La Voz de Motul

Editorial

LA LEYENDA DEL CENOTE DE MOTUL

VALERIO BUENFIL, CRONISTA DE MOTUL. LA LEYENDA DEL CENOTE DE MOTUL, AUTORÍA DE EULOGIO PALMA Y PALMA, PUBLICADO EN EL LIBRO "LOS MAYAS" EN 1901. 

Era yo niño, pero bien me acuerdo, por lo mismo que me había causado honda impresión e invencible miedo. Y puesto que es necesario, referiré la leyenda.

Un sirviente de la casa de origen maya decía que de sus mayores había sabido que por el lado sur de la plaza de la parroquia existía un cenote que primitivamente surtía de agua a los moradores de esta población, el cual desapareció bajo el inmenso atrio que precedía a la indica- da parroquia; y aunque muchos años después el elevado atrio fue destruido hasta reducirlo a las dimensiones actuales, la boca, del antro quedó del todo cegada.

Este cenote, según él, era muy grande, tan gran- de o más que otro que también existe siempre al mediodía en el cabo mismo conocido con el nombre hasta el día de Sambulá. El último que frecuentan los bañistas en el verano, es sin duda una de las curiosas creaciones geológicas por sus formas caprichosas, dijera mejor fantásti- cas, sobre todo, cuando las paredes de sus varias cavidades y su techumbre se observan la esca- sa luz que puede penetrar en él por la abertura del descenso y por otra que cae exactamente en el centro de la cueva posterior que ocupan sus profundas aguas. Por un fenómeno muy natural los pasos sobre su piso escabroso resultan muy sonoros, como acontece en un templo de anchas y elevadas naves, y el sonido de la voz al través del ambiente que impresiona produciendo una sensación de penetrante y fría humedad, tiende a multiplicarse al par que, como queda indica- do, su intensidad aumenta. Hay un sitio que se llama la Campana. Es una piedra caliza saliente de la techumbre que golpeada con otra piedra que se arroja con la mano, produce una vibración opaca semejante en cierto modo a la voz metá- lica de una campana verdadera. Hay otro que le dicen La Tambora. Tendido un bañista sobre el agua que se extiende en una oquedad parecida a un recodo, bate el agua con los pies y cada golpe resuena como el instrumento que imita.

Nada es, pues, más apropiado para excitar la imaginación y arrastrarla a crear algo parecido al palacio de Aladín o a la misteriosa cueva de Montesinos; y la fantasía de los hijos del país, elaboró seres sobrenaturales e invisibles que fingió morando en aquellos lugares solitarios al parecer destinados para albergarlos.

La existencia de las ondinas de la náyades, de los silvanos (representados en Yucatán por el Yumil-kaax) y en general de todos los genios superiores e inferiores, no expresa otra cosa que el medio más accesible para los pueblos primitivos de darse cuenta del incomprensible régimen del universo.

Las personificaciones que son frecuentísimas en todos los idiomas, no reconocen otro origen. Los movimientos de los astros en la inmensidad de los cielos, los elementos desencadenados en los días de tempestad, la potente voz del rayo que al estallar parecía desquiciar la tierra y otros mil fenómenos naturales, crearon la superstición y la mitología pagana.

Los cenotes así fueron habitados por genios que tenían menos atributos y más limitado poder que los que movían la gran maquina del cielo y de la tierra, pero que en su escala, podían ser terribles para los pobres mortales expuestos en su condición a todo género de miserias. Por eso temían caer en su desagrado. Buenos quedaban si les llegaban a negar el agua. Tenían por un don como otras muchas cosas y bajaban a buscarla con respeto y adoraciones; y dizque cuando no era así, las quietas aguas saltando de improviso envolvían de impiedad que en pena de su desacato arrastraban hasta el fondo del abismo. Alguna vez por causas más graves y generales seguramente, se levantaron como una tromba y saliendo impetuosas de la boca de la sima lo arrasaron y lo arruinaron todo.

Los naturales que por referencias sabían esta catástrofe, para prevenir otra, traían continua- mente un pensamiento a manera de plegaria o de ruego a los indios cuya expresión era mu tul o ma u tul (No reboce) la primera contracción de la segunda muy usada en el idioma maya de los vocablos posteriores. Reza la leyenda de que de esto toma origen el nombre de Mutul que más tarde por una alteración castellana se convirtió en Motul.

Aunque fue destruido el gran atrio que había cubierto la boca del cenote no se sabía donde había estado. Por lo mismo nunca pasé por aquellos lugares sin recelo. Desde que me acercaba ya creía ver en cualquier parte abrirse la tierra, saltar una manga de agua, caer sobre mí, envolverme y llevarme consigo al interior de la oculta cripta que imaginaba por supuesto lóbrega, sin fin y poblada de seres como los demonios que solían ver pintados las más veces de malísima mano en algún retablo, o el de las pastorelas de navidad que, hasta sabiendo quien era, no dejaba por eso de espeluznarme y de causarme pesadillas. Los chuquetes en la temporada de papagayos, los jugábamos lejos los muchachos de aquel tiempo. Felizmente el camino de la es- cuela no pasaba por allí; pero jugando a varios juegos entre las yerbas de la plaza cubiertas de verde alfombra de xpahacán y de artemisas en las doradas tardes otoñales o a los trompos o a los toros, o al hoyuelo, o a lo que fuere, tratábamos siempre de no ir mucho más allá de la fa- rola central donde comenzaba el peligro. Yo era parejo como el que más y cuando se ofrecía solía dar un trompis al chico más engallado; pero lo que es en aquel lugar...prefería que me dijesen llamador o algo más denigrante, bien que tampoco había quien se atreviera a tanto.

Cuando pasaban los años llegué a la edad en que se discierne mejor, pensé muchas veces en lo que llevo dicho y me pareció que el cenote pudo haber existido o que existía siquiera en parte aunque no se supiese donde había estado la cegada abertura. Dada la dificultad de abrir pozos en los remotos tiempos en se formaron las primeras poblaciones del país, no es aventurado suponer que se fundaron en los parajes en que el agua existía en cantidad suficiente y era de fácil adquisición.

Puede aducirse a favor de esta suposición que no hay en la costa pueblos donde no existan, como en las de Ucí, por ejemplo, en que hay uno llamado Popolá cerca de los enormes cerros de creación maya. En Chichén Itzá(1) hay uno muy céntrico que revela el mismo nombre de la ciudad. En Uxmal por la naturaleza del terreno el agua llovediza se lograba conservar en represas artificiales, porque los pozos de agua manantial no podían abrirse de ningún modo. En esta costa a la distancia a que estamos del litoral tienen de profundidad poco más o menos ocho metros; así y todo, los que se abrieron probablemente con posterioridad a la época a que me refiero, sobre ser pocos, puede asegurarse que debieron demandar trabajo lento y prolongado. Sólo conozco uno junto a unas ruinas que es estrecho y muy irregular en su forma interior como permitió su apertura la dureza de la piedra caliza perforada. El brocal está surcado en toda su redondez por el corte de las sogas que servían para extraer los cubos llenos ya, los cuales debían de salir tropezando en las paredes del interior; pues no se empleaban carrillos, ni ningún aparato que lo impidiese. Parado en di- cho brocal o detrás de él, a fuerza de brazo, hacía ascender el cubo la persona que quería proveerse del líquido, para los usos domésticos.

Volviendo a lo que antes decía repetiré que el cenote bien podía haber existido, y hasta era lo probable; pero lo demás me parecía producto de la fantasía maya con algo de tradicional y efectivo conservado a girones, si se me permite. El agua nunca había brotado por más que en la plaza hubiese estado la cripta. ¿Por qué entonces la población había recibido el nombre de Mutul, vocablo compuesto que tenía significación en el idioma? Era la sombra oscura, impenetrable para mí hasta que llegó a mis manos “La Historia del Descubrimiento y Conquista de Yucatán”, por el Lic. D. Juan Francisco Molina Solís, quien tomándola de datos antiguos, da la clave del problema y de otros muchos de que hablaré más adelante si al lector no le cansase, por supuesto. A mi, francamente, tales cosas me llenan de la curiosidad anhelante de penetrar si- quiera sea con la imaginación y la mirada del entendimiento, como debió ser el pueblo que se agitó en remotos tiempos donde hoy vivimos y vemos los restos de su extraña civilización y de su grandeza. Y queda terminado este artículo que, con la leyenda y todo, van aquí por vía de introducción.

 

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