La Voz de Motul

Editorial

YUGO Y AMARGURA EN LA ENTRAÑA POPULAR.

JOSÉ JUAN CERVERA.

La historia y la literatura son campos de la experiencia humana que despiertan entusiasmo en muchos lectores, quienes encuentran en ellos valores de fondo, dignos de acompañar sus inquietudes de vida. Una y otra se funden algunas veces para producir creaciones nuevas; en otras ocasiones, fluyen de manera paralela, se lanzan guiños, promesas y halagos: pero en esos casos, aunque por momentos sugieran la impresión de haberse mezclado, cada una permanece ensimismada en su propio cauce, sin cambiar confidencias, acaso unas cuantas frases superficiales que, a pesar de todo, revelan ciertas claves a las miradas serenas.

Naufragio de indios, novela de Ermilo Abreu Gómez escrita en primera persona y publicada en 1951, aparenta un contenido histórico, como si fuera una más de aquellas que se han hecho memorables y que el romanticismo decimonónico consagró como fuente de lectura generalizada. Sin embargo, con un poco de atención, queda claro que en ella su autor sólo extrajo fragmentos de la historia regional para yuxtaponerlos en una narración que toma cuerpo y adquiere coherencia merced al trasfondo social que repercute en una trama bien urdida.

El Imperio de Maximiliano y la inminente visita de Carlota a tierras yucatecas dan la pauta para que el novelista exhiba con sarcasmo las costumbres decadentes de una clase social que aspira a beneficios inmediatos y a ingresar en el sitio privilegiado que la aristocracia ostentó durante siglos en la historia occidental, en un orden endeble que los republicanos pugnan por revertir.

Sin dejar de ser ficticios, varios personajes reciben el nombre de figuras que la memoria histórica de la región consigna en su haber, de quienes toma rasgos sobresalientes para elaborar nuevas facetas que ponen notas de regocijo o de especial interés en el relato. Si bien algunos de ellos coexistieron en la realidad durante algún tramo de sus vidas, así fuera con edades dispares, Abreu Gómez los incorpora a su novela por su gran poder evocativo, con el que contribuyen a la animación de una atmósfera estimulante y vívida, que sirve de marco a escenas grotescas, escabrosas e incluso tiernas y conmovedoras, de acuerdo con su turno de aparición.

Con esa lógica de reelaboración novelada, no extraña así que el músico Don Cirilo haga causa común con Gustavo Río y Gabriel Gaona (Picheta) para contribuir a la resistencia liberal contra el Imperio, que un sirviente de hacienda tome el nombre de Jacinto Pat o que un personaje de quien sólo se menciona su apellido haga pensar en Santiago Imán; o bien se encuentren otros de también escasa intervención que figuran por igual en las memorias de Abreu Gómez, como Fernando Pérez (llamado el artista) y el tipógrafo Ignacio Mena, a quienes, con su mención, sin duda rinde homenaje por haber dejado una cálida huella en el colorido mosaico de su infancia.

Los conservadores y los convenencieros que hicieron alianza con ellos son objeto de la sátira que en este libro despliega el autor de Canek, exhibiendo a hombres y mujeres obsesionados en confeccionarse genealogías a modo, absorbidos en la pretensión de disfrazar penosamente su vulgaridad, su servilismo y su maledicencia, comparables con su desdén y su encono hacia los descendientes del pueblo maya, a su juicio piezas reemplazables en sus labores de servicio y producción material, por no tratarse de “seres de razón”.

Naufragio de indios es también un muestrario de los vocablos y giros populares que evidencian el aprecio del autor por la fuerza expresiva del habla cotidiana, incluso en sus variantes soeces. Del mismo modo permite traslucir su amorosa inserción de las costumbres y tradiciones que habrá de recoger posteriormente en Cosas de mi pueblo. Estampas de Yucatán (1956), como el pregón atribuido al ave que se designa familiarmente como Chepita Chacún, portador de la gracia del alma colectiva.

En una carta remitida a Alfonso Reyes, el escritor yucateco deja ver su indignación ante los juicios exaltados que recibió su novela, cuando José Mancisidor la calificó carente de emoción, entre otros señalamientos. Por tal motivo defendió sus valores éticos y los recursos literarios que aplicó en ella. En su respuesta, el ilustre regiomontano le dio la razón, refrendándole su amistad, que el propio Abreu Gómez hizo notar en sus obras, como en algún pasaje de la novela comentada. Estos conceptos pueden observarse con detalle en la Correspondencia (1922-1958) de ambos escritores, en edición que Zulai Marcela Fuentes y Alfredo Tapia Sosa prepararon y anotaron, la cual se publicó en 2013.

Con singular humor, ribeteado de mordacidad, Ermilo Abreu Gómez ratifica en esta obra sus dotes de narrador y su agudo conocimiento de la realidad social, recreada con esa “suave firmeza” que, según palabras de su amigo Alfonso Reyes, imprimió a su prosa.

 

Ermilo Abreu Gómez, Naufragio de indios. México, Ediciones Botas, 1951, 230 pp.

 

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