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La Voz de Motul

Editorial

Cuando la Caravana Artística Corona llegó a Motul.

Para don Enrique Vidal. 

Por Faulo M. Sánchez Novelo. 

Imágenes tomadas del libro La Caravana Corona, cuna del espectáculo en México / Colección Enrique Vidal/ Biblioteca Yucatanense/ Sedeculta

 

–¡Chiquitos, vengan a comer y luego a bañarse y a dormir, porque si no, no van a ir a gustar!

Era mi mamá Lovelia que desde la puerta de la cocina nos llamaba a mi hermanito Carlos y a mí, que perdíamos el tiempo en el patio de la casa que nos rentaba don Pancho Dzul, en la calle 24 por 27, a una cuadra del centro de Motul, contraesquina de la panadería de don Canuto Tzec.

Esa casa, que era enorme, o que al menos así nos parecía, estaba dividida en cuatro secciones, y en cada una de ellas habitaba una familia: en la primera, don Pancho; en la segunda, los Bates Domínguez; en la tercera, “El Diablo”, su esposa doña Bertha y sus hijos Guty, Julio y Wilma, y en la cuarta, los Sánchez Novelo.

El Sr. Bates, que tenía dos hijos, Carlos y Yolanda, trabajaba para la CFE; “El Diablo” era un señor muy buena gente que hacía deliciosos sorbetes, de esos que ahora llamamos artesanales, pero que a mediados de los años 60 eran los únicos que conocíamos y consumíamos los motuleños y creo que todos los yucatecos. Mi papá Faulo laboraba como secretario en la tesorería municipal.

IRMA SERRANO

El acontecimiento que mantenía a los motuleños en un estado de frenesí era el arribo de la Caravana Artística Corona, que se presentaría por la noche en el Cinema Encanto, ubicado en el costado norte de la plaza de la ciudad que vio nacer a Felipe Carrillo Puerto.

Previamente, se habían fijado en postes y paredes los tradicionales carteles de color rojo y azul de la Corona, en tanto que “Cocula”, un simpático personaje del pueblo que utilizaba anchos pantalones y enormes botas, se encargaba afanosamente de hacer circular los anuncios de mano en mano.

Después de comer, bañarnos y recibir una buena dosis de talco boratado Las dos caras por todo el cuerpo, mi hermanito y yo nos fuimos cada quien a su hamaca para tratar de dormir la siesta, a fin resistir la desvelada.

Realmente no recuerdo si logré pegar los ojos, pues era la primera vez que vería en vivo a aquellos personajes que sólo mirábamos por el cine o cuyas voces escuchábamos por la radio, ya que la televisión aún no había llegado a la Perla de la Costa.

A eso de las 7 de la noche, toda la familia Sánchez Novelo, que por aquel entonces sólo estaba conformada por 4 integrantes, nos encaminamos a la plaza.

SONORA MATANCERA

Aquello era un hervidero de gente que se apachurraba para tratar de comprar su boleto en la taquilla que atendía don Mario Baeza y en ocasiones don Mauro Mendoza, papá de Mayón y Roch. Creo que esa noche nadie prestó atención a los cuadros que se acostumbran colocar en el vestíbulo del cine para anunciar las películas que se proyectarían.

Mientras hacíamos cola, mi papá saludó a varios de sus amigos: Adolfo “Hitler” Gómez, Alberto Marrufo, Javier Barroso, Rodolfo “Fito” Mendiburu. Mi mamá, para no quedarse atrás, también hizo lo mismo con sus amigas: Pilar Can, Melba Alonzo, Beatriz Barroso, Yolanda Mendoza, Lila Gómez, Lilo Arroyo, Yolanda Domínguez, etc. Ya se sabe que las mujeres son más amigueras que los hombres.

El Cine Encanto poseía un techo de láminas de zinc, un cielo raso color azul tachonado de estrellitas plateadas, butacas de madera y dos enormes ventiladores al frente que eran insuficientes para mitigar el calor.

La única diferencia que registraba aquel recinto esa noche era que en el espacio existente entre las butacas de la primera fila y la enorme pantalla, casi siempre cubierta por una cortina de terciopelo rojo, se había colocado un templete. Ese era todo el escenario. Y en verdad no se necesitaba más, pues el chiste era escuchar y ver a los artistas.

Cuando se apagaron las luces del cine y se encendieron los reflectores del escenario, la multitud pegó un alarido, comenzó a aplaudir y chiflar, y sólo se volvió mansa cuando el conductor de la Caravana Artística Corona saludó con voz engolada al culto público motuleño y le aseguró que viviría una experiencia inolvidable.

CELIA CRUZ

En seguida dio paso a números de canto y baile a cargo de artistas poco conocidos, pues la estrategia evidente era ir de menos a más hasta alcanzar el éxtasis con los ídolos del momento.

Recuerdo los ingeniosos diálogos del famoso ventrílocuo Paco Miller y sus muñecos don Roque, que siempre llevaba el seño fruncido, y doña Marraqueta, una intimidante calavera.

VIRUTA Y CAPULINA

También el humorismo blanco de Viruta y Capulina, que provocaban risas cuando escenificaban diálogos como el que sigue:

Capulina: Por cierto, te manda muchos saludos don Atenógesis.

Viruta: ¿Quién?

Capulina: Don Atenógesis, el viejito de la refresquería.

Viruta: Está mal

Capulina: ¿Don Atenógesis? ¡Si lo acaba de ver y no me pareció que estuviera enfermo!

Viruta: No él, tú.

Capulina: ¿Yo? Si me siente requete bien.

Viruta: Bueno, no tú, sino el nombre.

Capulina: ¿Qué nombre?

Viruta: El de don Atenógesis.

Capulina: ¿Qué tiene su nombre?

Viruta: Está mal.

Capulina: ¿Por qué está mal?

Viruta: Porque no se llama Atenógesis, sino A-te-nó-ge-nes. (Expresa enfatizando cada una de las sílabas del sustantivo).

Capulina: ¿Pues yo qué dije?

Viruta: Atenógesis.

Capulina: ¿Y tú qué dijiste?

Viruta: Atenógenes.

Capulina: ¿Y yo qué dije?

Viruta: Atenógesis.

Capulina: ¿Y tú qué dijiste?

Viruta: Atenógenes.

Capulina: ¿Y yo qué dije?

Viruta: Atenógesis.

Capulina: ¿Y tú qué dijiste?

Viruta: Atenógenes.

Capulina: ¿Y yo qué dije?

Viruta: ¡Ya, Capulina…! (Se le acerca con intenciones de estrangularlo)

Capulina: No aguantas nada, no aguantas nada (Dice cantadito mientras balancea su cuerpo de anona)

Posteriormente, Gaspar Henaine Pérez, que así se llamaba Capulina en la vida real, regresó muchas veces a Motul en plan de paseo, pues creo que tenía amistad con los Siqueff, ya que ambos eran “turcos”, como los motuleños acostumbrábamos llamar a los siriolibaneses del pueblo, con lo que dejábamos patente nuestra lozana ignorancia en materia de geografía humana.

Bueno, pero volviendo a la Caravana, también apantallaron a la concurrencia las estupendas bailarinas que trajo consigo la Sonora Matancera, así como los cantantes Bienvenido Granda y Celio González, que se llevaron las palmas del respetable, aunque no tantas como las que cosechó la morena Celia Cruz cuando entonó con su potente voz:

¡Se oye el rumooooor de un pregonar,

que dice asiiiiiiií,

el yerberito llegó, lleeeeego!

Traigo hierba santa pa’ la garganta
traigo keisimón pa’ la hinchazón
traigo abrecaminos pa’ tu destino
traigo la ruda pa’ el que estornuda
también traigo albahaca pa’ la gente flaca
el apasote para los brotes
el vetiver para el que no ve
y con esa hierba se casa usted
¡Yerberoooooooooo!
Pero yo traigo hierba santa pa’ la garganta
y con esa hierba se casa usted
Ay, pero yo traigo la ruda pa’l que estornuda
y con esa hierba se casa usted
Pero yo traigo el apasote para los brotes
y con esa hierba se casa usted
Oye yo traigo keisimón pa’la hinchazón
y con esta hierba se casa usted
Eh que mi yerbero moderno, yerbero moderno
y con esa hierba se casa usted.
Y no se diga cuando cantó aquella pieza movidísima en la que parecían enloquecer los timbales, tumbadoras, cencerros, tarolas y en general todos los instrumentos del grupo:

Zongo le dio a Borondongo,

Borondongo le dio a Bernabé,

Bernabé le pegó a Muchilanga

le echó a Burundanga le hincha los pies…

Fue tal el impacto de aquella música entre los motuleños, que pronto los profesores Matito Villanueva y don Tomás Can empezaron a montar esos números con sus respectivas orquestas. Y no sólo ellos: hasta don Esteban con su violín, don Lino con su guitarra y Polomoño con su marimbol, intentaban guagancós y sones montunos.

Subieron luego al templete varios tríos, malabaristas, declamadores, etc., pero lo que sea de cada quien, lo que más me impresionó fueron las bien torneadas piernas de Irma Serrano, La Tigresa, que, afortunadamente salió a cantar rancheras, no vestida de adelita, sino con una falda súper corta y sumamente ajustada, bajo la cual se delineaba perfectamente su anatomía, y una especie de media blusa que anudaba despreocupadamente sobre sus dos saludables senos y que dejaba al descubierto su vientre plano y blanco, en el que creí descubrir, o me lo imaginé, un inquietante caminito de finos vellos que se adentraba presuroso hacia el monte más escalado del planeta, que no es precisamente el Himalaya.

En los primeros años de la década del 60, la Serrano no tenía necesidad de estirarse nada o de ponerse algo. Estaba perfecta.

Juro, por el mártir del proletariado nacional, que en ese entonces no conocía ni había oído hablar de Onán, pero durante varios días me imaginé que hacía muchas cosas malas con La Tigresa, que en el fondo me sabían muy buenas, como resultado del zarpazo indeleble que dejaron en mi mente sus felinos ojos verdes y el rugir de su cuerpo de diosa griega, casi de una Venus de Milo, aunque ahora que lo pienso bien no era tan alta, sino más bien algo chaparra.

Al final, como siempre sucedía, tuve que confesar mis pecados con el padre Fernando, previo pescozón de por medio, para tener tranquila mi conciencia y poder concentrarme en mis tareas de la primaria.

One thought on “Cuando la Caravana Artística Corona llegó a Motul.

  1. Gracias a Faulo Sánchez Novelo por brindarnos el privilegio de viajar al pasado y volver a vivir esos momentos de vida familiar, de recordar a varios y diversos personajes de la época, de esa bellísima época que nos tocó vivir y disfrutar, cada quien en su entorno y a su manera, pero todos en el mismo escenario y con la misma gente. Cómo no recordar esas “caravanas de la cervecería Corona”. No se si eran una cada año o varias durante el año, pero yo conocí a muchos de esos artistas que solo veíamos en las películas en el Cinema Encanto los domingos de matiné o los martes por la noche de cine nacional. Estuvieron en Motul además de los que menciona Faulo, Javier Solís, Fernando Casanova “El Águila Negra”, las hermanas Hernández, La Prieta Linda, etc., recuerdo que Paco Miller además de ventrílocuo era un muy buen mago, los Rebeldes del Rock y para qué le seguimos.
    Nuevamente muchas gracias Faulo por esta magnífica narrativa. Faulo es además de un buen profesional un magnífico escritor y mejor amigo.
    Mauro Chale

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