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La Voz de Motul

Editorial

MATÓ AL WÁAY PEEK´.

VALERIO BUENFIL, CRONISTA DE MOTUL.  Alejandro Ojeda Pech, oriundo de esta ciudad, en una publicación artesanal del 2014, publicó el siguiente relato “A mi abuelo “Papá Tino”, le gustaba contarnos cuentos y creencias una ves nos relató “Hace muchos años, cuando era joven, trabajaba en el predio del agua potable, sobre la calle 27 de la ciudad por 43, camino a Santa Cruz. Fue entonces que conocí de frente al famoso Wáay Peek´, tremendo perro de un metro de alto, que al pararse media más de dos metros, negro y feroz. Tenía asediado al pueblo y sus alrededores, en noches de luna llena, todos cerraban sus puertas porque decían que aquel perro era un engendro del kisin. Ya me habían dicho que por las noches el Wáay Peek´ venía a saciar saciar su sed al predio del agua potable, pero no me dio miedo, yo quería verlo y buscar la manera de matarlo y librar al pueblo de aquel satánico animal.

Una noche estaba a enfrentarme a aquel feroz animal, pero no se puedes si tienes miedo, así que me armé de valor. Cargue mi escopeta y unas cuantas balas de plata, porque a un Wáay Peek´, solo se le puede matar con balas de plata, y si fallas no la cuentas. Llevé también mi atole nuevo, mi pata de conejo, mi ojo de venado y un trozo de carne salada, y comencé mi camino rumbo a Santa Cruz. La noche era fría y los perros aullaban, quizá presentían lo que me esperaba y me advertían del peligro, seguí mi rumbo, camino blanco, luna llena, ruidos fantasmales y el camino del pujuy. Andando y silbando hasta que llegué al predio del agua potable. La noche se sentía extraña, un frío viento, era luna llena y solo había silencio, no había grillos y tampoco luciérnagas. Entré al predio y revisé todos los rincones, nada, todo en calma. Había una casita de mampostería y de techo de cartón, pequeña de tres por tres, ahí era nuestra bodega y refugio cuando llovía, tenía una puerta de madera , muy desgastada. Colgué mi escopeta y conté las balas de plata, eran tres. Saqué de mis bolsas unas yerbas de ruda y marqué las balas con una cruz, era la contra para el brujo. Cargué la primera bala y colgué de nuevo la escopeta.

Me senté a esperar al animal. Todo estaba tranquilo esa noche. Saqué de mi bolsillo mis cigarros “Alas” y fumé para espantar el sueño. De pronto sopló un frío aire con olor a azufre e incienso y pude escuchar a lo lejos el sonido de las cadenas que se arrastraban en las piedras. Era el Wáay Peek´, el más temible animal que vena hacia mi, yo esperaba. Entré a la casa de refugio para planear el ataque, cerré la puerta de madera y la tranqué con dos enormes troncos. Tomé mi escopeta y me incliné para orar a “Acanum”, patrón de los cazadores, después mi dispuse a enfrentar el feroz animal. Me asome por una rendija de la puerta y lo miré. Era enorme y bebía agua de uno de los tambos saciando su sed. De pronto volvió y me miró, a pesar de la oscuridad supo que yo estaba ahí, dentro de la casa; de inmediato tomé mi escopeta, abrí un poco la puerta y le apunté, mis brazos temblaban, mi pecho me traicionaba, mi sangre quedó helada, disparé y logré darle, pero salió corriendo y se me escapó hacía el monte.

Tomé las otras balas plata y salí a verlo, cargué mi escopeta y seguí su rastro, pero no lo encontré. Regresé de nuevo al refugio y cuando iba a entrar mire manchas de sangre del animal en el piso, estaba ahí y seguro quería venganza. Estaba perdido, había fallado y me esperaba para devorarme. Me encerré en el refugio y en eso el enorme animal comenzó a golpear la puerta con sus enormes patas, escuchaba el ruido de sus garras, desgarrando la madera. Mi corazón se aceleró y sudaban mis manos, pero tenía que matarlo o él me mataría a mi. De nuevo arremetió el animal, tenía lista mi escopeta, con la segunda bala de plata, no podía fallar. Empujaba la puerta y su enorme hocico ya se podía ver por completo. Aproveche ese instante y le apunté el rostro y detoné la segunda bala, dejó de rasgar y se escuchó un alarido y salió corriendo tirando a su paso tambos de agua y arrastrando sus cadenas. Salí tras él, no podía dejarlo con vida, al asomarme vi que tomó rumbo a Motul y salí corriendo tras él.

El animal aullaba y se revolcaba a su paso, comenzó a salir la gente, al ver de los que se trataba se unían a la persecución armados con palos y escopetas, todos lo seguían. El animal estaba herido por dos balas de plata pero se resistía a morir, doblo rumbo al cenote Sambulá, estaba acorralado, mucha gente lo seguía. Se metió al cenote dejando sangre en la escalera. Todavía me quedaba una bala de plata, me abrí paso entre la gente y entré junto con tres valientes con antorchas, ahí estaba el animal aullando t revolcándose con sus cadenas, estaba tirado a cinco metros de nosotros, me sudaba la frente y el miedo rondaba con aire de muerte, apunte al negro y enorme animal que me miraba con sus ojos rojos y fauces de furia, detoné la bala de plata que le entró directo al corazón. Nos acercamos y vemos como lentamente se iba transformando en una persona normal de tez morena y larga cabellera. Era un brujo que se transformaba en aquel temible Wáay Peek´, pero ya no loaría mas. Un tiempo después supimos que era un yerbatero de un pueblo cercano”.

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