La Voz de Motul

Editorial

LOS SATELITES MUSICALES.

FAULO SÁNCHEZ Y NOVELO. LOS SATÉLITES MUSICALES Y LA TROMPETA DE ORO DE BARTOLOMÉ LORÍA CANTO. PUBLICADO EN LA VOZ DE MOTUL.

Nací en el pueblo de Sucilá, que queda entre Espita y Tízimín, el 24 de agosto de 1929. Mis padres se llamaron Agapito Loría y María Dolores Canto. Mi papá era agricultor y mi mamá se dedicaba a las labores de la casa.

Nosotros fuimos cuatro hermano: el segundo se llama Alvino, el tercero Nicolás (+) y José Dolores, el menor, que también se dedicó a la música; él vive aquí en Mérida y toca actualmente en la orquesta que actualmente dirijo. Yo fui el primero y por tanto el hermano mayor.

Allá en el pueblo, de niño acompañaba a mi papá al campo. Pero como en los pueblos siempre se acostumbra que uno aprenda un oficio, desde la edad de seis años mi papá me entregó a aprender la zapatería y talabartería en el taller del maestro Claudio Sánchez.

En esa época llegó al pueblo el maestro Hilario Be para enseñar música; él era de Buctzotz. Cuando eso yo no tenía la edad que se necesitaba para entrar al grupo que formó el maestro, pero iba de oyente a las clases. Este grupo dio origen a la orquesta del Ayuntamiento de Sucilá. Esa orquesta tenía unos doce elementos.

Como le decía yo iba de oyente y de vez en cuando me ponía a vacilar con algún instrumento.

Un día llegó a Sucilá una orquesta de Mérida que dirigía el maestro Jenaro Ayora; como es natural traía una batería que tocaba el maestro Sabido, al que le llamaban “El Negro” Sabido.
Me gustó ver cómo tocaba ese señor la batería y entonces le dije a mi papá:

-Me gustaría tocar ese aparato
-¿Y cómo sabes que te gustaría?, me preguntó.
-Pues…se me hace
-¿Seguro?
-Sí, yo creo que sí puedo aprender.
-¿Tú crees?
-Pues yo creo que sí.
-Voy a platicar entonces con el maestro.
Mi papá habló con el maestro Sabido:
-Este chamaco dice le gustaría tocar la batería.
-¿De veras te gusta?, me preguntó “El Negro” Sabido
-Pues…sí me gustaría.
-¿Y tienes nociones de música?
- Pues aquí con los compañeros toco a veces el bongó
-Bueno, pues eso es lo de menos. Si te gusta yo les vendo este aparato, le dijo a mi papá.
-¿Y cuánto cuesta?, Preguntó mi papá al maestro Sabido. Si de veras te gusta yo te lo compró, me dijo luego.
- Terminando la fiesta les dejó el instrumento, contestó “El Negro”.

Y así fue. Terminó la fiesta y yo me quedé con el instrumento.

Entonces el problema era quién me iba a enseñar, pues en el pueblo solo estaba el maestro Martiniano González.

Él fue quien me dio las primeras lecciones.

Un día le dije:
-Oiga, maestro. Yo me quiero dedicar a este instrumento.
Él me respondió:
-¡Ah!, pues para eso necesitas irte a Mérida, allí es distinto.
-¿Cree usted?
-¡Claro que sí!
Entonces le dije a mi papá:
-Yo me iría a Mérida con tal de aprender este instrumento
-¡¿Pero estás loco, chamaco?!
-A mi parece que…
-Bueno, sí es así, nada más termina este año aquí en la escuela y te vas.

En esa época en el pueblo sólo se podía estudiar hasta cuarto o quinto año. Tampoco había escuela. El maestro que iba a dar clases lo hacía en el palacio municipal y allí acudíamos todos los niños de entonces.

Cuando tenía trece años mi papá me trajo a Mérida, a casa de mi tío Estanislao Loría, que vivía entre la Carranza e Itzimná.

Inmediatamente me inscribieron en la Escuela de Música de Bellas Artes.

Aquí en Mérida iba a la escuela, pero también trabajaba en el taller de zapatería del maestro Pedro Rivero, que era de Espita, donde aplicaba lo poco que aprendí en Sucilá.

Prácticamente sólo ganaba para pagar los camiones que utilizaba para ir a clases de música. El taller estaba en la calle 43 por 58.

En la Escuela de Música de Bellas Artes había un conjunto orquestal. El maestro Daniel Ayala Pérez, en ese tiempo director de Bellas artes, me dijo:

-Llega a buen tiempo, pues fíjese que necesitamos una batería en la orquesta de la escuela.

El maestro Pedro Concha era el que nos enseñaba el instrumento. Este maestro baterista de la orquesta de “Pipirín” González. La batería se me hizo fácil porque me gustaba. Pronto pude acompañar a la orquesta con mi batería.
Pero de repente se presentó un problema, porque un día sin querer agarré una trompeta allí en la escuela y empecé a soplar y soplar.

Estaba allí el maestro José León Bojórquez, que era el director del conjunto orquestal, me escuchó y dijo:
-Oye, tú puedes tocar la trompeta.
-Pero yo toco batería, le dije.
-Lo de la batería está bien, pero ahorita lo que más nos interesa y necesitamos es quien toque la trompeta.
Y le dijo a uno de sus ayudantes:
-Mañana mismo se van a la bodega a buscar una trompeta y que empiece con ella. Vamos a entregárselo al maestro Antonio Hernández.

Al día siguiente me dijeron:

-Aquí tienes tu trompeta, y empecé a tomar clases.

En ese tiempo en la Escuela de Música se estudiaba mucho, pues había que ir de lunes a viernes para tomar distintas clases, como solfeo, historia de la música y otras materias.
Allí adquirí las primeras nociones del instrumento a través del Método de Arbán. Todavía conservo mi libro.
En la escuela aprendíamos todo tipo de música, pero sobre todo la llamada clásica. Sin embargo, el maestro José León Bojórquez la orquesta nos escribía música popular como danzones, foxtrots, boleros e inclusive música de su propia inspiración.

Cuando falleció el maestro Bojórquez la orquesta quedó en manos del maestro Pelleta, un español que también era maestro de la Banda del Estado.

A la edad de 14 años ya tocaba en la orquesta y en esa época se formó un conjunto de adolescentes que se llamó “Carabalí”. La pianista de este conjunto era Ana María Mendoza, de la que todavía se habla mucho en la ciudad de México.
Ya desde eso, Yucatán estaba muy pegado a la música de Cuba, de manera que nosotros tocábamos guarachas, sones, etc. Esa era la música del conjunto “Carabalí”.

Teníamos un programa que se pasaba en la XEMQ de 6 a 6 y media de la tarde. El locutor era Robles de la Vega. El programa era patrocinado por la panadería La Colonial.

Nuestras actuaciones eran en vivo, de lunes a viernes.

En el grupo estaba Ramón Escalante, William Gómez y otros. Éramos como nueve. Había piano, trompeta, bajo, ritmos. Era un conjunto de los que ahora se llaman “Sonora”, pero que antes le llamaban “son”. Las guarachas que tocábamos es lo que hoy llaman “salsa”.

Lo único que nos daba don Pepe, el señor que había organizado el grupo, era una gastada de 10 centavos; con eso era suficiente para ir al cine, que costaba 2 centavos, y comprar otras cosas.

Don Pepe hacía los contratos y cobraba. Generalmente íbamos a fiestas infantiles de niños ricos y muy pocas veces fuimos a bailes; las veces que lo hicimos sólo tocábamos una hora cuando mucho.

Cuando íbamos a las fiestas don Pepe decía:

-En vez de refrescos, que les den leche y pan a esos muchachos.
En ocasiones nos llevan leche en cubos.

Alternaba el conjunto con la escuela. Como en Mérida en ese tiempo había otros conjuntos, a veces me llamaban para ir a tocar como suplente y ganaba algunos centavos más.

Toqué en varios de estos conjuntos, como el “Pradera”, el “Hawai”, el “Tropical” y otros.

En una de esas me invitó el maestro Jenaro Ayora a su orquesta. No tardé allá, porque al poco tiempo formé mi propio conjunto para tocar en el centro nocturno “Tulipanes”.
Una noche cuando estábamos tocando en ese lugar llegó un señor y me preguntó:

-Oye, ¿cómo se llama el conjunto?

-Pues figúrese que todavía no tiene nombre, porque hace menos de quince días que comenzamos a trabajar aquí. No sé si le van a poner “Tulipanes”, le dije.

En ese entonces había allí una orquesta del maestro Horacio Barrera que tenía el nombre del centro nocturno.

De sus elementos surgió luego la orquesta de Ponciano Blanqueto.

-Yo soy de La Habana – me dijo aquel señor-, y vengo de una ciudad que se llama Marianao. Soy aviador y siempre que vengo a Mérida me gusta frecuentar este lugar. ¿Porque no le ponen el nombre de mi pueblo? Si lo hacen, cada vez que yo pueda les ayudo. Cuando vaya a La Habana les traeré música de allá.

-Bueno, ¿por qué no? – le respondí.

-Por de pronto, que manden a hacer los atriles. ¿Cuánto costaría?, preguntó e inmediatamente añadió: Aquí les dejó el dinero y en mi próximo viaje les quiero ver ya con el nombre de Marianao.

-Bueno, está bien.

Al poco tiempo no sólo nos trajo música impresa de Cuba, si no también nuestros uniformes. Se portó muy bien con nosotros. Él seguramente viajaba por todo el mundo.

En el grupo había condiscípulos míos y otros músicos que conocía cuando iba a tocar a otros conjuntos.

En “Tulipanes” nos pagaban de 20 a 25 pesos por noche. Éramos nueve músicos.

El conjunto “Marianao” duró aproximadamente año y medio.
En eso, el Sindicato de Filarmónicos nos comenzó a observar y como no estábamos afiliados, nos invitó a pertenecer a él, pero ya no como conjunto, sino como orquesta.

En el sindicato nos pusieron más músicos, más instrumentos y entonces nos comenzamos a llamar “Orquesta Marianao”.

Comenzamos a salir a los pueblos. Allí llegábamos a casas particulares, escuelas o en los palacios municipales.

En ese tiempo viajábamos en trenes, pues no había muchos camiones.

Y cuando teníamos que tocar en un lugar distinto a la cabecera municipal, lo hacíamos en “trucks” y plataformas tiradas por caballos o mulas. Cuando comenzaron a circular los camiones de carga, comenzamos a viajar en ellos. En comparación con los otros medios, para nosotros estos camiones eran como aviones.

La “Orquesta Marianao” se fundó en 1935 o 1940. Cuando íbamos a tocar a las fiestas de los pueblos nos quedábamos allí de tres a cinco días. Hubo veces que nos “rayaron”; creo que no hay filarmónico al que no le haya pasado esto.

En esa época había menos gente que ahora, pero la gente de entonces era más divertida quizá, o le gustaba más la música. Los bailes se ponían muy buenos y en ese tiempo comenzaban a las 8 de la noche y cuando mucho terminaban a las 12. Muy raras veces se prologaban a la una de la madrugada.

Al principio se tocaba una pieza tras otra; luego se pusieron de moda las series de tres piezas seguidas y un intermedio; después seis y el intermedio; luego que una hora, dos horas y así sucesivamente.

Era la época de la Segunda Guerra Mundial y a la gente le gustaba mucho la música de las grandes bandas norteamericanas como las de Glenn Miller, Jimmy y Tommy Dorsey, Ray Anthony, y se tocaban ritmos como el swing, el boogie-woogie, el foxtrot, etc.

De músicos mexicanos tocábamos danzones de Ramón Márquez y Alejandro Cardona. En Yucatán había muchas orquestas. Me acuerdo de las de Eleazar Méndez, Nicolás Canto, Hernán Canto, Javier Cuevas, los hermanos Madariaga y la “Montejo” de Fernando Cardeña.

Nuestra orquesta tuvo varios vocalistas. El que duró más tiempo con nosotros fue un muchacho de nombre Jorge Cervera “El Pirulín”, quien actualmente vive en Cozumel.

Después de que terminó la Orquesta Marianao, me invitaron a formar una banda, es decir, una orquesta más grande. Las bandas en ese tiempo contaban con unos 18 músicos. Fue Raúl Castillo Cacías el que organizó esa orquesta y quien le puso el nombre de “Los Satélites Musicales” y que se anunciaba añadiéndole: Y la trompeta de oro de Bartolomé Loría. Esa orquesta existio durante 13 ó 15 años.

Nuestro vocalista en esa época era Vicentico Cabrera.

Las partiduras de música americana llegaban a México desde donde nos la enviaban. Nosotros escuchábamos la radio, oíamos una melodía que nos gustaba, anotábamos el título y la pedíamos a nuestro proveedor.

En aquel entonces ensayábamos 2 horas 3 veces a la semana en el local de la estación radiodifusora XEQW.

Yo no me dediqué a hacer arreglos ni composiciones, sino únicamente a la ejecución de la trompeta.

Dirigía la “Orquesta Marianao” al frente, pero con “Los Satélites Musicales” lo hacía desde mi sitio de trompetista porque se necesitaba. Entonces se acostumbraba que los músicos usáramos traje completo durante nuestras presentaciones.

Nunca hicimos grabaciones profesionales, pero si grabamos más de cien piezas, las cuales cuando salíamos a tocar a los pueblos, las utilizaba Raúl Castillo para el programa de radio. Él se quedó con todo ese material y quien sabe en dónde lo habrá parado.

“Los Satélites Musicales” se formó para tocar en el local de Carta Clara, donde era empresario el señor José Marrero. Él quería que esa sala tuviera una orquesta fija y fue uno de nuestros patrocinadores.

Los domingos tocábamos allí en las tardeadas y nos pagaban unos 450 pesos. En la radio nos daban 6 pesos diarios. Con lo que ganábamos en la tardeada nos daba para vivir tranquilamente durante toda la semana, pues el dinero valía más que ahora. Así lo que ganábamos en la radio era una extra.

¿Mi familia? Conocí a la que ahora es mi esposa

-María Alberta Bastarrachea- aquí en Mérida, en una de mis salidas a tocar. Nos casamos en la iglesia de Lourdes hace unos treinta y siete años y nos apadrinó don Miguel Tzab y su esposa, tíos de mi mujer. Mis hijos son Irán, Ninger y Marisa. El primero es ingeniero químico industrial. Irán comenzó a tocar la guitarra, pero luego lo dejó para dedicarse exclusivamente a los estudios.

¿Es difícil la vida de un músico? La vida de un músico es igual a la de cualquier otro profesional. Muchos piensan que le músico es una persona despreocupada, pero eso no es cierto para todos. Antes el músico que era ordenado sacaba para vivir yo diría incluso que desahogadamente, pues ganaba más que un maestro de escuela. Ahora ocurre lo mismo: un músico que se prepara como debe ser, es decir, que sabe leer música, gana más que los que sólo tocan sin saber. Los músicos de hoy quieren ganar mucho dinero en un solo día, pero no quieren prepararse, no quieren estudiar.

Actualmente creo que un 60 por cierto de los músicos de Yucatán vive única y exclusivamente de tocar. Estoy hablando de quienes han elegido la música como profesión, no como algo pasajero. El lenguaje de la música es universal; el que sabe, donde quiera que vaya puede trabajar, no sólo dedicándose a la música popular, sino a la música clásica, religiosa a grabaciones, música de películas, etc.

Ahora estoy dedicado a dirigir la Orquesta de la Secretaría de Protección y Vialidad. Esa banda se fundó hace muchos años, pero yo soy el director desde hace unos quince. El primer director de esta orquesta fue Vicente Castañeda, después un compañero de apellido Fuentes; yo soy el tercer director. Con esta orquesta tocábamos sobre todo música norteamericana de los años 40, es decir, de la llamada música del recuerdo.

Parte de los músicos de esta orquesta forman una charanga jaranera que sirve al Ballet Folklórico de la Universidad Autónoma de Yucatán, grupo con el que hemos actuado varias partes de la República, e incluso del extranjero como Estados Unidos, Francia, España, etc. Hemos viajado mucho con ellos.

Los músicos lectores son cada vez menos y podemos hablar incluso de una decadencia en este sentido.

Sin embargo, los pocos que toman en serio esta profesión son los que más progresan, porque al poco tiempo emigran a otras partes, especialmente a México, donde son mejor pagados. La mayoría de los jóvenes, como dije antes, tienen otra forma de pensar y no quieren estudiar música y por eso se van quedando aquí y no trascienden.

En este sentido, lo primordial, desde mi punto de vista, es fomentar el estudio de la música, sobre todo entre las gentes modestas. La mayoría de quienes tocamos en las orquestas vinimos de pueblos del interior del Estado y esto se sigue repitiendo. Son muy pocos los que nacen en esta capital y se dedican a la música; la mayoría estudia una profesión. En cambio la gente de los pueblos es la que muestra más vocación por la música y son ellos los que le dan alegría a los yucatecos cuando aprender a tocar. Aquí en el sindicato el maestro Secundino Pech abrió una escuela de los pueblos, muy pocos eran de Mérida. Desgraciadamente la escuela se cerró porque el maestro se enfermó. Eso sí: casi siempre los papás le aconsejaban a sus hijos que quieren estudiar música que también aprendan un oficio, porque saben que si nunca salen de ese pueblo, de la música no van a poder vivir, pero sí de su oficio.

¿Volverán a resurgir las orquestas? Yo creo que sí, es algo que tiene que suceder, porque como en todas las cosas, la música que escuchamos hoy llegará a su fin y se iniciará un nuevo ciclo. Y cuando eso suceda, los músicos volverán a empezar como hace sesenta años: aprenderán la música como debe ser. No dudo que a algunos le parecerá algo fuera de lo normal, pero si lo pensamos bien será algo de lo más natural. Tarde o temprano sucederá.

 

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