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La Voz de Motul

Editorial

YUCATÁN, APUNTES DE UN VIAJE.

Yucatán, apuntes de viaje. José Juan Cervera.

Las cosas de Yucatán han sido descritas por muchos viajeros en distintos momentos de su historia, y hoy se dispone de valiosos compendios y antologías que reúnen sus testimonios y registros, esto sin dejar de considerar las fuentes originales para el conocimiento de esta vigorosa cultura. Visitantes extranjeros, tanto como connacionales nuestros, han dejado en letra de molde sus impresiones y hallazgos en torno a una tierra que a muchos ha inspirado desconcierto.

María Luisa Ocampo, narradora y dramaturga nacida en Chilpancingo, Guerrero, en una fecha que unos biógrafos sitúan a fines del siglo XIX y otros a principios del XX, realizó una breve estancia en Yucatán durante los últimos días de febrero y los primeros de marzo de 1939. Da cuenta de ello en su libro Diez días en Yucatán, tratándose de un viaje que significó para ella su primer vuelo en avión. Presenta la obra en forma epistolar, como si la autora se dirigiera a una amiga suya a la que no llega a referir por su nombre.

Entre todo lo que su texto contiene, figura una serie de cuadros de costumbres que representan escenas hoy sólo evocadas por aquellos yucatecos que han visto crecer a sus nietos y acaso a sus bisnietos. Como ejemplos pueden citarse los hatos de cabras que recorrían las calles de la ciudad para que los vecinos pudieran adquirir leche fresca; de igual modo llamaron su atención los panaderos que resguardaban su producto en recipientes de hojalata a los que llamaban globos. Son varias también las leyendas que la escritora escuchó relatar a sus anfitriones, las cuales juzgó oportuno incorporar a su libro.

Se horrorizó al escuchar del antiguo ritual maya del Bo-kebán, que consiste en lavar un cadáver y preparar una bebida con el agua resultante, con la creencia de aligerar así los pecados del muerto. La descripción de esta práctica le produjo tanta incredulidad que trató de hallar más información al respecto en fuentes impresas, por lo que consultó a Landa y a Brinton, sin conseguirlo. No tuvo a su alcance los ensayos costumbristas de Felipe Pérez Alcalá, que mucho le hubieran ayudado a disipar sus dudas. En este punto cabe señalar que la escritora guerrerense, al igual que otros viajeros, no se conformó con las versiones que le proporcionaron sus informantes orales, sino que recurrió a la autoridad de los cronistas.

Como suele suceder en casos semejantes, un intelectual llegado a tierra yucateca encontrará en ella a algún colega que haga de su conocimiento sucesos insospechados durante una convivencia cordial. María Luisa Ocampo tuvo como informante de primer orden a Humberto Lara y Lara, en ese tiempo director del Diario del Sureste, a quien alude con las siguientes palabras: “Es poeta, romántico, político y trovador”. El distinguido periodista le habló de la vida de los chicleros, personajes típicos de la región de los Chenes, Campeche, en donde había nacido. Así supo del drama de una ardua labor que culminaba cada temporada con el despilfarro de los emolumentos penosamente obtenidos en la agobiante selva.

La viajera reflexionó sobre las dificultades que trajo consigo la implantación del nuevo sistema agrario que llegó a conocerse como El Gran Ejido, iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas para repartir las plantaciones de henequén, anteriormente en manos de los hacendados, entre los productores mayas. El orden colectivo así creado suscitó conflictos con los antiguos propietarios, hechos que la historia registra con detalle. Constituyó un intento de reivindicar agravios seculares que llevaron a aseverar a Juan Villoro, en Palmeras de la brisa rápida. Un viaje a Yucatán, otro libro de viajes escrito varias décadas después: “Al ver las mansiones del Paseo Montejo me había dado gusto el fracaso henequenero. En las haciendas, la actividad febril del pasado resulta tan detestable como el presente inmóvil”.

Ocampo realizó también las indispensables visitas a Chichén Itzá y Uxmal; también se dirigió a Umán para presenciar una vaquería, pero al llegar fue grande su decepción al escuchar un fox-trot en vez de una jarana, regresando al día siguiente para apreciar el género musical típico de la región. De vuelta en Mérida, le pareció significativa la placidez con que transcurría la vida en la ciudad: “sólo a la hora del cine los pórticos rebosan gente”. De acuerdo con lo que observa, es en esas salas en donde las diferencias sociales borran por un momento sus límites. “Salen del cine y vuelven a sus casas. Persiste la división entre las diversas clases de la sociedad”.

Sirvan estas líneas para dar noticia de una obra breve, ágil y amena, no exenta de sentido crítico, que a lo largo de sus pasajes contribuye a registrar los cambios de una sociedad que no debe abandonar el compromiso de mirarse también en retrospectiva.

 

María Luisa Ocampo, Diez días en Yucatán. México, Ediciones Botas, 1941, 90 pp.

 

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