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La Voz de Motul

Editorial

Pedro, ¿R O C A?

Personajes de la Pasión de Cristo

Pedro (Simón o Simeón, es nuestro segundo personaje). Fue apóstol de Jesucristo y Primer Jefe de su Iglesia. Era un pescador del mar de Galilea, hasta que dejó su casa de Cafarnaúm para unirse a los discípulos de Jesús en los primeros momentos de su predicación. Carecía de estudios, pero pronto se distinguió por su fuerte personalidad y su cercanía al maestro, erigiéndose frecuentemente en portavoz del grupo.

Según el relato evangélico, al estar todos reunidos en la Última Cena, Pedro declaró su lealtad y devoción con estas palabras: “Aunque todos pierdan su confianza, yo no”. E insistió: “Me quedaré contigo aunque tenga que dar la vida”. Con inmensa tristeza Jesús le contestó: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me negarás tres veces”.

Al desenvolverse esta trágica noche se realizó esta profecía. Cuando los soldados llevaron a Jesús a los judíos, Pedro se quedó en el patio y tres veces lo acusaron de ser discípulo de Jesús. Él lo negó las tres veces. En aquel mismo momento, cantó el gallo por segunda vez y Pedro empezó a llorar.

¿Qué pasó a esta Roca?. En un momento de flaqueza, Pedro fisuró la Roca de su fe. Más que amor, a Pedro le faltó VALENTÍA. Quiso dar vida por Cristo, pero a la hora de la hora fue cobarde, tuvo miedo, prefirió salvar su pellejo.

Pedro en su corazón tenía dos sentimientos mezclados: AMOR Y MIEDO. Porque amaba a Cristo, no huyó después de que Jesús fue atado y apresado. Y porque estaba atenazado por el miedo siguió a Jesús de lejos. Porque tenía miedo, negó a Jesús tres veces, cobardemente. Pero porque amaba a Jesús, salió fuera y lloró amargadamente su pecado de traición al Maestro.

¡Qué distinto a Judas!. Esa mirada tierna y misericordiosa de Jesús: “Y Jesús lo miró”, se le clavó en lo profundo del corazón de Pedro; pero no era una mirada de reproche sino de compasión. Una mirada que pareció decirle: “Simón, yo he rogado por ti”.

Fue una mirada alentadora, misericordiosa. Una mirada que le decía: “Pedro, ¿a dónde vas? No te separes de mí. Sígueme. Le miró con la misma ternura que cuando le llamó a seguirle. Vaya que conocía Pedro esa hermosa y cautivadora mirada de Jesús. Con esa mirada, Pedro comprendió la gravedad de su pecado.

No creamos que la caída de Pedro fue leve. No. Pedro cayó en un pecado gravísimo. Conocía a Jesús. Era el primer Papa, por tanto, el jefe del grupo. Fue distinguido por Jesús como uno de los tres discípulos predilectos. Mintió con juramento, maldijo. Cayó muy hondo. Pero lo hermoso de Pedro es que se arrepintió, si abrió al amor de Jesús, a ese sol espléndido de Jesús y volvió la claridad a su alma.

¿Por qué Pedro cayó de esa manera?. ¿Por qué fue tan cobarde?. ¿Por qué negó a Jesús tres veces?.

Principalmente, confió mucho en sí mismo. Es lo que llamamos PECADO DE PRESUNCIÓN: “yo no te abandonaré jamás, aunque todos, yo no, estoy dispuesto de ir contigo a la muerte”. Se hacía el valiente, el vanidoso, muy crecido de sí mismo. En segundo lugar, se aflojó. Cuando uno afloja en la oración, automáticamente pierde fuerza y peso espiritual. Y sin fuerzas, cualquier viento o contrariedad nos derrumba.

En tercer lugar, porque se metió en la boca del lobo, en el atrio, donde estaban aprovechando la leña del árbol caído. ¡Qué imprudente!. ¡PRESUNCIÓN, DESIDIA, IMPRUDENCIA!.

¿Y cómo se originó todo esto?. Por la mirada de Cristo. El canto del gallo. El amor de su corazón. La mirada de Cristo le hizo reflexionar donde estaba caído. El canto del gallo le lanzó fuera del peligro. El amor de su corazón le hizo llorar amargadamente, con un corazón arrepentido. ¡Le había fallado al Maestro, al Amigo, al Señor, al Buen Pastor!

La Roca de Pedro, comenzó a tener grietas. ¿Por qué nos extrañamos a lo largo de la historia de la Iglesia? Los instrumentos que Jesús escoge son débiles. Desde el punto de vista exclusivamente humano, hubiera tenido Jesús razones para excluir a Pedro, para excluirnos a nosotros. Pero Jesús mira el corazón contrito, humillado, humilde, arrepentido, y Él nos da su perdón y su gracia.

Pedro es un pecador arrepentido. Cristo lo perdona y confirma su elección. Pregunta a Pedro: “¿Me amas más que éstos?” (Jn 21,15). Pedro afirma tres veces su amor. Jesús entonces le dice “Apacienta mis ovejas”. Signo de su misión como pastor universal de la Iglesia. Su ministerio se sostendrá gracias al poder de Cristo, quien ora por él. “He rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). Es Cristo el Buen Pastor quien confiere su poder de perdonar, consagrar, enseñar y dar testimonio.

Pedro ejerció su primacía entre los Apóstoles con entereza y valor. Él fue “La Piedra” en la que la Iglesia fue fundada. Su capacidad de conversión quizás sea lo que hace su historia ejemplar para nosotros pecadores. Pedro cayó muy bajo en la noche que negó al Señor. Después se arrepintió y ascendió hasta llegar a obispo de Roma, mártir, y: ¡Guardián de las llaves del reino de los cielos!.

Aquí las palabras de Jesús se cumplen textualmente: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del reino de las tinieblas  no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

Texto: Jesús Hernán Puerto Simá

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