La Voz de Motul

Editorial

RELATOS BREVES DE DOLORES INMENSOS.

ABELARDO TAMAYO ESQUIVEL, CRONISTA DE DZILÁM GONZÁLEZ.

RELATOS BREVES DE DOLORES INMENSOS

Sus lágrimas escurrían, no solo por el dolor físico que lo agobiaba sino más por los remordimientos de sus equivocadas decisiones. No pocas veces con lágrimas se enjuagaba el alma pero la música era su bálsamo preferido; en su soledad siempre de compañera encontró esa oportunidad de reconciliarse consigo mismo. Decía que era el principio para acercar a la humanidad que quería tanto: su familia, amigos y aquellos que casi nada tienen.

En ocasiones le ganaba la impaciencia, cuando el fuerte dolor era recurrente: “una pistola…” –llegó a pensar-. “Si la eutanasia se aprobara” –dijo con cordura-, pero su deseo de ser útil lo animó a seguir aprendiendo hasta el final.

Reconocer los errores –reflexionó- no solo es un principio, una especie de ley moral para reivindicarse a sí mismo, sino un acto de confesión y a la vez de auténtica liberación. Pero esto –continuó- es tan solo el primer paso de un proceso que va en busca de la felicidad, del estar bien y sentirse bien, donde la buena intención no es suficiente. Es imprescindible el acto, la enmienda, la demostración con hechos de aquello en que se ha obrado mal. Y evitar nuevas imprudencias aún bajo circunstancias diversas; a esto se le conoce comúnmente como experiencia que nos va acercando a forjar éticamente el carácter y a una humanización solidaria y tolerante –remató contundente, y calló metiéndose en aquel silencio que le gustaba tanto.

Así fue casi toda su vida. Siempre callado, contemplativo en sus viajes y ensimismado en sus pensamientos. Prefería escuchar que hablar.

Desde que estaba en brazos de su madre, en la única fotografía con apenas 6 meses de haber nacido, notó la expresión de su rostro con el ceño fruncido y se vio a sí mismo como el hombre adulto preocupado por los problemas de la vida. “No le encuentro sentido estar hablando solo por hablar si lo que voy a decir no tiene relevancia alguna”, aclaraba sin soberbia, diciendo esto a nadie más que a sí mismo.

Su amada esposa le contaba que por las noches, cuando dormía, pronunciaba discursos arengando a su pueblo a levantarse en rebeldía. Y callaba más aún.

“¿Y si el tiempo fuera mío?”, se dijo con paciencia y cordura. “¡Sabría escuchar la música y entonces la apreciaría como un arte; aprendería a elegir mi paisaje y comprendería porqué se escucha el eco del silencio cuando callo; no prostituiría mi libertad y sería el ser más feliz al saborear las cosas más simples de la vida. Asimilaría hasta lo más profundo una caricia, una sonrisa, una lágrima!… ¿Y por qué no apropiarnos del tiempo? ¿No es acaso esto el principio de la verdadera sabiduría?”, remató convencido y con la firme determinación de ya no vivir en vano los últimos años de su existencia.

Aquel sentimiento le hizo correr nuevamente las lágrimas; esas lágrimas que, como los ríos por tanto fluir, le erosionaban la piel haciendo sus propios caminos; así iban quedando las huellas de una vejez tejida más que por el tiempo, por la sangre de las heridas del alma, de los amores malogrados, de los anhelos incumplidos.

Cada vez se convencía más que, por cada suspiro, se le iba parte de su vida. Eso lo sabía de sobra. Pero lo prefería porque a la vez sentía que, dialécticamente como acostumbraba analizar,   a su vida se le agregaba un tramo más de existencia cuando suspiraba, “esta paz que da el suspiro es como un trueque”  _pensó_ a cambio de aquel dolor insoportable que le partía el alma. “Mi muerte no puede estar muy lejos”, oyó de su subconsciente un rato, y se conformó. Se acordó que pudo morirse desde que salió de su pueblo a los 14 años de edad cuando se desbordó el río Lerma, cuando el temblor, o más antes, cuando a los 5 años  se cayó sobre la lumbre derramándose en él el agua hirviendo con que su madre habría de bañarlo. “Estoy viviendo demás”, se dijo entonces, y se quedó dormido de pronto, después de repasar el pasado de sus juveniles años que como sombras inquietas le revoloteaban el pensamiento.

Cuando despertó siguió soñando… ese dulce soñar con la esperanza…

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