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La Voz de Motul

Editorial

EL CONSEJO DE GUERRA A FELIPE CARRILLO PUERTO.

MTRO. MAURICIO DZUL SÁNCHEZ(TRASCRIPCIÓN). CÓMO SE EFECTUÓ EL LLAMADO CONSEJO DE GUERRA QUE JUZGÓ A FELIPE CARRILLO PUERTO Y COMPAÑEROS. PUBLICADO EN LA VOZ DE MOTUL. LA ACTITUD DE LOS FUNCIONARIOS DE JUSTICIA MILITAR.

En diciembre de 1923, estalló la rebelión delahuertista en contra del gobierno del General Álvaro Obregón, acusándolo de querer imponer como sucesor presidencial al General Plutarco Elías Calles. Previendo una movilización militar rebelde en contra del gobierno socialista que encabezaba, el Gobernador de Yucatán Felipe Carrillo Puerto ordena la militarización de los ligados del Partido Socialista del Sureste impartiéndoles instrucción militar, pese a la visible escasez de armas en el Estado. Ante la llegada de los rebeldes a Mérida, el Gobernador huye, pero a los pocos días fue apresado y conducido a la Penitenciaria Juárez de Mérida. En la madrugada del 3 de enero de 1924, después de un apresurado “Consejo de Guerra”, es fusilado junto con otras personas.

Lic Hernán López Trujillo

El siguiente documento que se transcribe es presentado por el Licenciado Hernán Pérez Trujillo, quien estuvo presente en el Consejo de Guerra que se formó a Felipe Carrillo Puerto y compañeros, en su calidad de Juez Instructor Militar. Documento por el cual expuso a la opinión pública, las razones por las cuales se vio “obligado” a participar.

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“A fin de que el pueblo y la sociedad yucateca se den perfecta cuenta de lo ocurrido en el Consejo de Guerra que juzgó a Don Felipe Carrillo Puerto y demás compañeros[2], y puedan dar su fallo contra los verdaderos responsables de aquel acto, voy a relatar los hechos tales como efectivamente ocurrieron. Día 30 de diciembre de 1923. Hablando con el Licenciado Gustavo Arce que se encontraba en el Teatro Principal gustando una función de la Compañía Virginia Fábregas, le toqué el punto relativo a los presos que se encontraban en la Penitenciaría, y me respondió con toda amabilidad, que por instrucciones de Don Adolfo de la Huerta había llegado a Progreso el vapor Fritzoe con orden de que en dicho barco fueran conducidos a Veracruz el Señor Felipe Carrillo Puerto y demás presos políticos. También me dijo dicho licenciado que había estado en la prisión y habló con el Señor Carrillo Puerto a quien encontró muy alarmado por la suerte que le esperaba a él y sus compañeros, y que se alegró cuando por el mismo Licenciado supo que por orden del Señor De la Huerta serían conducidos a Veracruz. Después de esta conversación tuve la seguridad de que a mi amigo el Señor Carrillo Puerto y demás compañeros no les ocurriría nada.

Día 31 de diciembre de 1923. Estando en las oficinas del Juzgado Instructor Militar, como a las nueve de la mañana se presentó el entonces coronel Hermenegildo Rodríguez, que fungía como Jefe de la Guarnición de la Plaza, y dio la orden que no saliera nadie a la calle, porque de un momento a otro se nos iba a necesitar, y al mismo tiempo ordenó al Jefe de la Guardia de la Jefatura de Operaciones que no nos permitiera salir a la calle. En la noche, como a las ocho poco más o menos, pasaron por la oficina de la citada Jefatura, los Licenciados Manuel Evia Cervera y Fernando Cervera Monsreal con quienes pude hablar un momento. Me preguntaron que qué me pasaba y les respondí que había la orden de que no saliéramos a la calle, ignorando a que se debía aquella disposición; volvieron a interrogarme, sobre si yo no sabía si se iba a verificar algún Consejo de Guerra contra el Señor Carrillo Puerto y demás presos, les manifesté que no tenía ninguna noticia sobre el particular, y les dije que yo veía imposible que se verificara algún Consejo contra dichos señores, toda vez que el Licenciado Gustavo Arce, con quien había yo hablado la noche anterior, me había manifestado que serían conducidos a Veracruz; además que existiendo el fuero de guerra, solamente se podría juzgar a militares en esa forma y de ninguna manera a personas que no tenían ese carácter. Los citados Licenciados me manifestaron que yo les avisara cualquier cosa que ocurriera, pues querían hacer la defensa de algunos de los presos; les manifesté que yo ignoraba lo que pudiera ocurrir y que estuvieran pendientes, y que si llegaba yo a saber algo, los pondría al tanto inmediatamente, mucho más si se trataba de juzgar al señor Carrillo Puerto y compañeros con quienes me ligaban lazos de amistad. Pasó todo el día y hasta las doce de la noche se nos ordenó que nos retiráramos a nuestros domicilios y que a las seis de la mañana del día siguiente nos presentáramos otra vez, amenazándosenos con castigarnos si no lo hacíamos. Debo manifestar para no omitir detalles que fuimos tratados con tan poca consideración, que ni siquiera se nos permitió salir a tomar nuestros alimentos.

Día 1° de enero de 1924. Todo ese día pasó sin novedad, permitiéndosenos salir a tomar nuestros alimentos. Ese día estuvo en mi oficina el Teniente Coronel Juan Israel Aguirre, que había sido nombrado Presidente del Consejo de Guerra, y me dijo, al preguntarle si sabía de que se trataba, que probablemente se iba a formar un Consejo de Guerra para juzgar al Coronel Cástulo Arenas, que estaba detenido, por una cuestión de dinero y unos automóviles de que se había apoderado dicho Coronel. A esta noticia le di crédito, pues unos días antes de esto, oímos decir al Coronel (Juan) Ricárdez Broca que al citado Arenas le iba a aplicar severamente la Ley, pues no quería que ninguno de los miembros del ejército se viera envuelto en chanchullos.

Día 2 de enero de 1924. Entre nueve y diez de la mañana se presentó en el local que ocupaba la jefatura de Operaciones, el Coronel Ricárdez Broca, con unos papeles en la mano y dijo, levantando la voz y con tono alterado: “Ya que el pueblo Yucateco quiere que se derrame sangre, así se hará”. Luego dirigiéndose a uno de sus ayudantes, le dijo: “Capitán, vaya a la oficina de Telégrafos y dígale al Director que de orden mía, no permita que pase ningún mensaje para Don Adolfo de la Huerta. “Esta orden la oyeron todos los que estábamos presentes en aquel lugar. Enseguida agregó: “Que todo el personal de Justicia Militar fuera conducido a la Penitenciaría Juárez”. En unos automóviles se nos condujo a la citada prisión. Llegamos a ésta como a las diez y media de la mañana, custodiados por algunos Jefes Militares, no permitiéndosenos hablar con nadie. Ya en la prisión se dio la orden al Jefe de la Guardia de dicho establecimiento penal, de que no se nos permitiera salir ni comunicarnos con nadie del exterior. Esta orden la supe, cuando quise ponerme al habla por teléfono, con los Licenciados Evia Cervera y Cervera Monsreal y además para avisar a mi familia que estaba yo detenido en la Penitenciaría, cosa que no pude hacer por habérmelo impedido. Supimos después, que varios amigos nuestros intentaron comunicarse con nosotros pero no lo consiguieron. Ya en la prisión y sin saber nosotros (me refiero a los funcionarios de Justicia Militar), de qué se trataba, observamos que en uno de los departamentos de la Penitenciaría situado al sur de la redonda y en donde había algunos bancos de escuela, varios soldados formaban un estrado. Comenzamos a sospechar, y fue cuando nos pusimos de acuerdo el Asesor, el Ministerio Público, el Defensor y yo, a fin de que si se trataba de formar Consejo de Guerra contra el Señor Carrillo Puerto y demás compañeros, presentaríamos nuestras excusas: esto llegó a oídos del Jefe de la Guarnición, Coronel Rodríguez, quien por conducto de unos oficiales nos amenazó con que correríamos la misma suerte que los que iban a ser juzgados, si tal cosa habíamos. Con esta amenaza, nuestras sospechas tomaron cuerpo; no era posible salir de aquella situación y nos sentimos de acuerdo a fin de tener la intervención menor posible en el asunto. Como a la una poco más o menos se nos sirvió un almuerzo, habiendo comido quien tuvo ganas de ello. Debo hacer constar que los meseros que fueron del Gran Hotel para servir aquella comida, fueron detenidos en la prisión y no se les permitió salir sino hasta el día siguiente, probablemente para que no conversaran en la calle de lo que se trataba. El Coronel Rodríguez, que no salió de la prisión en todo el día, recibió como a las dos poco más o menos, unos documentos del Coronel Ricárdez Broca, y en vista de ellos dictó la orden de proceder directamente al Consejo. Esto era ilegal a todas luces, pues a mí como Juez Instructor debió haberse girado dicha orden; pero como mi actitud no inspiraba confianza, el proceso si puede llamarse así, lo instruyó el Presidente del Consejo. Si existe el proceso, pues quedó en poder de Rodríguez, se podrá comprobar este hecho. Instalado el Consejo, ocuparon el estrado, el Teniente Coronel Juan Israel Aguirre, como Presidente, teniendo a su derecha al Mayor Ignacio L. Zamorano y a su izquierda al Mayor Vicente Frontana, fungiendo estos dos últimos como Vocales. Pedí a Aguirre que me mostrara la orden de proceder, y cual no sería mi asombro, al enterarme de que se iba a juzgar al Señor Felipe Carrillo Puerto y trece personas más, entre ellas a sus hermanos Benjamín, Edesio y Wilfrido, todos buenos amigos míos. No puedo explicar lo que pasó por mi; fue tal la impresión que recibí que no pude articular palabra. Dirigí la vista a mis compañeros Licenciados (Héctor) López Vales, (Hermilo) Guzmán y (Domingo) Berny Diego, y en todos se veía el semblante descompuesto; debían estar sufriendo lo mismo que yo. Cuando el Teniente Coronel Aguirre mandó buscar a D. Felipe Carrillo Puerto para examinarlo, mi impresión subió de punto y sentía que las fuerzas me faltaban. Si me hubieran ordenado que hablara no lo hubiese podido hacer. Conducido a presencia del Consejo, el Señor Carrillo Puerto, fue interrogado por el citado Aguirre; antes de que éste formulara alguna pregunta, Don Felipe comenzó a protestar con toda entereza contra el Consejo que lo iba a juzgar pues dijo si había cometido algún delito, eran las Cámaras quienes debían juzgarlo y no un Consejo de Guerra que sólo era para juzgar a militares y él era civil. El Presidente Aguirre le dijo que no se trataba de eso y que respondiera a las preguntas que le iba a hacer. El Señor Carrillo Puerto sin inmutarse, negó todos los cargos que se le habían y cuando se dio lectura por el Secretario Frontana, a los telegramas que contestaron al citado Señor Carrillo Puerto los Presidentes Municipales del Estado en que se les ordenaba que fusilaran a todo aquel que no fuera amigo del Gobierno socialista. Los negó también. Después de examinar a éste, fueron conducidos a presencia del Consejo, uno por uno, los señores Manuel Berzunza, Benjamín, Edesio y Wilfrido Carrillo Puerto, quienes negaron todos los hechos que se les imputaban. Enseguida fue examinado (Rafael) Urquía y negó también. (Cecilio) Lázaro y (Daniel) Valerio fueron los únicos que declararon acerca de varios crímenes ordenados según ellos por el Inspector de Policía Wilfrido Carrillo Puerto. Los demás examinados también negaron los cargos que se les hacía. Terminado el examen de todos los procesados, se suspendió por un momento el Consejo, a fin de que sus miembros tomaran algún alimento. Terminada la cena, volvió a instalarse el Consejo. El Teniente Coronel Aguirre dispuso que se practicaran unos careos entre el Señor Wilfrido Carrillo y los señores Lázaro y Valerio y entre estos y Barrientos.

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En estos careos el Señor Carrillo sufrió un desvanecimiento por los cargos que le habían los citados Valerio y Lázaro pero a pesar de ello negó. La conducta observada por estos dos, en mi concepto fue indigna, toda vez que recibían favores y distinciones del que fue su Jefe. Al comenzar estos citados careos, se permitió la entrada al local del Consejo al reportero de la Revista de Yucatán, Señor Vázquez, permiso que otorgó Ricárdez Broca quien se presentaba de rato en rato a la Penitenciaría. El Señor Vázquez fue el único civil que se encontraba presente, pudo darse cuenta que de lo que ocurrió más adelante. En los momentos en que se verificaban los mencionados careos, Ricárdez Broca, notó que ni el Licenciado López Vales ni yo nos encontrábamos en nuestros puestos, y dirigiéndose a nosotros, nos reprendió y nos dijo que si queríamos ocultar la cara que lo dijéramos. Obedecimos, no había más remedio y calladamente sin pronunciar palabra nos dirigimos a lo que los señores militares llamaban “nuestro puesto”. El señor Vázquez es testigo de este hecho pues ya dije que estaba presente. Después de terminar los careos, ordenaron al Ministerio Público que pidiera la pena de muerte formulando al efecto sus conclusiones. Entretanto nosotros hacíamos ver a los señores militares que formaban el Consejo, que no había datos para formular acusación y mucho menos para condenar. El Mayor Zamorano me habló aparte y me dijo que no nos ocupáramos en hacer la defensa de los reos porque podíamos correr la misma suerte que ellos. Esta misma amenaza fue hecha al Asesor, al Defensor y al Ministerio Público. Fue cuando comprendimos que eran inútiles todos nuestros esfuerzos para salvar la vida de los presos. Intentamos comunicarnos con alguna persona de la calle para ponerla al tanto de lo que ocurría, pero se ejercía tal vigilancia sobre nosotros que nos fue imposible hacerlo. Todo aquel que penetraba en la prisión en aquellos momentos no se le permitía salir; en este caso estuvo el Señor Aristarco Acereto, quien fue a enterarse probablemente de lo que pasaba y le fue impedida la salida. Por todo esto se desprende que la idea que tenían los señores militares que gobernaba Yucatán en aquel entonces, era la de matar a los presos sin concedérseles a éstos ni la defensa, que es el derecho más grande consagrado en nuestra Carta Magna. EL Ministerio consiguió a duras penas que le aceptaran su excusa respecto al Licenciado Berzunza, después de una serie de amenazas y nombraron al Teniente Coronel Vicente Coyt en su lugar. Este señor cuando tuvo en su poder el expediente malamente formado, se dio cuenta de que contra nadie había cargos para pedir la pena de muerte y mucho menos contra el Licenciado Berzunza; nos consultó a nosotros y le contestamos que no se podía pedir aquella pena. No sabiendo que hacer, consultó con Ricárdez Broca y delante de nosotros contestó este señor que de todas maneras pidiera la pena de muerte. Fue tal el número e amenazas que pesaban sobre nosotros, que la Defensa que siempre es muy amplia y que tiene un campo vastísimo, fue amenazada y obligada a adherirse a la petición del Ministerio Público. Después de todo esto, se quedaron solos los señores Aguirre, Zamorano y Frontana y sentenciaron condenando a los señores Felipe Carrillo Puerto y compañeros, a la pena capital. Aquella sentencia cuyos términos hasta ahora no conozco, no les fue leída a los reos.

Entre Cuatro y cuatro y media de la mañana del día 3 de enero de 1924 fueron sacados los señores Carrillo Puerto y demás sentenciados de la Penitenciaría Juárez, amarrados de dos en dos e introducidos en dos camiones que al efecto se fueron a buscar. Cuando creí que todo había terminado y creyendo que ya me iría para mi casa, el Coronel Hermenegildo Rodríguez, quien era el que más empeño tomaba en todo lo ocurrido, me ordenó que tenía yo que ir a presenciar las ejecuciones. Todos los ruegos y súplicas que le hice a este señor no fueron lo bastante para convencerlo de que no me llevara a presenciar el fusilamiento; le hice ver que se trataba de amigos míos y que para mi iba a hacer aquello muy doloroso; todo fue inútil, pues tomándome del brazo me introdujo en uno de los automóviles de la Guarnición, lo mismo ocurrió con el Dr. Guzmán hijo, a quien se ordenó que tenía que certificar la muerte de los reos. Partieron los automóviles de la Penitenciaría, yendo delante los dos camiones donde iban los reos custodiados por fuerte escolta, se tomó rumbo sobre la calle 59 hasta el cruzamiento con la 70, doblando a la derecha tomaron rumbo al Cementerio.

Las puertas de hierro de éste se encontraban cerradas; algunos soldados intentaron forzarlas, pero fue inútil; un Chauffer saltó por encima de ellas y fue a avisar al velador; mientras este llegaba, permanecimos en aquel lugar como un cuarto de hora, un cuarto de hora que me pareció un siglo. Penetraron los camiones seguidos por los automóviles. Aquello era un entierro de vivos. La impresión que yo experimentaba no la puedo explicar; me parecía que todo aquello era una pesadilla. Llegamos al lugar en donde iban a ser ejecutados los reos. Serían como las cinco o cinco y cuarto. Fueron bajados de los camiones siete de ellos, entre los cuales estaba el Señor Carrillo Puerto. Yo me alejé un poco de aquel lugar. No quería presenciar este salvajismo. Desde el lugar en que me encontraba pude escuchar a Antonio Cortés y Pedro Ruiz que decían que eran inocentes. Una descarga apagó sus voces. Don Felipe no habló una sola palabra. Luego fueron ejecutados los demás, de dos en dos. Benjamín Carrillo se dirigió a la escolta suplicándole que no le tiraran en la cara, sino en el pecho. Wilfrido Carrillo y Francisco Tejeda, fueron los dos últimos; cuando estaban parados en el cuadro rodeados de los cadáveres de los demás Wilfrido pidió hablar conmigo. Fui llamado, pues como ya dije me encontraba retirado de aquel lugar; este momento fue para mi el más doloroso: al llegar al lugar en que se encontraban parados, Wilfrido me estrechó la mano con efusión; en su rostro demacrado por los sufrimientos noté que quería decirme algo reservado; pero quizá se dio cuenta de que nos rodeaban algunos Jefes y oficiales y me dijo solamente: “Te suplico que llegues a mi casa y te despidas en mi nombre de mi madre y de mis hermanos”. Nos estrechamos nuevamente las manos. Al salir yo del cuadro, una descarga puso fin a la vida de los dos últimos sentenciados.

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Después de aquella escena trágica fui conducido en automóvil a mi domicilio. Serían las seis de la mañana. Después de tres días de angustias y sufrimientos, y de presenciar escenas que en mi vida había presenciado, me fue imposible por el estado en que me encontraba, conciliar el sueño, estuve enfermo.

Al día siguiente cumplí con el recado que me dio Wilfrido, comunicándoselo a un sobrino suyo, para que a su vez se lo comunicara a sus demás familiares.

Pocos días después, y por pedimento de algunos Jefes Oficiales y del  18° Batallón y del Coronel Rodríguez, se me ordenó que entregara el Juzgado. Se me consideró como enemigo de la Revolución, por mi actitud observada en el famoso Consejo y además, según me dijeron los capitanes Murillo y Bielmas, que el descontento que existía contra mi era debido además de mi estrecha amistad con el General Alejandro Mange, que era fiel al Gobierno.

Esta es toda la verdad sobre el Consejo de Guerra que Ilegalmente se instaló para  juzgar al señor Carrillo Puerto y socios, a pesar de nuestros esfuerzos por evitarlo. Hago este relato porque no quiero que se me juzgue como cómplice de un acto en que mi intervención y la de mis compañeros se debió a las constantes amenazas y que no pudimos evadir en virtud de haber estado presos.

Algunos amigos y parientes, con la debida reserva, relaté estos hechos a raíz de los acontecimientos, y digo que con la debida reserva, pues en aquellos momentos era imposible publicar la verdad. Salí de Mérida a principios de marzo último, después de haber estado guardado algunos días. Mi situación en aquellos momentos era peligrosa para mi persona, porque por las calles se paseaban oficiales a quienes tenía procesados, y que podrían atentar contra mí.

Cuando los ánimos se serenen y la justicia se abra paso, mi nombre que desgraciadamente se halla mezclado en este asunto quedará, tengo completa fe en ello, limpio de toda mancha”.

New Orleáns a 2 de mayo de 1924. Hernán López Trujillo.

[1] El presente documento fue presentado como testimonio en el expediente judicial instruido en Yucatán, “contra los directores, cómplices y asesinos del Gobernador de aquel Estado, C. Felipe Carrillo Puerto, para que se proceda a tramitar la extradición de los principales responsables”. Fondo Reservado de Presidentes del Archivo General de la Nación, México. 26 de julio de 1924.

[2] Los compañeros de Felipe Carrillo Puerto fusilados la mañana del 3 de enero de 1924 fueron: sus hermanos Benjamín, Wilfrido y Edesio Carrillo Puerto, el Lic. Manuel Berzunza, Rafael Urquía, Marciano Barrientos, Daniel Valerio, Cecilio Lázaro, Francisco Tejeda, Julián Ramírez, Pedro Ruiz y Antonio Cortés.

One thought on “EL CONSEJO DE GUERRA A FELIPE CARRILLO PUERTO.

  1. Es triste que a Hermenegildo Rodríguez nunca se le haya juzgado y vivió plácidamente hasta su muerte en New orleans.

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