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La Voz de Motul

Editorial

PEREGRINA(2).

La historia de amor de Felipe Carrillo Puerto y Alma Reed

2
El camino a Kanasín

Antonio, el ayudante particular de Felipe, iba al volante. Yo estaba sentada junto al gobernador de Yucatán en el enorme auto oficial de color rojo. Con buen ánimo los dos admitimos abiertamente que nos habíamos encontrado más simpáticos de lo que esperábamos, luego de la “publicidad por adelantado” que habíamos recibido el uno del otro. Yo le aseguré al guapo y al dinámico don Felipe en un español entiesado por el uso frecuente de adjetivos y por la carencia de verbos que el proyecto de entrevistar a un “dragón rojo con los ojos de jade” me causaba momentos de ansiedad, y que era un alivio darme cuenta que no iba a tener que enfrentarme a esa dura prueba. Por su parte, él estaba encantado de descubrir que la periodista Alma Reed no era la versión femenina de esos amenazantes periodistas que se encontró durante la Revolución. Algunos me confesó, resultaban unos verdaderos monstruos del norte.

Él se emocionó con el elogio incidental que yo hice al afirmar que Mérida poseía el encanto del viejo mundo y que, con sobrada razón, la hermosa capital de su estado soberano se conocía como la ciudad blanca. Sus deslumbrantes ojos que según el tipo de luz se veían unas veces grises y otras, color jade- destellaron una respuesta inmediata a mi regocijo efervescente ante el magnífico espectáculo de la puesta de sol, que colmaba las vastas extensiones henequeneras en el horizonte de un color dorado teñido de rosa. Y el suave resplandor que se formaba con el juego de sombras luminosas en su amplia frente, su recio mentón y la pródiga figura de su boca, enfatizaban las expresiones más noble que yo hubiera visto en un rostro humano. Multitudes de palmeras enanas y de altivas ceibas, así como casas de adobe rosa y azul con techos de paja, mitad ocultos tras la roja abundancia de los flamboyanes, y pequeñas cercas de piedra salpicadas con el majestuoso morado de la buganvilia bordean por siempre el camino blanco a Kanasín, que desde aquel entonces, al igual que ahora, es mi símbolo personal para representar al espíritu de búsqueda dirigido hacia lo que, casi de manera imperceptible, se divisa como su feliz realización.

Estuve tratando de recordar en qué momento de mi vida había experimentado un reconocimiento inmediato de semejante valor espiritual en cualquier otro individuo. No pude pensar en ninguno, ni siquiera en una sola ocasión en que la mera proximidad me hubiera dejado con una sensación más profunda de destinos afines.

De pronto, el hombre junto a mí dijo: “Desde el momento en que entraste a la Liga estaba desesperado por hablar contigo…!me siento solo… solo…solo!”

Sus palabras cándidas cortaron de tajo las risas y los chilchés, esas ocurrencias tímidas que surgen en el primer encuentro, cuando intuimos que es significativo, y que encubren la emoción con el clásico parloteo convencional. La franqueza en la intención de su voz me infundió el deseo de darle una respuesta sincera y en el mismo sentido.

Pero en vez de hacerlo, busque un modo discreto para que nuestra amena cordialidad reparara en el hecho de que los hombres solitarios en mi país parecían mucho menos alegres que los de la tierra de los enigmáticos mayas.

“Estoy demasiado ocupado, es cierto, para escribir versos melancólicos…pero me siento sólo… y, ¡Estoy solo! Incluso mis hermanos, a quienes estoy consagrado y ellos a mí, son solamente soldados de mi causa”.

Cuando nos vimos por primera vez, al mediodía, me asombró el hecho de que pareciera tan joven. El júbilo natural en su semblante abierto, su espontaneidad y su franqueza acentuaban la impresión que él generaba de ser años menor de lo que era en realidad; tenía eso lo supe por el artículo de Hart cuarenta y seis años. Sin embargo, durante nuestra apacible visita a la Liga, mientras él les daba la bienvenida a los miembros de nuestro grupo, sus invitados, estuve observando atentamente cómo se desenvolvía entre los mayas y entre los representantes de renombradas instituciones estadounidenses. Y antes de que saliéramos de la Liga tuve otra impresión de él.

Pronto advertí que su cualidad psíquica dominante y el impulso que motivaba su acción era un gentil sentido de paternalismo. Pude sentir el poder que poseía para moldear el ambiente; cómo, sin decir palabra y sin esfuerzo, llenaba la atmósfera con una fuerza personal apacible y al mismo tiempo incisa. Lo examine en momentos de reflexión, cuando con solemnidad se ponía sus lentes para leer algún comunicado y su cara, conforme leía, iba adquiriendo un gesto judicativo.

Observé su porte sereno, su dignidad cordial al hablar con los científicos, y su paciencia y nobleza al tratar con los humildes que acudían a él en busca de favores. Sobre todo, me di cuenta de cuál era su sentido de misión, la aceptación de su derecho congénito al liderazgo. Había momentos en que parecía un patriarca, y mi imaginación le dotaba de una barba larga y ataviaba su imponente estatura de más de 1.80 metros con una toga clásica.

En ese momento conforme recorríamos su nueva carretera, yo iba tratando de conciliar sus diferentes aspectos; pero no había nada que conciliar, no estaban en conflicto. Cual si fueran los diversos temas de una orquestación sinfónica,
que se conjugaban en la armonía final de una coda emotiva, sus cualidades se fusionaban e integraban en una personalidad única. Este descubrimiento tuvo para mí las implicaciones dramáticas de un acontecimiento fenomenal.

Un dejo de irrealidad destellaba ante la noción misma de que ahí, en este lejano extremo del mundo, en las márgenes de las selvas caribeñas, yo estuviera charlando con un hombre encantador, vestido en un traje de negocios hecho a la actitud moderna y altamente evolucionada que, al mismo tiempo, personificaba el concepto órfico inmemorial de unidad en la cual el atleta, el sacerdote y el profeta son uno mismo.

A pesar de toda la confusa emoción que me causó su visita inesperada a la residencia Cantón, mi instinto de periodista no me falló. De hecho, hice esperar a mi impetuosa visita en el patio durante el tiempo que me tomo localizar la lista de preguntas que había preparado a bordo del barco. Decidí llevarla al paseo con la esperanza de que durante el recorrido hubiera una oportunidad para entrevistarlo. Yo había formulado las preguntas con base a la entrevista de Hart y en otros artículos publicados, alguno de los cuales eran bastante desfavorables. Le mostré la lista y asegure que ese era un papel invaluable para mí. “Me va a permitir revisar” le explique, “que tanto has cumplido las promesas que hiciste hace un año”.

El asunto le pareció de lo mas entretenido, y me aseguro que por mayor que fuera su tentación, no me despojaría de semejante tesoro.

Aun así, me suplico que tuviera el cuidado de mantener la lista oculta hasta el viernes. Ese día, a la hora dispuesta para la entrevista formal, con enorme placer, se pondría a mi entera disposición para contestar a ese “inquietante interrogatorio”.

Lo que era mas, me entregaría documentos con datos y cifras…tantos… que al final yo terminaría por “suplicar que me tuviera piedad…”; “pero hoy”, me dijo, “me haría muy feliz que sin ninguna preocupación” visitáramos el pueblo socialista prototipo al final del nuevo camino.

La puesta del sol seria extraordinaria… y el viaje terminaría, cuando mas unas dos horas… y si yo quería, de camino me contaría un poco sobre sus propósitos y me daría una idea de que era lo que ya se había realizado; pero, con mi permiso, lo haría a “su manera”.

Su voz era rica en resonancias conmovedoras y en reflexiones tiernas y prolongadas. Mucho después de que el sonido se hubiera ya desvanecido, sus referencias permanecían en mí como la medida rítmica de un poema, ayudándome así a recordar sus palabras.

“Quizás descubras, y espero que así lo hagas”, me dijo, “que los mayas actuales y su progreso son tan dignos de tu estudio como sus antiguos monumentos. Por desgracia, no podemos llevar acabo todos nuestros planes a la vez.

Tenemos que trabajar duro y sin cesar durante una generación más. Pero estamos logrando y proceso sostenido hacia delante. Hemos avanzado mucho en un año. En la liga te enteraste de nuestro lema es “tierra y libertad”. Estas palabras no solo están escritas en nuestros banderines, lo hemos llevado en nuestros corazones durante muchos años, a lo largo de luchas amargas y de innumerables sacrificios; han guiado el propósito mismo de nuestras vidas, son nuestros mas firme objetivo, y ¡no tendremos descanso –ni paz- sino hasta conseguirlo!”

De ordinario, lo que hubiera sucedido es que las advertencias del señor Molina y de sus amigos hacendados respecto a los “ardides” del gobernador, sumadas a mi propia desconfianza en las panaceas forjada con el entrenamiento periodístico, hubiera sido influencia suficiente como para que yo me abstuviera de hacer una valoración sobre el programa socialista antes de llevar acabo una investigación personal.

Pero yo ya había comprendido la calidad del hombre que lo había concebido y que lo estaba ejecutando. De modo intuitivo yo sabia que el era totalmente sincero. Esa certeza mía y su enorme generosidad humana crearon un puente entre nosotros durante nuestro breve encuentro y, sin dudar o titubear, mi afiliación cruzo ese puente hasta llegar de su lado. En una percepción repentina supe, también, que ahí permanecería por siempre.

Cualquier posible vocalización con respecto a su integridad, implantada por las insinuaciones de reaccionarios de sus oponentes políticos, había desaparecido de mi mente desde nuestro primer encuentro. Ya desde entonces yo tenía plena conciencia de estar en presencia de un gran hombre: uno que era grande. Y de modo inexplicable, aunque decisivo, sentí un profundo parentesco con el. Incluso su cara me parecía familiar; como si en ella se resumieran de forma confusa y desconcertante, las expresiones faciales de mis seres queridos en san francisco.

De ninguna manera daba la impresión del “forastero” a quien nos referimos con el uso regional que le damos a esa palabra, de hecho, Felipe me parecía mas cercano a mi natal California que a su propio Yucatán, en el sentido real o caprichoso en el que la gente usa el termino “local”. No me era fácil identificarlo con esas llanuras austeras y calizas, abochornado bajo el implacable sol. Mas bien, me lo imaginaba en nuestras altas sierras, excursionando por los por los senderos de las montañas o acampando en una de las frescas grietas de los bosques. Lo ubicaba y parecía una imagen poética perfecta frente al majestuoso enormidad como para reconstruir Nueva York y que, después de tantos veranos que pase ahí bajo sus sombras, se había convertido en mi símbolo preferido de todo aquello que fuera confiable a seguro de si mimo.

Le dije que si yo hubiera tenido que adivinar su nacionalidad con solo verlo, hubiera dicho que era un estadounidense del oeste o del sureste y que sus ancestros, al igual que los míos, eran escoceses e irlandeses. Mi hipótesis lo intrigo. “eso es muy curioso” explico. “la madre Jones quizás  conoces a esa maravillosa viejecita, me dijo lo mismo en colorado, cuando hable con sus mineros”. Apenas podía darme cuenta de que el no estaba hablando en ingles. Su idioma poseía la lucidez que uno esperaría encontrar en una lengua universal; y se me ocurrió que cualquiera, en cualquier parte del mundo, seria capaz de comprenderlo se dirigía a mi diciéndome “Almita” y algunas veces añadía “Niña”; también, me pidió “por favor” que lo llamara “Felipe”. “es la costumbre entre nuestros compañeros socialistas usar el nombre de pila”, me dijo. Y yo coincidí con el en que esa una buena costumbre humana. No podía pensar en ninguna otra persona, excepto mi padre, que me hubiera brindado un sentido tan profundo de seguridad espiritual.

Mientras platicábamos, me pareció que estábamos simplemente reanudando una conversación predestinada que se había interrumpido ¡y que yo no lograba recordar ni donde ni cuanto tiempo atrás!

Una de las críticas más compasivas sobre Felipe a bordo del “México” lo describía a modo, de censura, como un “idealista visionario”. En ese momento, estaba preparada para admitir que el era de las dos cosas.

Algunas veces, sus palabras, sin duda impulsadas por una necesidad interna, quedaban envueltas en el fervor de un fanático. Sus ojos extraordinarios, tan grandes y luminosos que creaban el efecto de un halo, reflejaban los matices precisos de su pensamiento y emoción. Se volvían compasivos cuando describía el cautiverio de su pueblo y destellaban con determinación cuando prometía redimirlo.

No obstante, cualquiera que fuera su emoción, uno podía ver con toda claridad que no era un soñador ineficaz o iluso persiguiendo el horizonte.

En todo caso, su entusiasmo servia para aclarar y no ensombrecer la aguda línea de su pensamiento, y evidenciaba la sólida estructura de realidad subyacente en sus elocuentes argumentos.

Por vía del periodismo, el servicio social y la actividad en los movimientos públicos, yo había encontrado en contacto casi diario, tanto en san francisco como en la capital mexicana, con diferentes tipos de los oradores. Mis oídos eran rápidos para detectar las peroratas dogmáticas que llevaban a la audiencia a una tensión nerviosa pero que no lograban persuadir su corazón.

En la actitud de Felipe no había ningún rastro de ese fanatismo duro y seco o de la oquedad de quien solo construye castillos teóricos. Sus “ideas y visiones”, me daba cuenta, eran posibles y del tipo que exigían acción concreta y forma material. Nunca se contentarían con languidecer indefinidamente en la esfera astral de lo nonato.

Su pensamiento y acción parecían equilibrados en la intención y en le desempeño, igual a las dos alas de una gran ave que remonta con serenidad la poesía griega contemporánea.

Alma ataviada a la moda flapper de los años veintes. Alrededor de su cuello pende el antiguo cascabel maya de cobre montado sobre el triángulo rojo del Partido Socialista del Sureste, regalo de su adorado Felipe

Felipe esbozo el contexto de su problema: la explotación de los mayas en Yucatán. Resulto ser el mismo viejo patrón familiar de esclavitud física y moral que era un tormento común a las Antillas y a todas las tierras bañadas por el mar caribe. El esplendor morado de la puesta de sol tropical se había desvanecido ya en un color dorado oscuro.

De pronto algo en esa triste monotonía en el hechizo nostálgico de niebla que se congrego y se pozo en los pequeños arbustos, me hizo volverme consiente de la ubicación. Prolongué mi mirada sobre las enormes extensiones planas y las colinas de san francisco me parecieron en verdad lejanas. Como si en una obra de teatro la observación “bueno aquí estamos ahora, en las latitudes de la esclavitud”. Todas mis lecturas febriles de preparación para ese y mi primer viaje a México se fundieron, de repente, en un ensueño sombrío sobre el trágico pasado de esas tierras.

De la carta de los exploradores de las crónicas de frailes y conquistadores de los comentarios y reportes estadísticos en el transcurso de la historia del nuevo Mundo, emergieron y pasaron ante mi hombres y mujeres envilecidos; seres desvalidos, apiñados como ganado en barcos que, a un cierto costo por cabeza los llevaban a tierras distantes y desconocidas, a las manos de amos brutales y a vidas llenas de trabajos pesados y sufrimientos sin esperanza o consuelo. Como si el Gran disco que graba todos los sonidos en su infinita resonancia por el cosmos estuviera transmitiendo especialmente para mi, yo escuchaba a todo o largo de la península, el eco continuo del lamento de los pueblos caribeños durante siglos. Desde el golfo y por selvas de la costa, llegaba un grito desesperado o de los pasajes que registraron los alaridos inflamados y salvajes de la revuelta. Y se apoyaba, entre el silbido de las balas y el fuerte tronar de los disparos, con un sollozo de desesperanza que saturaba el firmamento de todo lo audible. La esclavitud no parecía un asunto resuelto de geografía histórica. Los cuerpos y los sueños rotos por la avaricia de las razas “civilizadas” se convirtieron en un dramático personaje de la, todavía inconclusa, tragedia del caribe; una tragedia en la que un modesto hombre de autoridad, sentado junto a mi, estaba representando el papel del héroe.

“Nuestros Inditos Felipe siempre a ellos así o como “pobrecitos” – “aunque nominalmente libres, eran propiedad de los hacendados herederos de los conquistadores españoles. Vivían en estas enormes plantaciones henequeneras perseguidos por el ojo del mayordomo. Trabajan más de lo que la fuerza humana permite, durante largas horas y bajo nuestro sol quemante. La retribución que por ello recibían era humillación, miseria y crueldad. No tenían ninguna posesión.

El vestido y el alimento se les repartían como si fueran incompetentes. Incluso para las más sagradas relaciones de la  vida, los indios fueron despojados del poder de decisión. Como hablaban solo maya, no coincidían, en absoluto, los derechos que la ley les otorga. Al igual que un árbol, estaban enraizados en la tierra que labraban.

Así como el árbol, se quedaban en la tierra cuando la vendían”. Yo le mencione que algunos yucatecos de la clase aristocrática, de los que navegaron con nuestro grupo desde Nueva York, habían hablado de escuelas para los indígenas y habían creado una imagen mucho mas favorable de la vida en las haciendas.

“Si habían escuelas”, respondió Felipe, “pero nada que para los inditos mereciera ese nombre. De hecho, se hicieron todos los esfuerzos posibles para evitar que adquieran cualquier conocimiento que les ayudara a desarrollar sus capacidades mentales. La iglesia fomento esa ignorancia. Los sacerdotes, adjuntos de las haciendas, se les llenaban la mente con miedos y supersticiones. Mucho de ellos eran propagandistas de la tiranía capitalista que mantenía a estos pobrecitos esclavizados. Les enseñaban que la obediencia era virtud suprema y que al mayordomo, como representante de Cristo en la hacienda, debía obedecerle sin reservas. Los indígenas fueron hechos prisioneros de un sistema inquebrantable de control laboral estratégicamente diseñado estaban desvalidos e indefensos”.

Las palabras de Felipe me hicieron recordar una de las declaraciones que el mismo había hecho para la entrevista de Hart y que se había quedado, casi intacta en mi memoria: “No voy a estar satisfecho”, había dicho, “sino hasta haber radicado la ignorancia, la superstición y las intrigas clericales y hasta haberlas desterrado para siempre de mi país.

Mientras haya un niño en este estado que no sepa leer y escribir, voy a seguir luchando sin descanso hasta que lo haga. Mi intención es llevarle la escuela al niño y no trasladar al niño a la escuela”.

Meses antes, cuando leí por primera vez esa declaración en la capital mexicana, la entendí como una reafirmación osada de los principios de Benito Juárez y Melchor Ocampo. Parecía tener una connotación positiva y seria que no dejaba espacio alguno para “vaciladas”. La tome como indicación de que, por lo menos en un estado mexicano, el gobierno local se proponía “darle seguimiento” a los objetivos esenciales del gran Benemérito. Continuará…

Alma Reed

TOMADO DEL LIBRO DE PEREGRINA: MI IDILIO SOCIALISTA CON FELIPE CARRILLO PUERTO, EDITADO POR MICHAEL K. SCHUESSLER. 

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