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La Voz de Motul

Editorial

LAS ANTIGUAS FIESTAS DE MOTUL.

ARIEL AVILÉS MARÍN. 

El mes de julio, era en el seno familiar, un mes muy esperado todo el año, es el mes en el que se festeja a Nuestra Señora del Carmen, patrona de la Ciudad de Motul, y ello implicaba una gustada reunión familiar en la casa que fue de la bisabuela, Doña Silvia Cuevas, casa que hasta hoy pertenece a la familia y sigue siendo un centro de reunión familiar. El día grande es, cada año, el 16 de julio, pero las fiestas se extienden más allá de una semana e incluyen vaquerías, corridas en el tablado, desfiles de gremios, bailes populares, y también algunas actividades culturales, por parte de la autoridad, y que generalmente se celebran en los corredores del Palacio Municipal. En el mes de julio, la ciudad toda de Motul, se vuelca a sus calles, participa, y el regocijo general se siente en todos los rumbos de la ciudad. Desde luego hay unas fiestas que fueron en un pasado más o menos lejano, y otras fiestas que son en la actualidad. Las que guardo como un preciado tesoro en mi memoria, datan de más de medio siglo, y son desde la perspectiva del seno familiar más cercano. Lo vivido en esas fiestas familiares un tanto muros adentro de la casa familiar, y otro tanto en las fiestas generales de la ciudad, son recuerdos muy preciados que deseo compartir para goce de todos mis lectores y que espero que sean de su gusto.
La participación en las fiestas de Motul, daba inicio el viernes al mediodía, que era la partida de casa de mis abuelos, dónde se reunía el grupo compuesto por mi abuela, mis tías Lily Avilés y Lenny y Frida Ramírez Cuevas, y desde luego yo. Nos trasladábamos a casa de mis tíos Carlos Cuevas y Refugio May Troncoso, “Papá Viejo” y “Mamá Fuya” en el seno familiar, quienes vivían en casa de Chichí Silvia, la bisabuela y madre de Papá Viejo. Llegábamos en la tarde, la cual se iba en instalarnos, y luego salíamos al parque, a reunirnos con familia que vivía ahí. Mientras los mayores se deleitaban con la animada plática en las bancas del parque “José María Campos”, los chicos nos metíamos al desaparecido Cine Encanto, a ver alguna película de moda en ese entonces. Al salir del cine, nos reuníamos con los mayores en los puestos que estaban en el parque, donde disfrutábamos de deliciosos panuchos de huevo, acompañados de refrescos de frutas de temporada, machacadas y con mucho hielo. Noches inolvidables que han quedado grabadas en el alma.
A la mañana siguiente, después de desayunar, nos trasladábamos al centro para ver la entrada del gremio, a la iglesia de San Juan Bautista, que era una fiesta de colorido y alegría, y luego de nuevo a la casa a comer. El sábado por la tarde, se llevaba a cabo una serie de actividades encaminadas a preparar la gran reunión del domingo. El asunto principal era la elaboración de la deliciosa Cochinita Pibil, labor que correspondía a Papá Viejo, quien me ponía como su ayudante. En el fondo del patio, ya estaba escavado un profundo hoyo, en el cual íbamos poniendo muchos trozos de leña, que Papá Viejo encendía y luego alentaba el fuego, hasta que la llama levantaba, entonces, procedíamos a poner una gruesa capa de piedras, y sobre ellas una lámina. Listo el horno natural de tierra, procedíamos a “beneficiar” al cochinito. Papá Viejo, le ataba la patas y lo ponía sobre una mesa de madera que servía para tal fin. En tanto, en la cocina de la casa, Mamá Fuya y Mamá Grande, mi abuela, se ocupaban de elaborar los condimentos. Mamá Fuya, en el kuut, tamulaba dientes de ajo con granos de pimienta grande y pimienta chica, unos tres clavos, un pedacito de canela, una hoja de laurel, una pizca de comino y sal, que se transformaba en una pasta obscura y olorosa. Mamá Grande, en el metate, transformaba en pasta los granos de achiote, y ambas pastas se ponían en una olla de peltre y se desleían en naranja agria, y así quedaba listo el recado para la cochinita.
Junto al hoyo – horno, Papá Viejo ponía a hervir sobre tres piedras sendas ollas de agua, para arreglar al cochinito ya muerto. El chanchito era degollado y su sangre se recogía en una gran olla junto a la mesa. Con una filosa mojarra, Papá Viejo abría en canal el cerdo y sacaba las vísceras, Mamá Fuya y Mamá Grande se llevaban buche y tripas a la cocina para lavarlas y dejarlas limpias y listas, y condimentaban la sangre con sal, pimienta, yerbabuena, pedacitos de lonja y sesos, y procedían a llenar tripas y buche, las tripas se anudaban en los extremos y el buche se cocía con aguja e hilo. Papá Viejo, forraba una gran lata con hojas de plátano y acomodaba al cerdo abierto y lo cubría con el recado, adobaba también las vísceras, y por último acomodaba en lata la morcilla y el buche. La lata se cerraba con más hoja de plátano, y se cargaba la lata con unos ganchos largos de cada lado, y se bajaba para dejarla asentada sobre la lámina que estaba sobre el fuego. Acomodada la lata, se cubría con otra lámina y pitas de henequén, y se procedía a enterrarla. Terminada de enterrar la lata, Papá Viejo decía: – “Misión cumplida secretario, ya esto así queda, hasta mañana temprano”, y nos íbamos para adentro de la casa.
El sábado por la noche, era de gala, pues se llevaba a cabo en los corredores del Palacio Municipal la gran Vaquería. Papá Viejo, que vestía de mestizo permanentemente como su madre, sacaba su filipina de gala, su abotonadura de oro y plata y sus mancuernillas de oro; cambiaba sus xenekehueles del diario, por sus alpargatas de tacón de cuero. Mamá Fuya, sacaba su terno de hilo contado y sus alhajas de filigrana y coral, y las tías se ponían hipiles de hilo contado. Yo me vestía con pantalón blanco y guayabera del mismo color, y nos íbamos caminando hasta el Palacio Municipal, donde la orquesta de Los Satélites Musicales de Bartolomé Loría Canto y su Trompeta de Oro, llenaba el aire con las notas de la jarana. Papá Viejo, me hacía una broma: – ¿Tú sabes cuál es el misterio más grande? Qué no sé ha podido saber si la trompeta de Bartolomé realmente es de oro, y se reía con ganas. La vaquería se prolongaba hasta las primeras horas del día siguiente.
El domingo era la gran reunión familiar, muchos familiares, de Motul y de Mérida iban llegando para comer la cochinita de Papá Viejo, su higadilla adobada y la morcilla y el choch de Mamá Fuya y Mamá Grande, que esa mañana se habían apurado a hacer un par de grandes tazones de vidrio de mojo de cebollas y de picante x’nipek para acompañar los guisos. Papá Viejo me mandaba a la tortillería de la tía Hilda Avilés, en el mercado, para comprar las tortillas para la comida. Después de la comida, un gran grupo se trasladaba al tablado para la tradicional corrida, llamada de promesa y en la que se corría un número interminable de toros, pues cómo eran de promesa, muchas familias mandaban un toro para ser corrido. Sólo el primero era a muerte, y éste se destinaba para hacer Choco Lomo, junto al tablado, que se vendía por raciones al término de la corrida, acompañado por su salpicón y naranja agria.
En donde hoy se levanta la estatua y parque dedicado a Felipe Carrillo Puerto, había una gran explanada, y en ese espacio se levantaba el tablado. Papá Viejo, era palquero del tablado, y vendía su espacio en todas las corridas, menos la del domingo, en la que dedicaba su espacio para el esparcimiento de la familia.
El domingo, por la noche, regresábamos a Mérida, con el alma llena de emociones, por todo lo vivido en la entrañable fiesta de la Virgen del Carmen, la patrona de Motul. Esta fiesta se sigue llevando a cabo, ¡qué bueno! Pues es una tradición centenaria. Seguramente, en algunos años, alguien más dejará sus impresiones por estas fiestas. Estas son las mías, las que están garbadas en mi corazón y mi memoria, y que guardo cómo un tesoro muy preciado.
Mérida, Yuc., a 16 de marzo de 2021.
Ariel Avilés Marín.
Foto 1. Centro de Motul.
Foto 3. Doña Silvia Cuevas, la bisabuela.
PARQUE A FELIPE CARRILLO PUERTO DONDE ANTES SE HACÍA EL TABLADO.
DOÑA SILVIA CUEVAS, LA BISABUELA.

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