en ella brotaban los sapitos, que se tragaban los huevecillos de los moscos, a las 6 de la tarde, cuando obscurecía se iniciaba el concierto de las ranas.

Los saludos de respeto a las personas mayores.- Cuando encuentras en tu camino a una persona, tienes el deber de saludarlo, aún no sea una persona de edad, esas palabras de cortesía se enseñaban en el hogar a través de los padres y abuelitos, reforzados en la escuela.” ¡Buenos días don Carlos, buenos días hijo!” y si era una persona que ya pertenecía a la tercera edad: ¡Buenos días abuelito!

Las mantillas.- Que usaban las damas que asistían a la iglesia. Esta prenda, representaba el respeto y la devoción de la religión. No se podía ingresar al templo, si no portaba esta prenda, para asistir a todos los servicios religiosos Pero al mismo tiempo, las señoritas enviaban —con la complicidad de esta prenda— en una discreta mirada, una señal —previamente convenida— a su pretendiente.

Tertulias dominicales.- Después de la misa de las 8 de la noche y 30 minutos más tarde, —cuando terminaba la película de la tanda de las 7 de la noche del cine Encanto—, ingresaban al parque principal y los papás se sentaban en las bancas —que en aquel entonces eran de granito y cada una de ellas estaba inscrito la familia o persona que las donaba y la fecha en que se donó— a esperar a que los pequeños corran a divertirse con sus amiguitos y los chicos y chicas adolescentes, comienzan a dar vueltas en el parque. Las chicas giraban de acuerdo a las manecillas del reloj y los chicos por el lado contrario, cuando el chico localiza a su enamorada, se desprende de sus amigos y se incorpora al lado de su dulcinea y comienzan a dar vueltas al parque juntos platicando. A partir de las 9.30 P.M. comienzan a retirarse y el parque comienza a desalojarse. Algunas veces el chico, ya fue aceptado por los suegros y acompaña a su enamorada hasta su casa, los padres ingresan a su domicilio y le da cinco minutos a la chica, para que ingrese al domicilio, para que ella se despida de él con un beso, ¡que sabía a miel! ella se retira e ingresa a la casa, feliz, enamorada, y el chico se retira cantando o silbando de felicidad. ¡QUE TIEMPOS AQUELLOS!

Los boleros.- Los chicos de 9 a 12 años, la mayoría tenían el deseo de tener una bolera, para bolear los zapatos de los caballeros. Pero pocos podían acceder a ese deseo, porque tenía un costo la construcción de la bolera y luego adquirir los insumos, para realizar el trabajo. Algunos padres satisfacían este deseo de su hijo, ya sea que mande construir la bolera o comprársela a un chico que ya obtuvo la mayoría de edad y ya no realiza ese trabajo y lo compraba con todo e insumos, listo ya para trabajar. El costo de la boleada era de 20 centavos. Los colores de los zapatos eran: negros, cafés, blancos, blanco y negros, y blancos y cafés.

La “Cancha”.- Después de la misa, después de la tanda de las 7 del cine Encanto, o antes de ingresar al cine de las 9 de la noche, la gente se dirigía a la “Cancha” a cenar. Ahí encontramos al “Santo” Pastor Pech, que expendía con su esposa unos riquísimos panuchos y salbutes con pavo, y tortas de pavo —con pan francés, de aquellos que se vendían 3 por 50 centavos—, la inolvidable y añorada refresquería de don Tacio Méndez, con sus famosos refrescos de fruta de temporada: sandía, melón, plátano, guanábana, pitahaya, piña, y mamey, los sabrosísimos quebrados de tamarindo, horchata, plátano con leche, guanábana con leche, flanes caseros, que los hacía en aquellas latitas de la leche Nestlé; cocacola, solamente existía este producto,—después esta embotelladora comenzó a elaborar la “Cristal naranja” para hacerle la competencia a la “Misión Naranja” que la embotellaba la pepsicola, luego salieron los demás sabores como: la cristal negra, cebada, toronja y uva—, pepsicola y la misión naranja — solamente tenían estos dos productos. La embotelladora “Sidra Pino”: tenía, negra, cebada, toronja, Orange Crush y el riquísimo e inolvidable “Soldado de Chocolate”. Don Tacio hacía un batido con el Soldado de Chocolate, leche Nestlé y un flan, ¡delicioso! En frente de la refresquería tenía una rockola, que tenía todas las canciones exitosas de aquel entonces, entre ellas figuraban: El reloj, La barca, de Roberto Cantoral, Los Panchos con sus éxitos como: Amorcito corazón, Sin ti, Rayito de luna y muchas más. Las más pegajosas: El mandarín, interpretada por el genial Daniel “Chino” Herrera, y Ábrete Sésamo del compositor y trompetista Julián Molina; yucatecas como: Peregrina, Rayito de Sol y las melodías de Agustín Lara, entre ellas: María Bonita, Farolito, Veracruz y Angustia, Espérame en el cielo, Usted es la culpable, Bonita, Perdóname mi vida, El vicio, Viva el amor, Albur y Si acaso te ofendí, del autor yucateco José Antonio Zorrilla Martínez, conocido como “Monis”. Me importas tú, El mar y el cielo y muchas más; se le ponía una moneda de 20 centavos y escogías la melodía, para que se interpretara. A un costado de la refresquería, se encontraba don Emiliano que expendía lo mismo que todos los fritangueros de ese entorno, pero él, ofrecía algo innovador: sopa de pastas, de lacitos, conchitas y plumillas. Un plato de esta deliciosa sopa, costaba 50 centavos. A unos 15 metros estaba el puesto de “Litros” que expendía toda clase de revistas, entre ellas el de “Memin Pingûin”. La “Familia Burron”, “El Santo, el enmascarado de plata” “Black Shadow”, “Superman”, “Batman”,“Kaliman” y las novelas románticas de Corín Tellado y la revista “Variedades”. Casi en frente estaba don Arsenio, el único que vendía panuchos con huevo duro, siempre llegaba tarde, pero la gente que le gustaba este antojito, lo esperaban. Habían otras muchas refresquerías y que expendían también los panuchos, empanadas, codzitos y salbutes, pero en menor escala que los ya mencionados.

Cubrir los espejos.— Apenas se iniciaba la lluvia y posteriormente comenzaban los truenos y rayos, las abuelitas y mamás corrían a cubrir todos los espejos que habían en la casa, “Porque los espejos atraían los rayos” y si esto sucedía podía matar a algunos de los moradores del hogar. En esa época, existían muy pocos espejos en la casa, solamente los que servían de uso personal, que eran de regular tamaño y que se podía manejar con una mano, para reflejarse. Existía la creencia de que los espejos multiplicaban al ser humano metamórficamente. Los consideraban diabólicos.

Los “Turixes”.- El insecto que avisaba las visitas —Hace más de 50 años, nos acostumbrábamos de la presencia de los “Turixes” que se posesionaban en el centro de la sala— o en su defecto, las casas humildes que no tenían sala, se posesionaban en el centro de la casa— y volaba alegremente por unos minutos en ese lugar y posteriormente se trasladaba a la cocina, esto es con el propósito de avisar que los moradores de esta casa, pronto recibirán una grata visita. Los dueños de la casa, hacían conjeturas, acerca de quién podría visitarlos

El Mahan Náh.- Por esos mismos tiempos, ingresaba al hogar una mariposa negra, mucho más grande que el tamaño de las “Monarcas” y las que pululaban en las carreteras, de variados y vistosos colores. Su tamaño, era 4 veces más que las que conocemos y su color eran negras o tabacas. Papá, mamá y algunos dzirises, con escoba en mano trataban infructuosamente sacarlas de la casa. En aquellos tiempos los techos eran más de 4 metros y desde luego no las alcanzaban, igualmente sucedía en las casas de paja. Así que optaban por dejarla en paz. No las aceptaban, porque las consideraban de mal agüero. Al día siguiente, abandonaba la casa silenciosamente. Por lo que al paso del tiempo, se le comenzó a llamar “Mahan Náh” —cuyo significado en maya es “Prestar la casa” para pernoctar— En esos tiempos, estábamos en siglo XIX, y vivíamos bajo la influencia de las supersticiones y atavismos abismales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Social Media Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
A %d blogueros les gusta esto: