La Voz de Motul

Editorial

MI PRIMERA MAESTRA.

ANACLETO CETINA AGUILAR, CRONISTA DE HUNUCMÁ.

“MI PRIMERA MAESTRA”

Corrían los primeros años de los 60.

Ramón acababa de tomar el desayuno en aquel modesto restaurante y se hallaba ensimismado recordando su lejana infancia cuando asistía a la primaria del pueblo con sus pantalones remendados, y las más veces, iba descalzo, pues cuando sus alpargatas se “reventaban”, solamente costaba veinte centavos la reparación, pero hasta esa irrisible cantidad hacía mucha falta para satisfacer las necesidades más apremiantes de la casa. Papá ya no estaba. Mamá era la encargada de llevar el peso del hogar. Iba a lavar ajeno a casa de doña Elvi y hasta que regresara por la tarde con un poco de comida que le regalaban, además de su modesta paga, hacían la única comida del día. Al día siguiente, la rutina comenzaba con el “desayuno” que consistía en un poco de café aguado, algunas tortillas tostadas y a veces, algunas galletas de “animalitos”.

¡Ah! ¡Cómo hubiera querido que ahora que comenzaba a cambiar su vida, poder compartir su “fortuna” con aquel ser abnegado que mediante inmensos sacrificios había logrado que terminara su secundaria y se fuera al internado de San Diego para estudiar para maestro. Hoy, Ramón había cobrado su primer sueldo y se sentía inmensamente feliz. pero eso no era posible, pues el trabajo agotador unido a la escasa alimentación, habían acabado tempranamente con la dulce y apacible vida de su madre.

Él había llegado la noche anterior procedente de su lejana comunidad enclavada en el corazón de la entonces intrincada selva quintanarroense. Él había decidido permanecer en su comunidad pasando mil necesidades, pero total, que ya estaba hecho a esas cosas, pero primero, debido a la distancia, pues sólo se podía llegar a “lomo de mula”, como se decía entonces y segundo, que no tenía caso salir si no tenía dinero, ya que en aquel entonces, una vez conseguida la plaza de maestro, pasaban 4, 5 y hasta 6 meses para poder cobrar el primer sueldo.

Por aquellos días había llegado hasta su lejana comunidad el inspector escolar, quien le comunicó que ya se encontraba en la pagaduría regional su cheque correspondiente a los 3 meses que había laborado. Había corrido con suerte y aprovechando el 15 de mayo había decidido “bajar” a cobrar, comprarse ropa y útiles que necesitaba para su escuelita por la que ya sentía un especial cariño, pues experimentaba una inmensa alegría al poder llevar la luz del conocimiento a las ávidas mentes infantiles de aquellos niños campesinos. Quería hacerles seguir la misma ruta que él había seguido y llevarlos a disfrutar del éxito, cuyas mieles él iba ahora a paladear. Recordaba el juramento que había hecho el día de su graduación y se sentía maestro hasta la médula de sus huesos.

También aprovecharía, ya que no pudo hacerlo el pasado 10 de mayo, comprar un hermoso ramo de flores para llevarlas a la tumba de su adorada progenitora.

Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no vio cuando aquella ancianita se acercó hasta la mesa donde él estaba –“Una caridad, por el amor de Dios”.

Al volver la mirada hacia aquella anciana, grande fue su sorpresa al reconocer en ella a Doña Rosita, la abnegada mujer a la que consideraba como su segunda madre, pues allá en su lejana infancia, cuando la terrible soledad hacía presa de su alma infantil, Doña Rosita, su vecina, le llevaba uno que otro bocadillo con qué paliar el hambre, mientras mamá regresaba por la tarde. Pero no era sólo eso, Doña Rosita había sido su “maestra”, pues esta buena mujer, de alma piadosa y buena, había decidido transmitir sus escasos conocimientos a los niños del barrio. Recordaba que sentados en incómodos “banquillos” se pasaba las horas deletreando las primeras lecciones en el libro “Rébsamen”, de manera que cuando Ramón comenzó a ir a la escuela pública, ya sabía leer y escribir y fue matriculado en el segundo grado, así es como ascendió rápidamente a los grados superiores.

-¡Buenos días doña Rosita! Han pasado muchos años sin vernos, ¿Qué ha sido de Ud.?

-Ramón, hijo mío, ¡Qué alto y qué fuerte te ves ahora!

-Pero doña Rosita ¿Cómo es posible que ande usted así?

-Pues ya ves ¿Recuerdas que vivía con mis dos hijas? Pues ellas se casaron y se fueron a vivir lejos. Ahora, con la edad ya no puedo trabajar como antes, así que para sobrevivir, tengo qué apelar a los buenos sentimientos de algunas gentes.

-Bueno doña Rosita, pero siéntese y platíqueme, hoy no va a seguir pidiendo limosna, hoy se va usted a tomar un buen desayuno como hace mucho no lo hace.

-No mi hijo, para nosotros los ancianos el tiempo avanza demasiado rápido, tan rápido que no lo podemos alcanzar, por eso empezamos a caminar más y más lento,hasta que el contraste que hay entre la velocidad y la quietud, nos permite “anclarnos” en un lugar sin tiempo ni espacio y de él no podemos salir. Así es que yo tengo que continuar mi andar en contra de la vorágine del tiempo y tú, continúa también tu andar por ese sendero del éxito que el destino te depara en tu hermosa profesión.

Gracias doña Rosita, pero recuerdo que todo se lo debo a Ud. que fue quien encendió en mí la primera chispa de la llama del saber, al enseñarme a leer y escribir, así es que como hoy es el 15 de mayo, me brinda usted la enorme satisfacción de rendirle mi eterna gratitud y que Dios la bendiga en todos los días que le queden.

-Gracias hijo, pero ahora sí que tengo qué irme, porque no puedo retrasarme y debo dirigirme al lugar a donde tengo qué llegar.

Al decir esto, doña Rosita continuó su pesado y tortuoso andar y Ramón se quedó mirando cómo avanzaba penosamente aquella viejecita de quien puede decirse que fue su ángel de la guarda.

Estaba un poco confundido ante lo inesperado del encuentro, cuando recordó que no le había dado ninguna ayuda a la infeliz viejecita. Se levantó y sacó veinte pesos de su billetera y corrió hacia donde se dirigía la anciana -¡Doña Rosita, doña Rosita! ¡Espere, aquí tiene Ud. algo para que se ayude!

Pero al dar vuelta a la esquina por donde vio irse a doña Rosita, numerosos clientes andaban por las calles haciendo sus compras mañaneras y por más que buscó entre ellos a doña Rosita, no la encontró. Era como si se la hubiera tragado la tierra.

Ramón empezó a recriminarse su torpeza al no haber podido ayudar a aquella pobre mujer que representaba tanto para él. Ni siquiera le preguntó si seguía viviendo en el pueblo o había venido a vivir a la ciudad.

En fin, aceptó su incómoda situación y recordó que iría al mercado por las flores y después de llevarlas al cementerio, se iría al pueblo para averiguar acerca del paradero de su antigua preceptora.

Parsimoniosamente se dirigió a una florería para escoger las más hermosas gladiolas, las más perfumadas rosas y los más encendidos claveles para depositarlas como la más grande manifestación de amor filial, sobre la fría losa que guardaba los despojos mortales de la autora de sus días.

Apenas había comenzado a escoger los ramos que le parecían más hermosos, cuando otro cliente llegó con la misma intención. Maquinalmente Ramón levantó la mirada y se topó con los hermosos ojos de una dama que lo miró con asombro.

-¡Pero Ramón! ¿Eres tú?

-Si señora, yo soy Ramón Revueltas para servir a usted. ¿Con quién tengo el gusto?

-¡Pero Ramón! ¿No te acuerdas de mí? Soy María, la hija de aquella doña Rosita del pueblo, con quien aprendiste a leer.

-¡Ah, María! Perdóname pero no te había reconocido. Ha pasado tanto tiempo y tú has cambiado tanto... sólo tus hermosos ojos siguen teniendo la misma expresión de ternura. Pero oye, ¿viene contigo doña Rosita?

-¡Ay Ramón! Qué más quisiera que estuviera en estos momentos conmigo, pero precisamente he venido a comprar flores porque hoy son los ocho días de su fallecimiento.

-¿Qué? ¡No puede ser! ¡Pero si acabo de hablar con ella!

-¿Cómo que acabas de hablar con ella? No puede ser Ramón, te digo que ella falleció hace ocho días.

-Pues fíjate que estaba yo terminando de desayunar en un restaurante cercano cuando se detuvo junto a mí, ella me reconoció y platicamos brevemente, yo la invité a desayunar, pero ella se rehusó a tomar algún alimento y se marchó sin darme tiempo de ofrecerle mi ayuda. Cuando reaccioné y traté de alcanzarla, no la hallé por ninguna parte.

¿Ya lo ves? No era ella en persona, sino tal vez era su alma buena que te sigue recordando y vino a felicitarte hoy que es 15 de mayo.

-Pues tal vez haya sido eso. Lo único que me alegra es que yo también tuve la oportunidad de manifestarle mi gratitud por haberme enseñado a leer y escribir, o sea, que ella fue mi primera maestra.

-Qué bueno que ella quiso darte esa oportunidad y también has recibido la más extraña felicitación que un maestro pueda recibir: la de su primera maestra desde el más allá.

-Bueno, María, cuéntame ¿Qué fue de ustedes después que me fui del pueblo?

-Pues pasó algún tiempo y yo me casé. Al principio vivimos con mi mamá, pues yo no quería dejarla sola a ella con mi hermana Rosita, que también así se llamaba la menor.

-Si, si, recuerdo a Rosita tan vivaracha y juguetona.

-Pues bien, después compramos una casita aquí en la ciudad y vinimos a vivir trayéndome conmigo a mi mamá, pero al poco tiempo, a mi esposo le ofrecieron un trabajo en Veracruz y no nos quedó más remedio que irnos a vivir allá. Por más que hice, no logré que ella se fuera a vivir con nosotros, de manera que se quedó en la casa con Rosita, quien al poco tiempo también se casó. Su marido ha tenido varios trabajos, el último lo tiene en Chihuahua. Nosotros de vez en cuando le mandábamos a mi madre algo de dinero para que se ayudara y también Rosita, de manera que no creo que ande pidiendo limosna. Es más, una vecina fue quien nos mandó un telegrama informándonos de su fallecimiento, nos dijo que al extrañar que ya era tarde y mi mamá no había salido a regar sus rosales, tocó la puerta y como no le contestaron, empujó y al entrar la encontró como dormida, con una beatífica sonrisa. Murió mientras dormía y no quiso darle trabajos a nadie.

-¡Cuánto lo lamento María! Recibe mi sentido pésame.ahora en vez de comprar un ramo de flores, compraré dos: uno para mi madre y otro para mi maestra Rosita, mi primera maestra.

 

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