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La Voz de Motul

Editorial

Dios y los desastres naturales

¡Devastador, repentino, horroroso!

Son muchísimas las palabras que podríamos utilizar para describir lo que sucede cuando un fenómeno natural ataca poblaciones.

Muchas personas creen que todo lo que sucede en la naturaleza es causado o provocado directamente de la voluntad de Dios. Algunos piensan que porque ocurran catástrofes naturales significa que Dios no existe. Sin embargo, la verdad no se encuentra en ninguna de estas dos ideas.

Las catástrofes naturales son el “mal” que ocurre en la naturaleza y de forma natural, tal como: terremotos, huracanes, tornados, tsunamis, etcétera. A éstos se le conoce como “mal natural” o “mal amoral” porque no hay ninguna intención malévola detrás de los hechos ocurridos (a diferencia de “males morales” como asesinar, violar o robar), sino que sencillamente suceden.

Ahora bien, en el principio, Dios le dio al hombre autoridad de la tierra (Gén 1:26-30). No obstante, el hombre utilizó esa autoridad para pecar y dejó que el pecado entrase al mundo. Cuando esto ocurrió, el mundo cayó bajo la autoridad del pecado. San Pablo lo explica en (Rm 8:18-23).

Básicamente, Pablo habla de que la creación ha sido sometida a vanidad por la voluntad del que la sometió: el hombre. Dios nos dio autoridad sobre la creación y Adán pecó. Luego, caos y frustración. ¿Qué pasó?, el hombre se volvió a la maldad. Tan malvado y tan profundo en su pecado estaba el hombre que Dios vio que “la maldad del ser humano en la tierra era muy grande, y que todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal, se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra, y le dolió en el corazón.” (Gén 6:5-7)

¿Y el Diluvio?. Tal vez este punto las personas le atribuyen lo que sucede en la naturaleza a Dios: porque Dios envió el Diluvio. También Jesús podía controlar la naturaleza (Mc 4:41), por dar unos ejemplos.

Cabe señalar que fue el pecado del hombre lo que provocó el Diluvio. Además no fue Jesús, ni Dios, quien creó la tormenta que Jesús calmó. El hecho de que la naturaleza obedezca a Dios no significa que Dios está constantemente dirigiéndola y provocándola.

¿Es justo culpar a Dios, quien hizo el hogar del hombre libre de estas cosas (Gén 1:31)?. Con toda honestidad, la respuesta es NO. El pecado nos robó del paraíso en el Edén y el pecado es el responsable por el gran Diluvio (Gén 3:2; 6:7).

En pocas palabras: antes del Diluvio, la Tierra disfrutaba de un clima templado sin muchas lluvias. Al venir el Diluvio y tanta agua, los patrones del clima cambiaron a lo que conocemos hoy. Así que el pecado provocó todo esto, por lo que Dios no es el responsable, es el hombre.

Hoy día, somos nosotros que provocamos estas cosas. Somos expertos en la contaminación ambiental, aportamos al Calentamiento Global. Cuando dañamos o alteramos las cosas que tienen que ver con el clima del mundo (como la temperatura), ocurren más fuertes huracanes, más devastadores terremotos y más pérdida de vidas humanas.

“Dios creó un mundo gobernado por leyes naturales establecidas desde la Creación. Toda la naturaleza es regulada por estas leyes, no sólo las partes que nos convengan”. No nos podemos olvidar por un momento que estas leyes naturales no son selectivas o tienen la capacidad de ser violadas. Las mismas leyes que nos permiten cocinar nuestros alimentos también pueden quemar nuestras casas.

Por lo tanto, el hecho de que suceden catástrofes naturales no significa que Dios no existe o que Dios los provoque u ordene, sino que son por la ignorancia del ser humano en querer dominar toda la naturaleza a su antojo y conveniencia ignorando que la naturaleza es un ser vivo que de igual manera que el hombre se enferma y resiente todo cambio inmediato o a la larga.

Los fenómenos naturales son gobernados por las Leyes naturales establecidas en la Creación. Los huracanes, terremotos, tsunamis, etcétera son producto de estas leyes influidas por nuestro pecado de omisión.

Texto: Jesús Hernán Puerto Simá

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