La Voz de Motul

Editorial

MISA DE MEDIANOCHE.

ANACLETO CETINA AGUILAR. CRONISTA DE HUNUCMÁ. En aquella época la gente era más madrugadora, hasta las personas devotas comenzaban más temprano su comunicación con Dios y acudían a la primera misa que se celebraba a las cinco de la mañana.

Por el barrio donde vivíamos, había mucha solidaridad entre esa gente devota y para acudir a misa a esa hora tan temprana, se acompañaban entre todas, pues la mayoría eran mujeres.

Vivíamos en las goteras de la población, de manera que la que vivía en la última casa era la encargada de pasar por su vecina más próxima, después entre las dos pasaban por la siguiente, y así sucesivamente, hasta formar un número de seis u ocho vecinas que se dirigían alegremente hasta la iglesia del pueblo que estaba en el centro de la población.

Como consecuencia de ser la gente muy madrugadora, las actividades también comenzaban muy temprano, de manera que en el mercado que se encontraba a un costado del parque, desde las 5 de la mañana se escuchaba la algarabía proveniente de los carniceros quienes , sobre unos troncos, cortaban las piezas de las reses que ese día iban a vender al público; igualmente las verduleras, en alegre camaradería, charlaban alegremente con sus colegas, haciendo los comentarios del día que apenas comenzaba a clarear.

Pues bien, volviendo a nuestras devotas vecinas, una de ellas a la que llamaremos Äurea, era casi de las últimas por la que pasaban, después, todas juntas emprendían el entusiasta recorrido hasta el sagrado lugar de su devoción.

Esa ida a misa semejaba una redada, pues se pasaba por todas y era muy común escuchar: “¡Vamos, Pastora!, ¡Vamos Panchita!, ¡Vamos Alejandra!, ¡Vamos Lola!, ¡Vamos Inés!, ¡Vamos Casilda!, ¡Vamos Goya!, ¡Vamos Ana!, ¡Vamos Esperanza!, hasta diez vecinas lograban reunirse para esta romería poco común.

Esta recolecta, podríamos llamarle así, de vecinas, era muy “sui géneris”, yo era apenas un niño y no todos los días podía agregarme a esta alegre procesión de vecinas que, velas en mano para alumbrar el camino, porque es de suponer que en aquella época no había luz eléctrica mas que en el primer cuadro de la población y las calles eran como la naturaleza las había hecho: llenas de enormes piedras, de hoyancos y de hierbas, de manera que en la propia calle existían “vereditas” que eran más transitables que el resto de la misma. Decía que yo no podía acompañarlas todos los días porque ya tenía qué ir a la escuela a cursar mis primeros grados de primaria.

Una de esas madrugadas, doña Äurea oyó que llamaban a su vecina: “¡Coox, Goyaa! (¡Vamos Gregoria!) -¡”Paateni’, bin in kaaj in jan pus tan tin wich! (espérenme, me voy a empolvillar la cara!).

Al oír esto, doña Äurea se aprestó a alistarse, para que cuando pasen por ella, sólo era abrir la puerta y agregarse al alegre romerío. Se empolvilló la cara, se puso sus “chanclas” nuevas, preparó su rebozo y se sentó a esperar el llamado de sus cordiales vecinas. Pasó un buen rato y no volvió a escuchar ninguna voz. Extrañada, pensó que seguían esperando a Doña Goya y decidió salir para sumarse al grupo, antes de que pasen por ella, pero otra vez sorprendida, vio que sus vecinas se habían olvidado de ella, pues ya estaban casi a una cuadra de distancia.

Reprochándoles interiormente su olvido, trató de alcanzarlas y apresuró el paso, pero, como ya queda dicho, la irregularidad del camino hacía que no pudiera alcanzarlas y sólo veía cómo ellas iban avanzando, velas en mano. Ella, por la confianza de que iría con el grupo, no se preocupó por llevar su vela, de manera que apenas podía guiar su camino por la claridad de las estrellas.

Veía cómo sus amigas avanzaban, llegaron al parque, lo atravesaron y subieron las escalinatas del templo.

Ella, por más que apuró el paso no pudo darles alcance, de manera que no tuvo más remedio que llegar sola a las puertas del templo, pero, cuál no sería su sorpresa al querer entrar, pues vio las puertas del mismo, cerradas.

Quiso encontrar a sus amigas, pero el lugar estaba completamente solitario. Extrañada volteó a ver el reloj municipal y se dio cuenta que apenas había pasado de la media noche.

Un miedo muy intenso se apoderó de ella y descendiendo de nuevo las escaleras, se apresuró a regresar. Al pasar a las puertas del mercado, comprendió por qué todavía no había el ruido habitual de los comerciantes que ya preparaban su mercadería.

Al llegar a su casa, doña Äurea se tiró en su hamaca y entre incomprensibles cavilaciones se quedó tan profundamente dormida que no despertó cuando, ahora sí, sus compañeras pasaron por ella, pues había ido a la misa de media noche.

Al amanecer de ese día, se apresuró a contarle a sus piadosas vecinas lo que le había sucedido. Ellas le dijeron que eran almas en pena, almas que estaban en el purgatorio y que era necesario rezar muchos rosarios para el eterno descanso de sus almas.

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