La Voz de Motul

Editorial

LA DESPEDIDA DE LA TÍA.

ANACLETO CETINA AGUILAR, CRONISTA DE HUNUCMÁ.

“LA DESPEDIDA DE LA TÍA”

Mi tía María, desde la muerte de mi madre, se había convertido en el último baluarte que nos quedaba de la línea materna. Era la más pequeña de 4 hermanas, todas fallecidas ya. Quizá por esa razón la tía María se había convertido para nosotros, como un sustituto de ese ser grandioso que nos dio la vida y que se nos adelantó en la muerte.

Por más que habíamos hecho para que viniera a vivir con nosotros, ella había preferido seguir viviendo cerca de sus dos hijas y sus numerosos nietos; los varones eran pescadores y todos vivían en un puerto cercano.

Cuando por la tarde bajaban de la pesca, preferían que su abuela les preparara un rico “mac-cum”, o el exquisito pescado frito, a que la madre lo hiciera, tal vez porque los abuelos acostumbran a mimar más a los nietos, que los padres de éstos.

Como quiera que sea, la tía María nunca había querido venir a vivir con nosotros, a pesar de demostrarle sinceramente el cariño que le profesábamos. Únicamente en espacios más o menos prolongados, se daba unas escapadas y venía a pasar con nosotros unos días con su inseparable y fiel compañero el tío Kat.

Generalmente venían cuando se aproximaba la fiesta del pueblo o cuando había alguna otra celebración, ya que ellos eran una pareja muy alegre y no se perdían los bailes populares a los que infundían mayor alegría con la ingestión de algunas bebidas espirituosas debidamente refrigeradas.

Aquella mañana, serían como las 11.30 cuando escuché algunos golpes en la puerta y acudí a abrir. Grande fue mi sorpresa y mi alegría al ver que se trataba nada menos que de la tía María.

-¡Cuánto gusto tía!, pasa, pasa por favor, siéntate, que has de estar muy cansada después de tu viaje.

-Si claro, este viaje que inicié es muy largo –me contestó.

Enseguida le dije a mi esposa que se apurara con la comida, porque la tía debía tener mucha hambre, pues siempre que viene a visitarnos se levanta muy temprano para alistarse.

Le pregunté por qué en aquella ocasión venía sola y le dije que estaba muy inquieto por la salud del tío “Kat”. Ella me tranquilizó diciéndome que el tío se encontraba bien y que esta vez no había podido acompañarla.

Estuvimos platicando un rato y yo notaba que no mostraba la habitual alegría de otras veces. Estaba como ausente.

Pensando que tal vez tuviera alguna enfermedad que no quería confiarme, decidí esperar a que terminara de comer y después dejarla sola con mi esposa para que hablaran tranquilamente.

Pero grande fue mi sorpresa cuando después del almuerzo me dijo que tenía qué regresar.

-Pero tía, -le dije- Tú nunca regresas el mismo día que vienes a visitarnos.

-Si, pero hoy no puedo quedarme, tengo qué marcharme.

Sin añadir más y sin hacer caso de nuestras objeciones, abrió la puerta y se marchó tan inesperadamente como había llegado.

Serían como a las tres de la tarde cuendo nuevamente oímos golpes en la puerta. Al ir a abrir, vi que era mi primo Armando y enseguida noté en su semblante una gran angustia y huellas de un profundo dolor.

-Primo, -me dijo. Vengo a darte una noticia, pero quiero que lo tomes con la mayor calma. No te sobresaltes y piensa que es algo que algún día tenía qué suceder.

-¡Pero Armando! ¿Qué es...qué es lo que tienes qué comunicarme? Dímelo, que con ese velo de misterio me pones más nervioso de lo normal.

-Mira, yo sé lo mucho que ustedes la querían, por eso te digo que lo tomes con la mayor serenidad: la tía María ha muerto, -dijo entre sollozos entrecortados.

-¡Pero, no es posible Armando! Si hace apenas un rato que se fue de aquí. ¿Sufrió algún accidente?

-¡Pero qué dices, primo! ¿Qué mi abuela estuvo aquí hace un rato?

-Si, efectivamente. Comió con nosotros.

-¡No puede ser! Ella murió a las 6 de la mañana víctima de un infarto, pero por lo inesperado y por esperar al médico que certificara que no se trataba sólo de un ataque, no había podido venir a avisarles. No puede ser que ella haya estado aquí como dices y que incluso haya comido con ustedes.

-Si Armando, no estoy loco. Mi esposa sirvió tres platos y estuvimos platicando con ella. Después, inesperadamente se marchó.

¡Oh! No puede ser.

-Pues yo creo que sí. Como sabía lo mucho que la queríamos, no quiso marcharse sin antes compartir con nosotros por última vez.

-Es muy fácil comprobarlo –terció my esposa- Ven a la cocina y comprueba que son tres los platos que esperan a ser lavados.

Todos fuimos a la cocina y ¡Oh sorpresa! Efectivamente en el lavatrastos había tres platos vacíos que evidentemente hace poco tiempo habían contenido alimentos.

-¿Ya lo ves? –dijo mi esposa. Aquí solamente somos nosotros dos. El tercer plato fue el que le ofrecimos a la tía y lo más asombroso es que está vacío. ¡El alimento fue consumido!

-Efectivamente hay cosas que nuestra lógica no puede explicar. Agregó Armando.

No cabe duda que hoy recibimos nuevamente la visita de la tía, pero esta vez, desde el más allá.

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