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La Voz de Motul

Editorial

FANÁTICO DE TROLES Y DUENDES.

CAROLINA CAUICH TAMAYO. 

Mucho tiempo atrás vivía un chico que era un absoluto fan de los troles. Tenía la más increíble colección de muchos troles, aluxes, duendes y demás nombres con los que se le conoce a este singular personaje. Su habitación parecía más un museo que el cuarto de un joven de su edad. Era un chico tímido y muy reservado, y su extraña afición lo puso en el punto de mira de un grupo de chicos indeseables que había en su pueblo.

Este era un grupo de delincuentes juveniles que se divertían golpeando, robando y humillando al resto de muchachos, pero en su caso el acoso era continuo y diario. Sabían que el nunca diría nada a sus padres y eran lo suficientemente listos como para golpearlo en lugares en los que no quedara marca o se taparan con la ropa.

Tan continuo fue el acoso, que acabó acostumbrándose y cuando lo empezaban a molestar se alejaba del dolor pensando en su adorada colección. En sus fantasías recorría un idílico mundo donde nada ni nadie podían hacerle daño, y de esta forma aprendió a ignorar el dolor y la humillación.

Los abusadores vieron cómo los llantos y quejidos se convirtieron en una cara inexpresiva. Y lo que más los inquietaba, era que sus ojos parecían como muertos, vacíos e indiferentes a las palizas que recibía.

El líder del grupo comenzó a darse cuenta de que su comportamiento le hacía perder el respeto de los demás, que veían como era incapaz de doblegarlo. El chico no se resistía, no luchaba, no lloraba, era como si simplemente lo ignorara. Pero lo que era aún peor… ¡Le daba miedo!.

No sabía el porqué, pero esos ojos inexpresivos con los que lo miraba cuando lo golpeaban, simplemente le helaba la sangre. Un día decidió acabar con el problema y organizó a su banda para seguir al chico hasta su casa.

Aprovechando que sus padres llegaban tarde del trabajo, pretendían infligirle tanto dolor que temblara cada vez que se acercaran a ellos. Sabía que eso no lo podía hacer en la calle porque siempre podría haber alguien que los delatara.

Y en las fechas en las que se celebran a los fieles difuntos el chico al llegar a su casa lo primero que hizo fue ponerse cómodo y dispuesto a admirar su colección de troles, como cualquier día normal. No habían transcurrido ni dos minutos cuando en la puerta golpeaban. Sin pensarlo abrió y, antes de que pudiera reaccionar, dos chicos de la banda ya lo tenían inmovilizado por los brazos.

Los delincuentes entraron a su casa y cerraron la puerta, asegurándose que nadie las hubiera visto. Arrastrándolo lo subieron hasta su habitación y comenzaron a burlarse de su colección mientras destrozaban una por una sus figuras, sábanas o cualquier otro objeto que encontraban en su paso.

Pero el chico ya se había evadido mentalmente. Sus ojos una vez más se habían vuelto inexpresivos y parecían ajenos a todo dolor o vejación. Probaron apagándole cigarrillos en la pierna, con cortes en su piel, saltando sobre él… pero todo parecía inútil.

Esos ojos fijos, como perdidos, empezaron a atemorizar a todo el grupo y algunas de ellos comenzaron a decir que era mejor irse, que alguien podía llegar o cualquier otra excusa para ocultar la realidad, ¡Se morían de miedo!.

El líder no podía dejar las cosas así, y decidió acabar de una vez por todas con el problema. -¿Sabes qué fue lo que dijo ese duendecillo? – le dijo mientras metía una mano en el bolsillo.

Pero el chico no contestó y continuó inmerso en su mundo de fantasía.  No puede decir nada – dijo el jefe del grupo – ¡Porque no tiene boca! – y de repente sacó una navaja abierta del bolsillo, con la que le comenzó a arrancar los labios al chico. Dejando su ropa, sus sábanas y toda su habitación de troles manchados de sangre.

Pero contra todo pronóstico el chico ni se inmutó y continuó mirándolo con esos ojos sin vida. El líder de la banda asustado comenzó a apuñalarlo en el pecho, le clavó incontables veces la navaja hasta que murió escupiendo sangre y con los pulmones totalmente perforados.

Las demás integrantes de la banda salieron corriendo, pensaron ir a asustarlo, en ningún caso habían ido para asesinarlo. Pero igualmente eran cómplices y sabían que todos ellos podían ser juzgados. Para ocultar las pruebas que hubieran podido dejar, el líder prendió fuego a la habitación y en pocos minutos, era toda la casa la que estaba en llamas.

Pero por más que corrieran o se ocultaran nunca podrían escapar de lo que habían hecho, y sin saberlo habían despertado una sed de venganza que el chico no pudo cobrarse en vida, pero sí lo haría en la muerte y desde el más allá como un fantasma siempre en vísperas del Día de Muertos.

Todas ellos empezaron a tener horribles pesadillas en las que podían ver los ojos inexpresivos del chico asesinado mirándolos fijamente. Pero eso no fue más que el principio, cuanto más fuerte era el fantasma, más poder ejercía sobre ellos, y un día comenzó el verdadero sufrimiento.

Sin saber cómo, los asesinos comenzaron a sentir que cada vez les costaba más abrir la boca, hasta que un día despertaron con la boca como si estuviera sellada. No podían hablar, no podían comer, ni beber, y por más que intentaban forzar las mandíbulas, no eran capaces de despegarlas.

El líder fue la primero que sintió el efecto y el primero en darse cuenta al mirarse al espejo que su boca parecía difuminarse, como si se estuviera borrando, hasta finalmente desaparecer.

Parecían un dibujo de algún duende de los que estaban en el cuarto de su víctima, en el que no existía la boca en el rostro del duende. Por supuesto que nadie más aparte de ellos podía ver que su cara no tenía boca. Era como si el fantasma jugara con su mente torturándolos.

En un par de días los abusadores se empezaron a sentir mal, no podían beber y comenzaban a sentir los síntomas de la deshidratación, tenían terribles dolores de cabeza y en sus delirios veían los ojos inexpresivos del chico mirándolos fijamente en cualquier lugar.

Podían sentir como los golpeaban pero no podían gritar, y lo que era aún más inquietante, una especie de fuerza malévola les impedía pedir ayuda. Poco a poco fueron sucumbiendo, rindiéndose al dolor y sus ojos fueron perdiendo brillo, perdiendo vida y volviéndose tan inexpresivos como los del chico al que humillaron, golpearon y finalmente asesinaron.

Cuando se iban rindiendo su mente abandonaba su cuerpo y entraban en un coma irreversible. Su mente se evadía y llegaban a un idílico lugar lleno de flores y pequeñas muñecos de duendes y troles que jugaban y saltaban divirtiéndose. Era el mundo imaginario en el que el chico asesinado se evadía del dolor.

El líder de la banda fue el último en doblegarse y caer en un coma profundo. A los pocos segundos de llegar a aquel paradisíaco lugar, el cielo se oscureció y decenas de troles que jugaban distraídos se giraron hacía él mirándolo fijamente, con los mismo ojos sin vida que los del chico.

Había comenzado su verdadero sufrimiento, pues en este mundo no había como escapar del dolor y el chico torturado se aseguraría de que no cesara el dolor hasta que alguien los desconectara de las máquinas que las mantenían con vida en el mundo real, en un coma profundo del que nunca despertarían.

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