La Voz de Motul

Editorial

EL K´EX.

ANACLETO CETINA AGUILAR, CRONISTA DE HUNUCMÁ. EL K´EX. Antonio tuvo una niñez muy difícil. Su padre era un comerciante ambulante en pequeño que diariamente tenía qué recorrer grandes distancias para poder vender sus productos y poder llevar algo de dinero a la casa para el sustento de la familia. Su madre era muy ingeniosa y se esmeraba en la elaboración de vestiditos, bolsas tejidas en telar de cintura y otros adornos que vendía para ayudar en el gasto familiar.

Antonio había terminado su primaria y para continuar sus estudios había qué trasladarse a la capital del estado, pues en el pueblo no había escuela secundaria. La mayoría de sus compañeros de generación habían ingresado en escuelas de la ciudad, pero él, consciente de la difícil situación económica por la que atravesaban, ni siquiera hizo el intento de inscribirse en otra escuela, por lo que decidió ir a ver a don Pancho, el carpintero del pueblo para que le enseñara el oficio de la carpintería.

Ahora, sentado a la mesa de un café consumía sorbo tras sorbo su aromática bebida y sus recuerdos se remontaron a muchos años de distancia, cuando después de un año de terminar su primaria no se sentía satisfecho, pues pensaba que todos sus compañeros terminarían sus estudios y tendrían una profesión, en cambio él, terminaría envuelto en el polvo del aserrín de las maderas que labraba y como ya le daban una pequeña gratificación semanal por su buen desempeño en la carpintería, se atrevió a sugerirle a su madre que lo inscribiera en alguna escuela de la ciudad para concluir aunque sea una carrera corta, pero aquella, muy angustiada le dijo:

-Pero hijo de mi alma, ¿De dónde voy a sacar para costear tus estudios? Ya ves que a veces pasan días sin que papá venda sus mercancías y aunque yo tengo un poco más de suerte con los trabajos que confecciono, eso no es suficiente, le dijo mientras las lágrimas empañaban sus hermosos aunque cansados ojos.

- Si mamita, pero como sabes, ya me pagan un poco en la carpintería y con un poco más, podemos lograrlo.

-Está bien, hijo, mañana mismo nos vamos a la ciudad para inscribirte en una escuela. Dios nos dará su bendición para salir adelante.

Así fue como Antonio, por las mañanas se iba a estudiar a la ciudad y por las tardes se iba a trabajar a la carpintería.

Está por demás decir que sus ropas eran muy modestas y a veces tenía qué llevar alguna camisa parchada, lo que contrasta con los elegantes trajes de sus compañeros, la mayoría hijos de familias acomodadas. Él valoraba los sacrificios de su madre quien tuvo qué redoblar sus esfuerzos para elaborar prendas, bolsas y otras artesanías para lo cual tenía una gran habilidad.

En una ocasión, con motivo de su cumpleaños, su madre lo sorprendió con el regalo de una hermosa camisa.

-¡Pero madre! ¿Por qué haces más sacrificios? Yo me siento muy bien con mis camisas que aunque viejitas, siempre están muy limpias y olorosas.

-No hijo, no la compré, yo misma la he confeccionado para ti, pues si no tengo dinero para comprarte un regalo, te lo he confeccionado con mucho amor, hoy que es tu cumpleaños.

-Gracias madre, pero no tienes qué esforzarte más, yo ya sé que me quieres mucho y yo te adoro con toda mi alma.

En otra ocasión le regaló un bonito morral tejido con raros motivos mayas. Esta bolsa era la preferida de Antonio cuando salía de compras o cuando se iba de paseo.

Todas estas ideas venían en tropel a su mente confusa y exaltada por el dolor, pues esa mañana había sepultado al ser que más adoraba en la vida: su madre.

Su padre había muerto unos meses antes y tal vez por el dolor que le produjo el sentirse sola, su madre había caído gravemente enferma y por más esfuerzos que se hicieron, la enfermedad había terminado por llevársela a la tumba.

Antonio sufría la cruel ironía de que ahora que podía devolverle con creces todo lo que ella se había sacrificado por él, la vida no le dio esa oportunidad.

Recordaba que al terminar sus estudios y graduarse en una carrera comercial, le había dado mucho trabajo conseguir un modesto empleo que no alcanzaba para resarcir los esfuerzos que su madre había hecho para sacarlo adelante. De ninguna manera se sentía satisfecho con su empleo, de modo que constantemente leía los anuncios clasificados para ver si encontraba algo mejor, hasta que en una ocasión leyó un anuncio donde se solicitaba un mecanógrafo que hablara dialecto y como él desde su niñez hablaba el maya, sintió que ese trabajo le correspondía. Únicamente no le gustaba mucho que el trabajo fuera en un lejano pueblo del sur del estado, pues tendría qué dejar sola a su adorada madre. Después de pensarlo un poco, se dispuso a viajar y se lo comunicó a ella.

-Pero hijo ¿Qué vas a buscar tan lejos? Con lo poco que ganas nos da para vivir modestamente.

-No madre, si tú ya te sacrificaste por mí, ahora yo me sacrificaré para darte todo lo que te mereces.

Así fue como Antonio se trasladó a su nuevo trabajo en donde ganaría mucho más que en el actual y así podría darle a su madre todas las comodidades que hasta ahora no le había podido dar.

Su nuevo trabajo consistía en ocuparse de la correspondencia de una oficina de maestros bilingües que se ocupaban de castellanizar a los niños de lejanas comunidades indígenas.

Pronto se familiarizó con el trabajo y le gustó la labor que desempeñaban los maestros rurales. Al darse cuenta de ello, su jefe le propuso, si lo deseaba, otorgarle una plaza de maestro rural, al mismo tiempo que continuaría sus estudios hasta graduarse de maestro.

Ser maestro era el sueño de su vida y si no lo había logrado era por su situación económica, pero ahora que veía abrirse las puertas no lo pensó dos veces y aceptó la plaza que le ofrecían.

Como su madre ya había muerto, nada lo ataba al pueblo, así que se alistó para ir a su lejana comunidad y estrenarse como maestro rural.

Le habían asignado una pequeña comunidad perdida en la intrincada selva quintanarroense. Hasta allá se dirigió, pensando tal vez que la distancia y la soledad le ayudarían a olvidar su amarga pena.

Un lunes llegó a su nuevo “centro de trabajo”. Lo primero que hizo fue presentarse al cacique del lugar y lo enteró de sus intenciones de castellanizar y alfabetizar a los niños del lugar.

El cacique le dijo que no tenían escuela pero le ofreció una desvencijada casita de paja. Tampoco tenían una casa para él, pero le ofreció la iglesita del lugar, que era otra casita habilitada para sus ceremonias religiosas y donde pasaría la noche, con la promesa de que pronto reuniría a los señores del lugar para que le “amarraran” su casita.

Aceptó gustoso y pronto empezó a trabajar con los pequeños niños mayas de ese lugar, quienes rápidamente le cobraron un gran afecto. Los niños le informaron que cerca de allí había un bonito cenote que debía de visitar.

Como vivía en su comunidad, al domingo siguiente se fue con algunos de sus alumnos para conocer el cenote y de verdad quedó muy impresionado por lo misterioso del lugar que estaba bordeado por gigantescos árboles cuya sombra le daba a las aguas un toque inquietante y enigmático, al bordearlo se dio cuenta que en la orilla del lado oriente había unos vestigios de construcciones prehispánicas.

Por la noche se reunió con los señores y les contó su aventura. Ellos le recomendaron que nunca debe ir solo a ese lugar, no sea que fuera raptado por los “dueños” de ese cenote como había ocurrido en una ocasión en que se llevaron a un niño que había ido a refrescarse en sus quietas y sombrías aguas. Él escuchó sin inmutarse, aquel relato y pronto estuvieron hablando de otras cosas.

Pasaron algunos meses hasta que le avisaron que ya podía pasar a cobrar su sueldo de todo ese tiempo, de tal manera que se ausentó algunos días de su comunidad.

A su retorno volvió a sentir la tristeza que siempre lo embargaba y una inmensa nostalgia envolvía su alma por lo que un día puso en su morral preferido un libro y su cartera con el dinero que había cobrado y se dirigió sólo hasta el cenote para leer un poco y alejar los fantasmas de la soledad. Se sentó a mirar las quietas aguas bajo la sombra de un frondoso árbol y pronto sus pensamientos se remontaron al pasado.

Lo volvió a la realidad el ruido de un impetuoso viento que movía con fuerza las ramas de los árboles y se dio cuenta de que espesas nubes cubrían el cielo. Inmediatamente una ráfaga de viento pareció envolverlo y sintió que todo daba vueltas a su alrededor y cayó en un profundo letargo, sin saber cuánto tiempo estuvo así.

Cuando recobró la razón estaba sentado debajo de un árbol, pero no el mismo a cuya sombra estaba. Estaba en una plaza desconocida.

No sin cierto temor se puso de pie y comenzó a caminar por una calle atestada de puestos y de mucha gente que hacía sus compras. Caminó un poco más y descubrió un letrero que decía: “Bienvenidos a Tik’al, república de Guatemala

¡Estaba en otro país! A miles de kilómetros de distancia de su lugar de origen. ¿Cómo había podido llegar hasta allá sin darse cuenta? Esto lo dejó totalmente desconcertado.

Casi mecánicamente comenzó a caminar por las calles del comercio hasta detenerse a curiosear en un puesto de artesanías.

Lo volvió a la realidad la voz de una mujer que le dijo: -¡Qué bonita bolsa joven! ¿acá la compró?

Al levantar la vista para agradecer el cumplido y aclarar que había sido un regalo de su difunta madre, estuvo a punto de sufrir un infarto; la persona que estaba frente a él era su propia madre, o al menos eso le pareció, pero con un atuendo de indígena centroamericana.

-¿Eres tú?...eres tú?

-No sé con quién me confunda joven, pero yo soy Angela y vivo aquí desde hace algunos años atendiendo este puesto.

-¡Usted es el vivo retrato de mi madre! Pero no puede ser, ella está muerta. -Cómo lo lamento joven, ¿Cómo me dijo que se llama?

-Perdón, soy Antonio y no soy de acá, vengo de muy lejos.

-¡Ah! ¿acaba de llegar? Me llamó la atención su hermoso bolso que no lo fabricamos por acá.

-...este...este...si, llegué hace poco y este bolso es un regalo de mi difunta madre, por eso es mi compañero inseparable.

-¿De dónde viene usted?

-De Yucatán.

-¡Ah! Allá también hay cosas muy bonitas y lugares como Chichén y Uxmal. Yo no conozco esos lugares, pero dicen que son muy bonitos.

-Si, disculpe usted que yo la haya confundido con mi difunta madre, pero es que se parece usted mucho a ella, pero le repito, ella está muerta.

-Descuide, no me ofendió. Yo soy viuda y solo tengo un hijo que está muy lejos, pero yo estaría muy feliz de que usted fuera él.

-Gracias señora, pero dígame ¿cómo puedo regresar a Yucatán?

-¿No compró usted boleto de regreso?

-No, es que...es que ... yo... vine por mi cuenta.

-¡Ah! Entonces no hay problema, quédese Ud. unos días y conozca mejor este lugar y sus alrededores.

-No señora, es Ud. muy amable pero tengo qué regresar. Tengo un compromiso qué cumplir.

-Entonces tome Ud. un vuelo hacia Belice y luego se va a Chetumal, creo que de allá puede Ud. ir a Yucatán.

-Gracias señora y perdone que la haya confundido, pero Ud. es el alma gemela de mi difunta madre, la misma mirada apacible y soñadora y la misma sonrisa dulce y acariciante.

-¡Ay, gracias! Pero creo que no merezco tanto.

-Yo creo que merece Ud. mucho más, pero bueno, hasta luego.

-Espere, quiero hacerle un pequeño obsequio ¿le gusta este extraño guerrero maya tallado en madera? Dicen que tiene mucho poder.

-Si señora, claro que me gusta, es muy bonito y de nuevo, muchas gracias, es Ud. muy amable.

Antonio se dirigió a la ciudad y compró un boleto para el primer vuelo a Belice a donde llegó al atardecer del día siguiente. Sin perder más tiempo, compró boleto para la ciudad de Chetumal y al día siguiente se fue a la ciudad de Mérida, dirigiéndose a las oficinas de su jefe para manifestarle que había tenido necesidad de salir momentáneamente de su comunidad para resolver algunos asuntos urgentes, pero que se reintegraría de nuevo a su trabajo.

Por la distancia a que estaba su comunidad, sus jefes ni se habían enterado de su ausencia. Solamente Andrés, un maestro que trabajaba cerca de su comunidad se había enterado de su desaparición. Al salir ambos de las oficinas, le dijo Andres:

-Oye amigo, le dijiste a los jefes que saliste unos días y en realidad hace más de una semana que desapareciste de tu comunidad.

-No vaciles, ¿Le dijiste algo a los jefes?

-¿Cómo crees que te voy a “quemar”?. Oye, ¿es cierto que te habían llevado los “Yumtsiles” del cenote? Alguien vio que te dirigías hacia allá y después no volvieron a saber nada de ti ¿Qué fue lo que en realidad pasó?

Antonio le contó a Andrés todos los pormenores de su odisea y su encuentro con el “doble” de su madre allá en Guatemala.

-¿Cómo puede ser Andrés? ¿Cómo te lo explicas?

-No mi amigo, lo que pasa es que la muerte de tu madre te afectó mucho, no has podido borrarlo de tu mente y al pensar en ella, te pareció verla en ese lugar.

-¿Y cómo llegué hasta allá?

-No llegaste, fue un sueño.

-¿Un sueño? Tengo los boletos de regreso desde allá y además ¿el guerrero maya? Él es un mudo testigo de que estuve allá. Lo tengo aquí en mi morral.

Al decir esto abrió su morral y extrajo el extraño personaje de madera y se lo enseñó a su amigo.

-Pues si, todo es muy raro, pero en fin...

Mientras tanto, en su comunidad, a los 9 días de su desaparición, los “menes” se reunieron a la orilla del cenote para realizar la ceremonia del “K’ex”, una ceremonia en que se daban diversas ofrendas a los dioses a cambio del regreso del maestro.

Antonio regresó a su comunidad y directo se fue al cenote a donde llegó justamente cuando uno de los “menes” ofrecía incienso, balché y varias ofrendas a los dioses, entre ellas una estatuilla maya para pedir su regreso.

Cuando lo vieron aparecer, todos gritaron llenos de alegría.

El “men” suspendió sus rezos y volteó para ver a Antonio, pero sosteniendo en sus manos la estatuilla que estaba ofreciendo.

Antonio quedó como petrificado, la estatuilla era muy parecida a la que le habían regalado en Tikal. Instintivamente buscó en su morral pero, ¡Oh sorpresa! La estatuilla del guerrero maya¡No estaba!

El “men” para recuperar a Antonio había realizado el “K’ex” que en lengua de Castilla se puede interpretar como El Trueque.

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