La Voz de Motul

Editorial

EL LLANTO DE LA LLUVIA.

ABELARDO TAMAYO ESQUIVEL, CRONISTA DE DZILÁM GONZÁLEZ.

EL LLANTO DE LA LLUVIA

La lluvia y la naturaleza parecían querer cobrarse de una vez por todas las que le habían hecho.

Como si fueran  emisarios enviados por los molestos dioses  la nubes pasaban por los pueblos arremolinándose en los cielos con su color gris, casi negro, muy característico cuando ya estaban a punto de transformarse en torrenciales aguaceros; pero no, la lluvia no caería ya  nunca más pues era esa su misión precisamente: hacer creer que caería sembrando esperanzas en la gente que ansiosa lo deseaba,  pero una y otra vez, las nubes se alejaban, y alejaban, empujadas por el viento… y se deshacían… al  igual que la ansiosa espera de los pueblos…

Los ruegos y ofrendas ya no solo eran, como en los viejos tiempos, cuando los milperos alzaban de pie el cha’cha´ac a los dioses para que la tierra se nutriera de ese vital líquido y germinara el maíz para calmar el hambre en los hogares;  no,  no era para que el maíz, el  frijol y los frutos  de sus milpas sobrevivan sino para que ellos mismos,  los propios habitantes de la tierra,  no se mueran. Y como la lluvia se negó una y otra vez a seguir cayendo, la angustia los llevó a… ¡implorar arrodillados…!

Los pájaros suplicaban con sus cantos: el zentzontle, el tzutzuy y la xcoquita quienes por el tono de  sus trinos parecían decir: “ven sagrada lluvia, ven… llena las sartenejas de nuestra madre tierra y sacia también la sed de las pocas plantas que nos quedan, cúbrelas con el fresco rocío de tu esencia, hazlo por nosotros que nada te hemos hecho y que también hemos sido víctimas de la corrupción del hombre; te pedimos cantando que vengas… que vengas a salvarnos buena lluvia…”

Pero las únicas gotas que cayeron no era por la súplica de las aves sino por el propio llanto de la lluvia; esas gotas de llanto fueron devoradas por el polvo de la tierra sin efecto alguno para las plantas tristes que, con los poros cerrados y arrugados en una vejez prematura, se morían lentamente…

Y así la lluvia lloraba de vez en cuando… en los últimos tiempos…

Bien sabía el hombre burgués que de la ambición y su avaricia  sembradas en la tala inmoderada para instalar sus fábricas,  cosecharía solo las tempestades del viento que ahora llegaba y se esfumaba, como un mago con su magia en el arte de la burla.

Y no era ni más ni menos que eso merecían los hombres, pues cuanto más  la naturaleza misma les mostraba ante sus ojos el daño que sufría, más  torturaban sus penas y agonía…

Y el necio  poseedor siguió apropiándose de todo: no solo de la tierra y del fuego sino del agua y también del aire…

Hasta que un día la lluvia se cansó de llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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