La Voz de Motul

Editorial

ELEUTERIO CHÉ.

ANACLETO CETINA AGUILAR, CRONISTA DE HUNUCMÁ.

“ELEUTERIO CHÉ”

Elut siempre había ido al monte en busca de los mejores árboles para aprovechar sus troncos, ya que él siempre se había dedicado a la venta de “palizada” para armar casas de paja, horcones para hacer “tinglados”, huano para cobijar las casas y todo lo referente a productos forestales.

Él nunca se había imaginado que estaba haciendo un gran daño irreversible a la naturaleza. Dese su más tierna edad había acompañado a su difunto padre al monte. Es verdad que para entonces no podía manejar con destreza el hacha debido a su corta edad, pero en cambio, su padre lo ponía a descortezar los enormes troncos, ya que así se les protegía contra el ataque del peligroso gusano “barrenador” cuya larva, cuando se introduce en un tronco cavaba en él profundos “túneles” que debilitan la madera y la hacen inservible para la construcción.

Pero como ya se dijo, él nunca pensó que todo eso constituía un enorme daño a la madre naturaleza.

Ahora que los propios árboles reunidos en consejo decidirían su suerte, podía ver como en imágenes retrospectivas, los enormes campos desprovistos de toda vegetación y el área toda llena de vida que los árboles protegían, ahora se había convertido en un inmenso erial semidesértico en donde únicamente crecen zarzas y espinares y únicamente se arrastran algunas lagartijas que se escondían debajo de las piedras para huir de los inclementes rayos del sol.

Lo sacó de estas cavilaciones la cavernosa voz de un enorme árbol de “jabín” quien le dijo: -Ea J-Elut, tú has derramado mucha sangre de mis amados hermanos los árboles. Desde muy joven has estado hincando sin piedad el ominoso filo de tu hacha en el tronco sagrado de mis hermanos. Ellos que en una sagrada plegaria elevan los brazos al cielo para pedir a los dioses el milagro de la lluvia para que podamos crecer y para que ustedes también tengan vida. Nosotros que ofrecemos nuestros fuertes brazos como verdes cunas en donde se mece la canción de las aves, no hemos sido dignos de la piedad del hombre.

Lo más triste es que tú has entregado a mis hermanos a la insaciable voracidad del hombre moderno que es el peor de nuestros enemigos. Si, él, porque tus antepasados los mayas, esos sí que sabían respetarnos. Ellos, antes de hacer sus milpas, invocaban al dios “Yum K’ax” para pedirle que les perdonara de antemano el daño que iban a ocasionar, pero que era absolutamente necesario, pues de ello dependía su supervivencia

En cambio el hombre moderno solo destruye a mis hermanos para satisfacer su vanidad al utilizar nuestra madera para la fabricación de lujosos muebles. Otros cortan árboles para cercar potreros donde encierran su ganado que es uno de los mayores destructores de la naturaleza.

Tú ni siquiera te imaginas que además del daño que nos causas, también estás dañando a tus semejantes, pues nosotros somos los únicos que fabricamos el el elemento vital que respiran: el oxígeno. El día que caiga el último árbol de la tierra, desaparecerá el último átomo de oxígeno y por tanto, desaparecerá todo ser viviente que respira.

Es una lástima que te llames “Eleuterio Ché” pues de “Ché” (madera, árbol) no tienes nada.

Pero no importa Elut Ché, hoy vas a sentir lo que sienten mis hermanos cuando te miran venir cargando al hombro tu horripilante hacha filosa. Si no estuviéramos fijados en la tierra con nuestras bienhechoras raíces, emprenderíamos una veloz huída para escapar del implacable castigo que nos infiere el golpe asesino de tu hacha fatal.

Hoy te daremos la oportunidad de elegir lo que deseas ser: el dócil “Chacaj” con cuya madera suave se hacían los hermosos banquillos y ahora se elaboran adornos que ustedes venden a los extranjeros; o si lo deseas, puedes ser el altivo “K’anchunu’up” con que tus ancestros hacían las frescas casas de paja; pero si quieres, puedes ser el resistente “Bojón” que te ayuda a destruirnos, pues con él haces el cabo de tu hacha, o también puedes ser el elegante “Sac Ocóm” que te sirven para los horcones de tu casa; igualmente podrías ser el humilde “Tzalam” cuyo humo hace llorar a tu esposa junto al fogón. En fin, podría yo hablarte de tantos hermanos, muchos de los cuales han desaparecido o están a punto de hacerlo, como el “guayacán” con que tus abuelos hacían sus “batidores” y los niños sus trompos; el “chulul” de madera durísima semejante al hierro; el “Chintok” llamado también “quiebrahacha”; el “Sabakché” que doblas para dar la forma redondeada a tu casa y así, tantos y tantos árboles que ustedes han destruido sin preocuparse por reponer los que cortan.

-¿Y por qué dices que voy a sentir lo que sienten los árboles que corto? – Preguntó Elut.

-Porque te vamos a convertir en uno de nosotros.

En ese momento Elut Ché sintió que sus pies se iban fijando al suelo. Por más que se esforzaba no podía moverse para alejarse de aquel tétrico lugar en donde los árboles extendían sus ramas como para impedir que escapara.

Posiblemente el miedo lo haya paralizado, pero él tenía la sensación de que le salían raíces que lo sujetaban al suelo. Después vio que los harapos con que se cubría se convertían en hojas y sus brazos se retorcían hasta cobrar la apariencia de las sarmentosas ramas de un árbol.

Al comprobar la extraña metamorfosis que en él tenía lugar, Elut Ché comenzó a sudar copiosamente. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente y éstas caían hasta su “tronco”.

-¡Ah! Te has convertido en “Dzudzuk”, el árbol que llora. Le dijo el añoso jabín. Ahora en unos momentos, vas a verter todas las lágrimas que mis hermanos han derramado pidiéndole inútilmente clemencia al hombre engreído.

-¡No estoy llorando! Quiso decir Elut Ché, casi al mismo tiempo que sintió que unas candentes lágrimas se escurrían por las comisuras de sus ojos.

Entonces se dio cuenta de que en realidad lloraba por un oculto sentimiento de culpa que ahora le invadía, pues desde su estatura de árbol podía ver los millones de árboles salvajemente mutilados a todo lo ancho de la tierra. Un ensordecedor golpeteo de hachas llegaba hasta sus oídos y un frío terror recorría todo su “tronco y sus ramas”. Ahora podía sentir lo que siente el árbol ante la presencia del leñador.

-Es horrible ¿verdad? Le dijo el viejo jabín.

-Ustedes no han perdonado a nadie, ni a mi sagrado hermano “Yaxché”, la Cceiba que es el eslabón que aproxima al hombre con lo divino ¿acaso no sabes que mi hermano “Yaxché” introduce sus poderosas raíces hasta la oscura morada de los “Bolontikú”? o los neve señores de la noche y sus ramas las eleva a través de los “Oxlahuntikú” o los trece compartimientos de los dioses de la luz? Por eso tus antepasados los mayas respetaban al “Yaxché”, pero ustedes ni eso han respetado. Por eso todavía te falta aproximarte al sufrimiento del árbol.

-¿Por qué dices eso? –Preguntó Elut Ché.

-¿Acaso no es suficiente con lo que he sufrido hasta este momento? Te juro que estoy arrepentido. Si me vuelves a mi estado natural, te prometo no volver a cortar árboles.

-¿Tu estado natural? ¿Qué sabes tú de tu estado natural? Todos los seres vivos no somos más que un instante en la manifestación de la vida universal.

-¿Entonces qué es lo que me espera?

-Lo que te espera es que los “aluxes”, esos duendes burlones que habitan el bosque, vendrán con sus hachas de piedra y golpearán tu tronco hasta derribarte.

-¡No! ¡Por favor no me hieras! –suplicó Elut Ché.

En ese momento se escuchó una especie de gruñidos acompañados de risitas burlonas y vio aparecer entre la maleza a unos como niños rechonchos, pero de cara arrugada y nariz aguileña que traían cargadas unas filosas hachas de piedra.

Comenzaron a danzar de manera grotesca alrededor del “tronco” de Elut Ché y a la voz del que parecía ser el jefe, uno de ellos le asestó un fiero golpe al “tronco” de Elut Ché. Éste lanzó un grito de dolor y perdió el conocimiento.

Al despertar, vio que unas personas vestidas de blanco rodeaban su lecho. Al principio pensó que estaba rodeado de ángeles.

Lo sacó de sus cavilaciones una dulce voz que le dijo: -¿Cómo se siente usted don Eleuterio?

-¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

-Yo soy la enfermera y éste es el doctor Madera.

-¿Madera? ¡Nooo! –Gritó Elut con desesperación.

-Cálmate, tranquilízate. Estás muy débil –Le dijo la enfermera.

-¿Dónde estoy?

-Estás en el hospital. Te trajeron unos campesinos que te encontraron tirado en el monte con un enorme tajo en tu pierna.

Entonces, Eleuterio, como despertando de un profundo sueño recordó que muy temprano había salido hacia el monte para cortar unos hermosos troncos que había visto unos días antes y que le servirían para completar un importante pedido que tenía qué surtir.

Recordó que al llegar junto al más grande de los árboles se dispuso a descargar el primer hachazo, pero no se dio cuenta de un bejuco que colgaba de las ramas y el hacha se atoró en él, desviando el golpe que fue a dar justo en su pierna izquierda.

Fue en ese momento que empezó a ver cómo los árboles se reunían y le recriminaban su inconsciente delito de muchos años de estar derribando árboles

-Entonces en que me corté con mi hacha comencé a desangrarme y por eso tuve unas alucinaciones.

-No, Eleuterio, no te cortaste con tu hacha. De ser así, el golpe te hubiera cercenado la pierna. Más bien parece que te cortaste con alguna piedra filosa, pero donde te encontraron tus amigos dicen que no hay ninguna piedra.

-¿Entonces con qué me corté?

-No sé. –Dijo el doctor. –Todo es muy raro. Los bordes de la herida no demuestran que se haya producido con algo muy filoso, sino, como te repito, más bien pareces haberte cortado con una piedra.

-¡Ah! Entonces me corté con el hacha de los aluxes –dijo Elut en son de broma.

Todos se echaron a reir, pero él prometió solemnemente que desde ese día no volvería a cortar más árboles y que al contrario, participaría en alguna campaña

de reforestación para resarcir, aunque sea en parte, el grave daño que había ocasionado a la naturaleza durante tantos años como depredador.

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