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La Voz de Motul

Editorial

Ser y Quehacer de un Cronista.

Miguel Ángel Orilla, Cronista de Ixil. 

El interior del Estado es también Yucatán, en  los pueblos yucatecos hay  hombres y mujeres, que de manera silenciosa, con pasión y entrega vamos escribiendo la antigua y nueva historia maya.

Para iniciar este tema me parece justo recordar que el escritor comunitario es heredero de un oficio que nuestros antepasados mayas nos legaron y plasmaron en diversos materiales como la piedra, pieles, pinturas, etc. Gracias a ello hoy podemos conocer sus conocimientos matemáticos, astronómicos; y cómo vivían y resolvían sus problemas de alimentación, vestido y salud.

El cronista al describir fiestas del pueblo, celebraciones del Janal Pixán, del carnaval y de los sucesos más importantes de la vida social y política de la comunidad, va llenando una función intelectual que muchas veces pasa desapercibida. Sin embargo, no olvidemos que el pasado da al presente su razón de existir, lo explica y nos lo hace entender. A veces inmersos en la cotidianidad y del palpitar de la vida pueblerina, parece que no nos damos cuenta de las manifestaciones culturales que nos rodean.

Bien lo señala el historiador Luis González, al señalar “que es necesario rescatar la memoria colectiva del pasado porque de lo contrario es condenarla al olvido. Perder de vista lo tradicional, lo cotidiano, lo efímero de los frutos de los pueblos es perder la posibilidad de proyectarse a futuro, de llegar a ser y a dirigir su propio destino.

Continúa el maestro Gonzales diciendo: “En este sentido la importancia de conservar la memoria colectiva cobra gran significación. ¿Pero qué es la memoria colectiva? Es la que intenta recoger aquella parte del pasado que no deja huella material y por tanto se hace imperceptible, que parece poco importante porque está en todos lados”… Es la que cuenta el pretérito de nuestra vida diaria, del hombre común de nuestra familia y de nuestro terruño.

En Yucatán existen cronistas comunitarios que nos preocupamos por escribir la historia maya, desde adentro, contada con ese lenguaje sencillo de nuestra gente para que la juventud conozca sus raíces y aprenda a valorar su pasado.

En los apuntes de un  cronista siempre deben ocupar un  lugar preferente los sucesos importante, las acciones de personas que verdaderamente trabajen en  pro de la comunidad; ya sea el rico del pueblo, el profesor, doctor, sacerdote, campesino, etc., ciudadanos que sean buen ejemplo para todos, en especial para las nuevas generaciones.

Labor del Escritor.

Considerando las reflexiones anteriores podemos decir que escribir es una tarea solitaria: si el cronista no realiza su trabajo, nadie lo va a hacer por él; para escribir bien se necesita talento, gusto e imaginación; ser muy observador y tener sensibilidad para dejar plasmados los sucesos valiosos; a todo esto hay que aderezar, una pizca de buen humor para hacer grata la lectura.

El escritor tiene que prepararse, estudiar y sobre todo leer, leer buenos libros y autores.

En ocasiones el cronista se pregunta: ¿Escribir?.. ¿Para quién?.. ¿Para qué?…Y en medio de estas interrogantes puede más la vocación; continúa dándole a la escritura; debe recabar la tradición oral de los abuelos; no olvidemos que la historia tiene como principal informante a la gente campesina.

Debo decir que el oficio de escritor se realiza –literalmente- por amor al arte. Quien crea que va a vivir de la escritura y hacer fortuna, se equivoca, mejor que se dedique a otra cosa. Salvo raras excepciones, todos desempeñamos diversos empleos, pasamos momentos difíciles; inclusos tenemos que dar de nuestra propia bolsa para sufragar gastos por este trabajo.

En ocasiones este oficio es incomprendido y criticado, pues no falta alguien, que –con ese tino que caracteriza al yucateco para poner sobrenombres- califique al escritor de ‘X´ma-oficio’ o de ‘Chokoj pool’ (cabeza caliente).

El escritor también tiene grandes satisfacciones. Cuando ve publicado en revistas o diarios sus artículos y crónicas; cuando los estudiantes acuden a solicitarle información histórica, o cuando la  propia sociedad reconoce su trabajo. Pero la máxima satisfacción es ver plasmada su obra en un libro , hasta le parece el mejor libro del mundo.

El cronista comunitario realiza su trabajo de manera callada y discreta; no espera nada a cambio, más que cumplir con su vocación. No busca los reflectores ni el aplauso y si este lo merece, es en base a sus investigaciones y escritos.

Eso sí, es cosa buena para el escritor tener a alguien que confíe en él, que lo anime a trabajar. Da seguridad y confianza en uno mismo; de otra manera, su obra, quedaría en  proyecto y arrumbado en algún  escritorio

A veces, nos sentimos incomprendidos de parte de quienes – por el cargo político que ocupan- deberían ser los primeros en apoyar el trabajo del cronista.

El que les habla nació a mediados del siglo pasado en Ixil, Yucatán, bendita tierra de las sabrosas cebollitas y del aromático cilantro; estudiar no era cosa fácil, no teníamos luz en muchos aspectos; estábamos dejados a la mano de Dios. La educación en mi comunidad solo llegaba al tercero de primaria; después de la escuela, el destino de muchos niños era de ir detrás padre campesino a ayudarlo en labores de chapeo, corte de pencas y acabar trabajando en la desfibración del henequén. Yo como era enfermizo, me salvé de estas rudas tareas. Entonces en tono severo  papá dijo: “Estudia, a ver si sirves para algo”.

A partir de ese día, en compañía de mis compañeros Damián Cisneros, José Tec Poot (+), Medalla Yucatán, Posmorten , -en medio de penalidades- nos convertimos en judíos errantes del estudio, recorriendo las escuelas  de Chicxulub y  Conkal, hasta legar a esta ciudad de Mérida; así sin saberlo, abrimos brecha para que otros jóvenes siguieran nuestro ejemplo. Ahora con las bondades del sistema educativo, sólo el que no quiere no estudia.

Escuchando los relatos, leyendas de mamá  y los efectivos remedios caseros de la medicina tradicional de mi abuela, comencé a tomar nota de todo aquello, y de esa manera me inicie en este noble oficio.

Desde muy joven, mi afición a las letras me hizo ser corresponsal de diarios  y continué mi labor en la Dirección de Culturas Populares como promotor e investigador de cultura regional.

En 1980, a golpe de letras, “Diario de Yucatán”, me hizo el honor de abrirme su página editorial, como colaborador con mi columna “Cosas del Mayab”; donde pretendo retratar y relatar las vivencias cotidianas de los pueblos yucatecos y difundir el crisol de las hermosas tradiciones de nuestro querido Yucatán, para que todos -en especial los jóvenes-conozcan y revaloren nuestra cultura maya.

Poseo una modesta hemeroteca de miles de recortes periodísticos de interés general, artículos, fotos, notas relacionadas con  el solar nativo, etcétera; tengo el temor de que cuando definitivamente haya dejado de teclear mi vieja máquina de escribir, algún despistado diga: “Pobre papá, mira cuanta basura acumuló durante toda su vida”. Y poniendo manos a la obra –emulando a Fray Diego de Landa- proceda a quemar todos mis “tesoros”.

Para concluir este ser y quehacer de un cronista; desde esta tribuna, quiero felicitar y exhortar a mis colegas escritores, que  con orgullo siguen registrando las cosas con sabor y olor a  lo nuestro; ya que –si hacemos bien la tarea-  al final de nuestro paso por este mundo, tendremos nuestra recompensa: morir un poco menos.  [email protected] Mérida marzo 2017.

 

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