La Voz de Motul

Editorial

LA FIESTA DE MOTUL A MEDIADOS DEL SIGLO XX.

VALERIO BUENFIL, CRONISTA DE MOTUL. IN MEMORIAM FIIBERTO CHIYÉAN, AUTOR.

La fiesta o feria de la ciudad de Motul iniciaba el 1 de julio y finalizaba el 16 del mismo mes. En lo religioso, estas festividades eran en honor a la Virgen del Carmen; había misas, novenas, rosario, entradas y salidas de los distintos gremios, que he dado a conocer en otra sección. En lo profano, inicia con la vaquería tradicional en todos los pueblos de Yucatán, y continúa con los bailes amenizados por las más prestigiadas orquestas de aquel entonces, que también menciono en otro apartado.

Había corridas de toros, en las que actuaban los diestros más conocidos de la tauromaquia local, entre los que destacaban: Mariano Canto, Felipe Chiu, Carlos Hubbe –que realizaba el temerario acto de colocar el par de banderillas con la boca–, Salvador Navarro, Paulino Villanueva y los motuleños Jesús Campos “Chucho Loco”, Armin Sosa “El buche”, Manolo Barrera –a quien algunos conocían como Manolo Barea–; más adelante abrazan esta difícil profesión Fermín Sosa Arce, hijo de Armin Sosa, y Ramón Hubbe, hijo de Carlos Hubbe.

La feria contaba con la presencia de los juegos mecánicos de la empresa “Ordoñez” o “Cáceres”; para los niños, el Carrusel, las Sillitas Voladoras y los Autitos; para los adolescentes y gente adulta, la Silla Voladora y la Rueda de la Fortuna; y para los más aventados, el “Martillo”.

Los bailes se realizaban en los corredores del Palacio Municipal; si no se esperaba mucha afluencia de bailadores –quizá porque la orquesta no era muy del agrado del público–, las sillas se acomodaban respetando las líneas de las columnas de los arcos municipales, pero cuando se esperaba un gran lleno, las sillas se alineaban fuera de las columnas. En el costado poniente posterior de los corredores del Palacio se instalaban las mesas y sillas para el expendio de la cerveza “Carta Clara”, que se servía con vasitos cerveceros de cristal denominados “Barrilitos”. Los que no apetecían cerveza, solicitaban licor; los que se expendían en aquel entonces eran “Pizá Araña” y “Habanero Oso”, con la dotación de un cubito –de lámina galvanizada, no había de plástico– de hielo picado, vasos para preparados, agua mineral y Coca-cola. En el baile, al término de una serie de piezas, tenían un descanso los músicos y los bailadores se dirigían al “Ambigú” –como se le denominaba a este lugar– a refrescarse con las bebidas ya mencionadas. El baile finalizaba a las 2 o 3 de la madrugada, pero si la orquesta era de prestigio, terminaba a las 4 o 5 de la madrugada.

Además de los juegos mecánicos de los Hnos. Cáceres y Ordoñez, se instalaban al costado norte de la cancha los otros juegos como la “Lotería Familiar”, de don Enrique Sabido, Los “Kisinitos” o “Diablitos”, los “Curíes”, los juegos de barro de Ticul, las “Melcochas” de los “Pelones”, los “Hot Cakes” de Sony, las “Tamazucas”, los vendedores de nance, de bolas de algodón, las donas” y los churros.

El coso se armaba en la “Alameda”, en donde se encuentra el actual parque en que se erigió el monumento a Felipe Carrillo Puerto. Una vez concluido dicho coso, bajo la supervisión del señor Tiburcio Pech y de su hijo Basilio Pech, los palqueros se dirigían en busca de la ceiba, o “Yaxché” –que previamente ya habían encontrado y cortado– y, entre todos, lo cargaban, una charanga y unos colaboradores reventaban unos voladores, que anunciaban la llegada de la ceiba, precedida por una columna de personas que la llevaban. Se adentraban al coso y lo depositaban cerca del agujero que previamente se había excavado con una profundidad de un metro en el centro del ruedo. Entre todos lo depositaban en el agujero y lo aseguraban de tal manera que no se cayera, esto con el propósito de que las fiestas se desarrollasen sin la sombra de las malas vibras.

Previo al inicio de la corrida coronaban la Plaza las autoridades, ganaderos, el Juez de Plaza era don Santiago Gómez Vera, considerado como el mejor lazador, don Salvador Méndez, como el mejor “Cinchador” y los mejores cornetistas de esa época: Emilio Zunza e Higinio Canul. Las ganaderías más famosas que participaban en la fiesta, en aquel entonces, eran la del señor Jesús Medrano, de Buctzotz; y la de “Sinkeuel”, así como otras ganaderías de menor prestigio de los alrededores de Motul. En la ceiba se ataba a los toros que se iban a lidiar, pero antes les colocaban un cincho en el lomo, y en la parte superior tenía un giróscopo, movido por la pólvora y que soltaba pequeños explosivos; no sé a ciencia cierta por qué le ponían ese artefacto a la bestia. El animal se introducía al ruedo por los vaqueros, que lo ataban al tronco de la ceiba. A los costados del animal estaban escritos los nombres de la ganadería o del donante. Una vez preparado para soltarlo, una persona –que siempre era designada anticipadamente para hacer esta labor– a una distancia de aproximadamente 10 metros, jalaba la cuerda para desatar al animal y comenzar la lidia. Aparecían los primeros toreros, que se ponían a una distancia de 8 metros, cruzaban, y tiraban el capote y se echaban a correr hacía las guarderías que los protegían de las embestidas del animal; luego aparecía el banderillero y prendía el primer par de banderillas, con el consiguiente aplauso de la concurrencia; luego venía el otro par de banderillas. Hubo un banderillero que prendía las banderillas con la boca: Carlos Hubbe. Después de unos 10 minutos, se anunciaba la salida del animal y se abrían las compuertas para que ingresaran los vaqueros en tropel, siendo un total de aproximadamente 30 vaqueros que tiraban su lazo; hubo ocasiones en que no acertaron a lazar a la bestia y se les escapaba el animal, ante la algarabía de los asistentes.

El coso estaba completamente lleno, las barandas siempre las han ocupado los adolescentes, y atrás estaban dispuestas las sillas para los adultos; el piso del segundo nivel estaba cubierto con hojas de “lengua de vaca”, que eran pencas de textil, parecidas al henequén, pero más finas; la parte baja era para la gente de mayor edad. Dentro del ruedo –mientras traían al siguiente toro–, los vendedores aprovechaban para pregonar sus mercancías, entre ellas las pepitas, los cacahuates, garapiñados, algodones de azúcar, bolsitas de papas fritas –no existían las Sabritas–, dulces de pepita, cacahuate y coco, hojarascas, churros y horchatas que venían en un contenedor de madera al que le cabían seis vasos; algunos de los compradores le reclamaban al vendedor que la horchata tenía polvo y éste les contestaba que era canela molida. Cuando el pregonero continuaba con su labor y dejaban libre al toro que se dirigía al primer bulto que veía, éste podía resultar ser el vendedor, quien pedía por favor que alguien le detuviera su charola de productos, mientras buscaba un lugar para asirse y levantar las piernas para que pase el toro.

Casi en todas las fiestas de esta ciudad comenzó a llegar una persona minusválida, que andaba en muletas y que en las corridas solía pedir permiso al Juez de Plaza para que montara al toro. En un principio, el Juez se negó, pero tanta fue la insistencia de esta persona –para poder reunir unos centavos para subsistir– que finalmente le dieron permiso. Después de los dos primeros toros, antes de liberar al siguiente, ayudaban a esta persona a montar al toro y asirse fuertemente del cincho; entonces pedía que soltaran al animal; la bestia trataba de zafarse de la persona que tenía encaramada y comenzaba a dar brincos, saltos y zangoloteos, pero esta persona se mantenía sobre la bestia, que no lograba derribarla, lo que enfurecía más al toro; después de tantos trotes, saltos y zangoloteos, se daba por vencido el burel, y este era el momento en que se bajaba el minusválido, y esperaba a que le llevaran sus muletas; posterior a este acto, el público le otorgaba un sonoro aplauso, tras el cual salían los toreros para realizar sus faenas. Cuando sacaban al toro, el minusválido pedía un capote a los toreros, y con ayuda de una persona, paseaba todo el redondel del ruedo, y el público le otorgaba monedas de 10, 20 o 25 centavos, alguna vez hasta de un peso. Desafortunadamente, todo lo que recaudaba lo gastaba en el ambigú del baile ahogado con el alcohol.

Cuando ingresaba el siguiente toro –y efectuada la rutina anterior–, los toreros comenzaban a hacer sus faenas, para dar paso a los banderilleros; cuando la bestia estaba sentenciada a muerte empezaba la labor peligrosa de los matadores, porque la mayoría de los toros había hecho presencia en otros ruedos y, como consecuencia, ya tenía experiencia en este tipo de acontecimientos, por lo que embestía al torero y no al capote –a este tipo de animales se les denominaba “matreros”–; después de dar unos capotazos y un par de corretizas, el matador decidía enfrentar al animal, lograba pararse en frente y tirarle el capote para que la bestia inclinara la cabeza. Si el matador clavaba la espada, pero no en el lugar exacto, el animal herido iba en busca de su agresor, que emprendía la carrera hacía las guarderías, en tanto que los otros toreros pasaban y tiraban el capote, y de nuevo se resguardaban. Esta operación se desarrollaba aproximadamente entre 10 y 12 minutos; el toro comenzaba a caerse por la hemorragia y, finalmente, caía, lo que aprovechaba uno de los toreros –que era el encargado de darle la puntilla– para dar fin a la vida del animal. Nuevamente entraban los vaqueros, pero solo unos cuantos tiraban el lazo, y otras personas ataban los pies del toro y comenzaban el arrastre. Ya en las afueras del coso estaban los encargados de destazarlo para la venta de la carne. Antes de comenzar a quitarle la piel, lo terminaban de desangrar, una de las personas tomaba una jícara grande y recogía la sangre que brotaba debajo del brazo de la bestia y la ingería; a esa persona se le conocía como Abel Arce.

Las corridas empezaban a las 2 de la tarde, después de almorzar todos, bañaditos, listos para disfrutar el espectáculo taurino, y terminaban a las 4 o 4 y media. En una tarde se sacrificaban en promedio dos animales. La gente compraba la carne fresca para guisar un sabroso bistec “de vuelta y vuelta” o un “chocolomo” con todos los ingredientes, para disfrutar en la cena de las 7 y media de la noche.

La primera noche de fiesta era la de la vaquería, en que se invitaba a las sociedades de los pueblos circunvecinos para que dieran mayor realce a este evento –en ese entonces, a las vaquerías no se les daba la importancia que se les da actualmente–, porque solamente las personas de edad y que fueron bailadores de jarana, acudían a este tipo de evento, que se realizaba por tradición, ya que a los organizadores de la fiesta no les redituaba económicamente esta actividad.

Después de esa noche continuaban los bailes, amenizados por prestigiadas orquestas, que aunque ya mencioné en otra sección, vale la pena recordar a aquellas que amenizaban los bailes de las fiestas: Eleazar Méndez Aguilar, “Montejo” de Fernando Cardeña, “Mérida” de Secundino Pech y “Marianao” de Bartolomé Loria Canto. Las noches que eran de gran actividad eran las de los sábados, domingos y lunes.

En las calles adyacentes a la cancha –en el espacio en donde está actualmente la estación o terminal de los transportes de la organización de la “Liga Roja”, una cancha de basquetbol y un estacionamiento– se instalaban los juegos mecánicos de la empresas “Ordoñez” o “Cáceres”. Los juegos que había en ese entonces eran el carrusel, la silla voladora y la rueda de la fortuna, y para los más pequeñitos estaban los autos y el carrusel con los caballitos fijos. Todas las noches, después del servicio religioso –rosario o novena–, se comenzaba a estallar la hilada o “Bronceo”, que comenzaba desde la puerta de la iglesia, seguía por la calle 26 hacía el norte, y doblaba por la 27, que pasaba en frente del cine “Encanto” para luego girar hacia la izquierda, hacia la calle 28A, que pasa en frente del palacio municipal y continúa hasta topar en la calle 29A, para girar a la izquierda y finalizar en frente de la iglesia; mientras tanto se elevaban los globos de Cantoya, había estallido de voladores, y se prendían algunos de colores; finalmente se encendía el torito. Los gremios más destacados eran los de los “Comerciantes” y “Jornaleros”. Esto se realizaba por cada uno de los gremios, unos con mayor o menor gasto en los medios pirotécnicos; pero generalmente, un gremio trataba de superar lo realizado por los otros y se preparaban con anticipación para el próximo año. Se realizaban las entradas y salidas de los gremios, y no recuerdo si era entrada o salida, pero en la casa en donde entraba el gremio, se invitaba a los asistentes a disfrutar un sabroso plato de chocolomo o tacos de cochinita El gremio salía de la iglesia a las 12:00 horas para dirigirse al domicilio indicado, precedido por la música de una charanga que interpretaba el “Viva Cristo Rey”, y a la llegada del gremio a la casa en donde se quedaban los estandartes, a todos los que asistían se les otorgaba un rico vaso de horchata bien helada; más tarde la comida, y en la noche se efectuaba una vaquería.

Existieron otras festividades muy similares a la de Julio, que procedían de la población de Kiní, en honor de la Virgen de la Asunción, cuya efigie traían en la peregrinación, y que en Motul era recibida en la esquina de “La Flor de Mayo” –calle 30 entre 23 y 25–; continuaban en la calle 23, en la esquina de “El Chile”, y continuaban hasta donde se realizaría la Feria, en la colonia “Felipe Carrillo Puerto”. Al llegar, todos los peregrinos recibían un sabroso atole de maíz, llamado “Tzan Bi Zab”.

En lo profano había bailes y corridas de toros, con las mismas costumbres de la fiesta principal, si bien con diferentes orquestas como eran las de José Barrios, José “Pipirin” González, y la local “Olimpia” del maestro Hilarión Can. Se utilizaba como templo el edificio de la escuela primaria de esa colonia, que no recuerdo su nombre pero cuyo director era el acreditado maestro Remedios Carrillo, y que tenía por profesora a Candita.

El coso taurino se construía en el terreno que actualmente ocupa la Secundaria “Eulogio Palma y Palma”. Las clases se suspendían durante los días de la fiesta. Los representantes de la colonia en ese entonces eran los señores Onésimo Nóh y Pedro Xool. La otra feria se llevaba a cabo en la colonia Rogerio Chalé y se realizaba en honor de la Virgen de Guadalupe. Ésta era menos concurrida comparada con las anteriores. Como templo se utilizaba un predio particular ubicado en el lado poniente del centro de dicha colonia, cuyo último dueño fue don Julián Rosales.

Continuando con lo religioso, se llevaban a cabo los Novenarios. Los más sobresalientes eran en honor de “Los Tres Reyes”, en el domicilio de don Fabián Pool en la calle 19 entre 26 y 24. Igualmente, para los mismos santos, en la casa de la familia Ek, en la calle 24 entre 19 y 21; en honor de la Virgen de la Concepción, en el domicilio de un señor que no recuerdo su nombre, pero a quien se le conocía como “Don Veleta”, en la calle 30 entre 19 y 21; otro novenario, dedicado al “Niño de Atocha”, se realizaba en la Quinta Martínez; el siguiente era dedicado a la Virgen de la Asunción, en la colonia Felipe Carrillo Puerto, que procedía de Kiní, y el de la Virgen de Guadalupe en la colonia Rogerio Chalé –de los dos últimos ya había hablado previamente–. Generalmente en todas las novenas que se realizaban, al final se repartían entre los asistentes lo que se conocía como “El Tox”, que consistía en un pequeño refrigerio, del cual degustaban todos los presentes, en especial todos los niños que asistían; aunque no participaban en los rezos –ya que se quedaban a jugar en la calle–, quedaban muy atentos para escuchar el “Bendito y Alabado” y hacer acto de presencia y disfrutar del refrigerio, que consistía en arroz con leche, atropellado de coco, caballero pobre, dulce de papaya, de calabaza, de tejocote, de ciricote, maja blanco, hojarascas, sorbetes y paletas. Desde luego que no todo lo anterior se repartía en una novena, sino que solamente uno o dos de esos dulces. Al término de la novena, las rezadoras se saludaban mutuamente con un “Buenas Noches”. En el último día, se repartían sándwiches, con la siempre disfrutable horchata, ya que en aquel entonces no había un consumo excesivo de refrescos de cola; solamente se contaba con nuestro producto motuleño, la famosa “Sidra Regia”, elaborada por don Álvaro Carcaño en la “Flor de Mayo” y distribuida en un carrito tirado por un equino, conducido por el señor Diano Novelo. ¡Felices e inolvidables tiempos! que ya no regresarán, pero que disfrutamos con el recuerdo. Esta cultura queda en el pasado y poco a poco se ha ido esfumando.

EL CARNAVAL

El Carnaval es otra de las festividades que disfruta el pueblo de la ciudad de Motul, y no solamente en esta ciudad, sino en todo el Estado, solo que en algunos lugares lo adelantan una semana, y en otros empieza después del de la ciudad de Mérida, que es la que rige las fechas de estas festividad. Son cinco días de carnaval de viernes a martes. El de Motul se realiza simultáneamente con el la de la ciudad de Mérida. Inicia el viernes con el “Paseo de Corso” junto con la “Quema del Mal Humor”. El sábado, baile de “Noche de Fantasía y Máscaras”; domingo, “Noche Cubana”; lunes “Regional”, y martes de “Batalla de Flores”.

Previamente había jóvenes que preparaban sus comparsas para presentarse en los bailes. Una de las más destacadas fue la de Evencio Acosta y su novia Irma Morales, Evy Morales y Josefina Morales; o sea, todas las señoritas Morales participaban junto con otras chicas para la integración de una comparsa y se invitaban a varios jóvenes de aquel entonces; el que esto escribe participó en estos eventos.

Las escuelas, por su lado, preparaban sus estudiantinas, que a diferencia de las comparsas, estaban conformada por niños, cuyas actuaciones no eran en los bailes, sino en los domicilios. El director del grupo pedía permiso al dueño de la casa para que actuaran en ella y después de la actuación, se les obsequiaba un pequeño refrigerio que consistía en un poco de galletas animalitos y un vasito de horchata; en algunos casos se le ofrecía al maestro un donativo económico que era de uno o dos pesos. La música era viva, guitarra y violín, y a veces, armónica. En esa época no había equipos de sonido, ni todo lo que existe actualmente.

El martes, la mal llamada “Batalla de Flores”, era un día de anarquía completa, desde temprana hora, los adolescentes se proveían de azul añil, que servía a las lavanderas para blanquear la ropa y que utilizaban para pintarle la cara de algún amigo; pero luego se extendió a la amiga, se siguió degenerando esta acción a cuanta señorita hubiera –amiga o no amiga–, en la idea de que, como era martes de carnaval, estaba permitido todo. Grupos de vándalos atacaban a señoritas que suplicaban que no las tocaran, pero parece ser que las súplicas enardecían más a las hordas y quedaban las manchas de las manos en la ropa de las agredidas, en donde claramente se notaban las marcas de las agresiones en sus partes intimas, por lo que regresaban sollozando a sus hogares. Esto sucedía de las 9 de la mañana a la 12 del día. A partir de esa hora comenzaban a pasear, en camionetas o camiones de redilas, grupos conformados por jóvenes y chicas que, al principio, cantaban, bailaban y reían; pero como no había orden en el paseo, cuando se encontraban, se gritaban unos a otros, profiriendo algunos insultos, y si algún insulto era bastante grosero para alguno de los integrantes de un grupo, le pedían al chofer que regresara en busca del otro grupo, y cuando se encontraban se gritaban insultos más agresivos; de allí pasaban a lanzarse proyectiles de diferente índole, como tomates –buenos o malos–, cáscaras de naranja dulce, de plátano y huevos frescos –si estaban podridos mejor era la ofensa–; de allí pasaban a lodo y aguas negras, hasta llegar a los golpes. Era un día de desastre y caos. La autoridad se veía impedida a imponer el orden, debido a que solo contaba con dos o tres elementos policiacos. En la noche, algunos asistían con ojos morados, chichones en las cabezas; otros no podían asistir.

Esto sucedía en la ciudad de Motul y también en la ciudad de Mérida y en todo el Estado, hasta que el Ayuntamiento de la capital del estado –no sé en qué año–, comenzó a poner orden en el paseo de la “Batalla de Flores” del martes de carnaval e hizo el itinerario, horario y lugar donde debían concentrarse los vehículos para iniciar el desfile para que participen. Se eliminó la pinta de azul, y se dijo que quienes infrinjieran estas disposiciones, serían consignados a las autoridades. Al principio parecía “letra muerta”, porque los vehículos circulaban fuera del itinerario y no acataban las disposiciones; se les sacaba de circulación y, después de varios detenidos, comenzaron a respetar el orden; lo mismo pasó con todas las personas que realizaban las pintas. Todos los Ayuntamientos copiaron esta iniciativa.

Ahora, la familia asiste a todos los desfiles carnavalescos sin temor a ser atacada por hordas vandálicas. Ahora, disfrutamos verdaderos paseos de carnaval, con carros alegóricos, con distintas reinas y reyes, con alegres comparsas.

El “Bando” se realizaba el viernes de corso, y las personas que lo elaboraban eran Rubén Ramírez, Gustavo “Chitín” Pérez y Roger Espadas. En él se mencionaban las acciones de algunas personas de la población, que se esperaban en el desarrollo del carnaval, de una manera humorística y sin ofender a nadie. El miércoles se hacía la quema de “Juan Carnaval” y se daba lectura del testamento, que era elaborado por las mismas personas; en el documento se aludía a quienes se habían involucrado en el bando, como si fuera una evaluación del carnaval.

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